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Cuando niño, cuenta el escritor Ardis Whitman, vivía en una aldea de Nueva Escocia, en Canadá. Un día una señora, madre de familia, murió. El marido, alcohólico irresponsable, cuidaba pésimamente de los hijos. ¡Pasaban hambre! Compadecida de aquella situación, una piadosa mujer decidió ayudar. Con autorización paterna, llevo al niño más débil y enfermo para su casa. Flaco y sufrido, la vida parecía apagarse en el. Sombrío panorama…
La madre adoptiva era viuda, pobre e inculta, mezcla precaria para la heroica empleada de salvar a la sufrida criatura. No obstante, poseía lo más importante, amor y energía suficiente para superar cualquier limitación. En poco tiempo ocurrió el milagro: El niño literalmente comenzó a abrirse, cuerpo y espíritu sustentados por el cariño de aquel tierno corazón de mujer. Pero aun había dificultades. Algo impedía su crecimiento como ser humano. Algo lo perturbaba.
El era, excéntrico y muy tímido, los niños de su alrededor le prestaban poca atención. ¡Peor, se burlaban de él! Un día su madre adoptiva encontró a los chicos jugando, en cuanto su hijo, discriminado, lloraba en un rincón. Le recomendó que fuese para casa. En seguida, hablo con los chicos:
-En este momento se está decidiendo si mi hijo será alguien o no. Estoy haciendo todo lo posible por él. Pero, cada vez que consigo empujarlo un poco para adelante, ¡ustedes lo mandan de vuelta! ¿No quieren que el viva? ¡¿Que crezca, que sea fuerte y feliz?!
Los chicos miraban confundidos. ¡Jamás nadie les falto así! Uno de los muchachos le pregunto qué quería que hiciesen.
-¡Hablen con él! ¡Jueguen! ¡No lo dejen de lado! ¡Por favor, ayúdenme!
Explica Whitman que nunca olvido el episodio. Fue su primer contacto con algo sorprendente.
Todos poseemos el poder de edificar o destruir a las personas con las que convivimos. Nos influenciamos unos a otros como el sol y la escarcha sobre un campo verde. Eso ocurre en todo momento, permanentemente.
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Hay personas con el talento infeliz de sugerir una existencia sin finalidad ni esperanza. Son severas y frías. Matan el sueño, paralizan la esperanza y mutilan la alegría. El marido que se burla de los esfuerzos de la mujer para aprender a cocinar:
-¡Esta horrible! ¡No vas a aprender nunca! ¡¿Por qué no lo dejas?!
La mujer que critica agriamente al marido desempleado:
-¡No tienes remedio! Eres un fracasado innato. ¡Te falta ánimo e iniciativa! ¡No vales para nada!
El profesor que tiene comentarios mordaces al alumno:
-Su redacción es horrible. No tiene contenido. Hay muchos errores, la letra es floja. ¡¿Sera que tendré que abrirle la cabeza para que aprenda?!
Esas personas de pesimismo y de mala voluntad proyectan horizontes sombríos. Delante de ellos nos sentimos incompetentes para enfrentarnos a la vida, menores y menos capaces de lo que creíamos. Somos dominados por el miedo, paralizados en nuestras iniciativas, conducidos a la inercia.
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Pero hay también personas maravillosas e inolvidables que donan la vida. Con ellos crecemos y nos renovamos. Transmiten poderosa energía. Estimulándonos a perfeccionar todo lo que somos y lo que podemos ser. Ardis Whitman cita al dramaturgo Edward Sheldon, figura legendaria en los palcos de Nova York, a finales del siglo pasado. Era un hombre así. ¡Tenía el don de donar vida! A los treinta años fue atacado por una artritis progresiva, tan terrible que lo paralizo por completo y acabo por dejarlo ciego. Normalmente, un enfermo en tan desoladora situación quedaría entregado a una existencia vegetativa, deseando la muerte. ¡Pero en Sheldon había mucho amor! Tanto amor que transformo su prueba en gloriosa oportunidad para transmitir preciosa lección: Es posible enfrentar con serenidad y coraje la adversidad, por más terrible que nos parezca.
