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Deshaciendo un engaño PDF Imprimir E-mail
Richard Simonetti
Escrito por Administrador   
Lunes, 20 de Diciembre de 2010 15:40

En el amplio patio del Centro de Selección, Alberico hablaba a un grupo de albergados, destacando, en los comentarios evangélicos, la importancia de la práctica del Bien, como un recurso precioso para construir una existencia equilibrada y feliz. Uno de los presentes, hombre rudo y franco, lo interrumpió sin ceremonia:

-Eso que usted está diciendo es muy bonito, pero tiene la dirección equivocada. Aquí somos todos miserables: ¡imposible ayudar a nadie!...

-Amigo mío, responde el expositor sin perturbarse – usted incurre en el engaño de mucha gente. Juzga que el ejercicio de la fraternidad exige dinero. Necesitamos, en verdad, tan solamente buena voluntad. En cualquier lugar podemos beneficiar al semejante, hasta en este recinto. Imaginemos como quedaríamos aquí, si las personas escupiesen en el suelo, si los críos no fuesen conducidos al baño para hacer caca y pipi; si restos de comida fuesen olvidados por los rincones. En breve habría inmundicia, con perjuicio de todos. Preservando la limpieza y el orden estamos practicando el Bien…

Después de una ligera pausa, notando el interés que sus palabras despertaban, prosiguió:

-Las oportunidades son infinitas, ocurren donde estuviésemos, en todo momento. Si ayudo a un vecino vacilante a atravesar la calle, si cedo mi lugar en el autobús a una señora en estado de gestación avanzado, si me detengo a socorrer a alguien que sufre convulsiones en la vía pública, si encuentro una papelera para tirar dentro un papel que estaba en el suelo, si atiendo a los llamados de la Prefectura para economizar agua; en todo eso estaré practicando el Bien, sin gastar dinero.…

-Eso mismo. Afirma, enfático, otro oyente.- El Señor tiene toda la razón y también está practicando el Bien, enseñando esa lección tan importante, sin necesitar de dinero para eso.

-Es verdad, responde sonriente Alberico, por sentir que se le había entendido - Y no olvide que sería imposible ayudarlos con la palabra si ustedes no me ayudasen con el silencio y la atención. En todas las circunstancias, podemos cooperar unos con otros, habilitándonos a la alegría de servir. Y por hablar de eso, vamos a ayudar al asistente social a desempeñar su trabajo, dándoles las informaciones que van a solicitar.

El grupo se dirigió al sector de atenciones y, demostrando haber asimilado la lección, dos muchachos colaboran con una señora, cargando parte de sus bolsas; un hombre ofrece apoyo al compañero enfermo, de caminar dificultoso; dos mujeres se ocupan de cuidar de un huérfano de cinco años recogido por el Juzgado de menores.

*****

La oportunidad surge a cada hora y hay una fórmula infalible que nos permitirá aprovechar la enseñanza de servir, enseñada por Jesús hace dos mil años: coloquémonos en el lugar de aquellos que nos rodean y sabremos hacer por ellos exactamente lo que nos gustaría recibir en idéntica situación. Solamente el eremita no encuentra la enseñanza de practicar el Bien. Desde que convivimos con nuestros semejantes, siempre habrá algo que podamos hacer por ellos, justificando hasta incluso la existencia de escritores, con la paciencia de leer lo que escriben.

Richard Simonetti

Extraído del libro "Cruzando la calle"