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Dice Jesús (Lucas 4:18) El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos y anunciar el año agradable del Señor.
Colectivamente, envolviendo a la Humanidad, podemos decir que el año aceptable del Señor fue aquel en que el mensaje de Jesús comenzó a ser transmitida, en el año treinta de la Era Cristiana, según la cronología establecida. Individualmente, será aquel que estemos dispuestos a aceptar a Jesús en plenitud, buscando colocar en práctica sus enseñamientos.
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La orientación para esa vivencia está contenida en las excelencias del Evangelio, que tiene su síntesis en el Sermón de la Montaña, el más bello poema de la Humanidad. En él tenemos el guía perfecto para cumplir la voluntad de Dios y edificar el Reino Divino en la Tierra. Y el propio Sermón de la Montaña puede ser sintetizado, conforme la expresión de Jesús (Mateo, 7:12): Todo lo que quisierais que los hombres os hiciesen, hacedlo vosotros así también a ellos.
En favor de los hombres, representados por familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, transeúntes, y todos aquellos que se cruzan por nuestro camino, somos convocados a hacer lo mejor, tanto como nos gustaría que ellos nos hiciesen. Eso nos remite a los valores del perdón, de la caridad, de la solidaridad, de la tolerancia, de la paciencia y de las demás virtudes evangélicas, que el Maestro no se canso de enseñar y ejemplificar a lo largo de su apostolado.
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En el empeño de servir a los carentes de todos los matices, hay que considerar nuestra integración en grupos de trabajo. Aquellos que sirven con eficiencia, que producen en beneficio de la colectividad, invariablemente están asociados a otras personas, unidos por ideales comunes. Hay estímulos recíprocos en que nos beneficiamos y somos beneficiados, en relación al servicio. Si nos proponemos, por ejemplo, a visitar enfermos en un hospital, cumpliendo solitariamente la tarea, siempre habrá cierta timidez en el tratamiento con los pacientes. Por otro lado, difícilmente mantendremos la asistencia. Si integrados en un movimiento de solidaridad, habrá siempre la seguridad del grupo y el estimulo de los compañeros exigiéndonos la presencia.
Podemos estar dispuestos a atender eventualmente al pobre que golpea nuestra puerta, ayudar a un colega de servicio, atender a la necesidad de un vecino, visitar a un enfermo… Pero será siempre algo por demás alentarnos para situarnos como legítimos servidores. Es preciso dar regularidad y constancia a ese empeño. Para tanto, la mejor alternativa es el Centro Espirita, la escuela bendecida de las Almas, donde, en un primer momento, aprendemos a raciocinar como Espíritus inmortales en jornada de aprendizaje por la Tierra. Y si hubiese empeño de nuestra parte en ese menester, luego entenderemos que allí está también nuestra bendita oficina de trabajo, donde, unidos en torno al ideal común de servir, nos integramos en los benditos servicios de la solidaridad que prestan significado y objetivo la existencia.
Una buena propuesta para el Año Nuevo. Integrándonos en las actividades de la casa espirita, participando de sus campañas, contribuyendo para sus servicios, estaremos haciendo del 2005 un año aceptable del Señor, aquel año maravilloso en que, despertando para las realidades reveladas por la Doctrina Espirita, estaremos dispuestos a remangarnos las mangas, buscando la gloria de servir.
Richard Simonetti
Traducido por Jacob
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