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No eran modelos de paternidad perfectos. Ambos, sin embargo, marido y mujer, jamás huyeron de sus compromisos desdoblándose en cuidados y atención, desde el nacimiento feliz del niño. No se separaban de él, curtiendo al chico desde los primeros días, compañía inseparable en el hogar, en las fiestas y viajes, en los domingos de paseo y ocio.
Él creció fuerte y gentil, retoño prometedor. Todos elogiaban su urbanidad, sus generosas dotes de corazón, carácter íntegro, virtudes nacidas y sustentadas, en gran parte, por el amor que se derramaba sobre él, inagotable, en el hogar. No obstante, el ingreso en la facultad disparó gradual e inexorable desagregación en su comportamiento. Se volvió distante, perdió el gusto por la conversación agradable familiar; los padres le parecían cuadrados, lo que no se cortaba de decirles, irónico; se acostumbró a las aventuras del sexo libre, las noches alegres marcadas por excesos alcohólicos; el tabaco era su compañero inseparable.
Llevado a la convivencia rígida en el ambiente universitario, se reveló incapaz de resistir las presiones de los amigos, que lo iniciaron en el vicio, mostrando con los engaños de una libertad confundida con el libertinaje. Hacía mucho que habían renunciado a las amonestaciones y consejos, los cuales resultaban, invariablemente, en discusiones ásperas, perturbando el ambiente doméstico. Aprendieron a convivir con los desatinos del hijo, a fin de no perderlo totalmente. Ocurrió lo peor. En el ansia de experimentar nuevas sensaciones, él se inició en los viajes provocados por la ingestión de tóxicos. La dosis fue excesiva y él estaba, entre la vida y la muerte, en una habitación de un hospital. ¿Dónde habían fallado?
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No basta ofrecer amor a los hijos, llevándolos en el corazón. Es fundamental iluminar sus espíritus, a fin de que no se pierdan en los caminos de la existencia ni sean atropellados por los males del Mundo. Ese es el objetivo de la iniciación religiosa, sin el cual, aunque nos desdoblemos en favor de los hijos, estaremos incurriendo en una peligrosa omisión.
Richard Simonetti
Extraído del libro "Cruzando la calle"
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