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El gran culpable PDF Imprimir E-mail
Richard Simonetti
Escrito por Administrador   
Lunes, 25 de Octubre de 2010 14:49

Wilson Salustiano, en traje ligero, sintió el frío intenso al dejar el cine, cerca de medianoche. La brusca caída de temperatura encontró a mucha gente desprevenida. Se dirigía, a pasos rápidos, para su coche, cuando encontró a un hombre sentado a la puerta del establecimiento comercial, intentando protegerse del viento helado con algunas hojas de periódicos. En un impulso, le habló:

– ¡Hola! Mi viejo, ¿entrenando para contenedor?

Después notó que la situación no era para bromas. El tosía mucho, todo encogido, acurrucado en la puerta cerrada. Parecía febril… Si aquel infeliz se quedase allí de madrugada no resistiría. Le preguntó donde vivía. El extraño le respondió, con voz débil, que venía del campo para buscar tratamiento para un mal en el pecho. Llegó hacía poco. Sin dinero, no tenía donde abrigarse.

Wilson decidió ayudarlo. Buscó un teléfono público y llamó para el Albergue Nocturno. El recepcionista le informó que no habría problema en recibirlo. Le ofrecía incluso alguna medicación. No obstante, era necesario llevarlo, porque la institución no disponía de transporte. Sugirió que pidiese la colaboración de la policía o del hospital. El samaritano improvisado titubeo, ante la dificultad inesperada. Aun así hizo dos llamadas más. Respuesta negativa. Aquellas organizaciones no podían atenderlo. Tenían problemas aquella noche. Wilson se sintió fastidiado:

– ¡Así no es posible! ¡Nadie colabora!...

Dando el asunto por cerrado, se fue rápido, que el frío estaba implacable… Por la mañana el comerciante encontró a la puerta a un hombre sin vida. ¡El ocupante murió de frío!

*****

¿De quién es la culpa? ¡Del gobierno, que debería desarrollar recursos, crear condiciones para que jamás alguien muera por falta de abrigo!... ¡Del Albergue, del Hospital, de la Policía, que directa o indirectamente la representan, en la medida en que no se adecuan al cumplimiento de sus funciones!... El culpable mayor, mientras, fue nuestro hermano Wilson Salustiano. Él, en aquel exacto momento en que contempló al hombre tiritando de frío, tenía condiciones para socorrerlo. Estaba allí, veía el problema, tenía la iniciativa, sabía cómo socorrerlo: bastaba conducirlo en su propio coche. Tal vez eso le causara fastidio. Al final era prácticamente un mendigo, ropas desaliñadas, sucias. ¡Tal vez portase una dolencia contagiosa! Tal fastidio sería más criminal que la propia omisión, por discriminación, por prejuicios. Pero había otra solución: pagar a un taxi, ¿o no vale la vida humana más que el precio del viaje? Se exalta mucho la Caridad. Todas las religiones están de acuerdo en afirmar que el esfuerzo a favor del semejante es una ruta infalible de una vida mejor. Raros son, mientras, los que se disponen a llevar adelante sus propósitos en ese sentido. Comienzan entusiasmados y llenos de buena voluntad, pero enseguida desisten al constatar que no es fácil practicar el Bien, por cuanto exige esfuerzo, renuncia, sacrificio, desprendimiento y, sobre todo, una inigualable disposición a servir.

Richard Simonetti

Extraído del libro "Cruzando la calle"