|
Apareció en un programa de televisión, donde eran entrevistadas personas mayores, invitadas a hablar sobre la vejez. Tenía setenta y cinco años, pero aparentaba sesenta, de buen espíritu, bien dispuesto, dueño de una increíble jovialidad.
– Nunca me sentí viejo. El cuerpo ya no tiene la misma vitalidad; no obstante hay “achaques” de salud, lo que es natural. Se trata de una máquina. Aunque yo cuidé bien de ella, se va desgastando… Pero el “motor” está bueno, en los dos sentidos: bombea, incansable y eficientemente la sangre, sin “faltar”, y se mantiene permanentemente enamorado de una encantadora doncella: la ¡Vida! Por eso, íntimamente, me siento un eterno joven. Nunca experimenté el “peso de los años” o la angustia de envejecer. Cada día es una nueva aventura y yo la aprovecho integralmente…
– ¿Cuál es la fórmula para esa perenne juventud emocional, esa elocuente alegría? –Pregunta, admirado, el entrevistador.
– Elemental, hijo mío. Todas las mañanas, cuando me despierto, me digo a mí mismo: “Tú tienes dos opciones, en este día: ser feliz o infeliz.” Como no soy tonto, escojo la primera. ¿Simple, no?
*****
Las personas felices viven en este mismo mundo de expiaciones y pruebas. Sufren, luchan, enfrentan problemas y dificultades, dolores y a tribulaciones, enfermedades y desgaste, como toda la gente. No obstante, optan por la Felicidad, superando la vieja tendencia humana de auto compadecerse; el masoquismo de auto flagelarse con una visión pesimista y desajustada de la existencia, el cultivo voluptuoso de la amargura… Felicidad, como enseña la sabiduría popular, no es una estación en la jornada humana. Se trata de una manera de viajar. Sin depender de los favores de la existencia, se subordina, fundamentalmente, a lo que hacemos de ella.
Richard Simonetti
Extraído del libro "Cruzando la calle"
|