Atraídos por aquel espíritu indómito, dispuesto a vivir aunque, aparentemente, solo le restase morir, muchos lo visitaban, en peregrinación constante. Sheldon a todos escuchaba con absoluta atención, interesado, animador. Censuraba, cuando era necesario. Sufría con las tristezas de los visitantes, se alegraba con sus menores alegrías… Pero, sobre todo, exigía de ellos lo mejor de lo que eran capaces, enseñándonos a amar la vida y a vivir intensamente, haciendo lo mejor. Alguien dijo de él:
-Salíamos revigorizados y estimulados del cuarto de Sheldon, con cien nuevos caminos abiertos al espíritu y la tranquila certeza de que disponíamos de tiempo infinito que llegaba para recorrer a todos.
Grandiosas perspectivas se abrían para nosotros, bajo inspiración de aquel hombre admirable. Personas así, nos libran de escepticismo, del enfado, del desinterés Derrumban la apatía que toma cuenta de nosotros con el pasar del tiempo. ¡Son bendiciones!
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Ciertamente todos deseamos ser así. ¡Donadores de vida! ¿Cómo se consigue ese don divino? Bien, mi querido lector, es elemental que nadie pueda dar lo que no posee. Para que podamos donar vida es necesario, antes de nada, que la produzcamos en abundancia. ¡Que la tengamos en nosotros! ¡Qué cultivemos entusiasmo, iniciativa, capacidad de realización, vibración positiva dirigida para el bien, alegría de vivir! ¿Y cómo inundar de vida nuestro espíritu?
La respuesta está en el capitulo decimo de las anotaciones del evangelista Juan. Palabras de Jesús: Vine para que tengáis vida y vida en abundancia. Supremo donador de bendiciones, Jesús nos ofrece con la poesía de sus lecciones y la sublimidad de sus ejemplos, los recursos para que la vida brote en nosotros y se derrame sobre aquellos que nos rodean.
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Curiosamente, no obstante, las indicaciones son claras, los ejemplos objetivos de Jesús, pocos conquistan la vida abundante. ¿Por qué? Tal vez sea un problema de brújula…
Si, es preciso verificar que estamos usando para encontrar los manantiales deseados. Generalmente usamos aquella cuyo puntero está mirando para nosotros mismos. Es la brújula del egoísmo. Acostumbrados a orientar nuestras acciones por la óptica de los intereses personales, casi siempre preocupándonos con lo que podemos recibir a favor de nuestro bien estar. Pensamos mucho en los deberes del prójimo en relación a nosotros. Raramente reflexionamos de nuestras obligaciones delante de él.
Cuando cristalizamos esa tendencia donde pisemos la vida será triste. El marido que critica a la esposa con problemas en la cocina está defendiendo su paladar. La mujer que agrede al marido desempleado, piensa en su seguridad. El profesor que humilla al alumno en dificultades, disfraza la propia incompetencia. Es preciso usar la brújula correcta. Aquella que apunta en otra dirección: Al prójimo.
Teniendo suficiente justificativa para mil frustraciones, Sheldon prefería preocuparse con los problemas ajenos, distribuyendo optimismo y valor, minimizando sus propios sufrimiento y viviendo en plenitud. Por eso era un donador de vida, aunque, aparentemente, la vida fuese tan escasa en el.
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Así es Cristo autentico, aquel que hace del empeño de servir a su ideal, a su meta, su alegría. Donándose, distribuyendo vida, reanima a los debilitados, incentiva a los luchadores, consola a los afligidos, ampara a los débiles, cuida de los enfermos, ¡hace siempre lo mejor! ¡Y cuanto más vida distribuye, mas brota en su espíritu, estuante y gloriosa! ¡Vida en abundancia!
Richard Simonetti
Livro "O Destino em Suas Mãos" Editora CEAC – Bauru
Traducido por Jacob
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