|
Después de estacionar en el Umbral por un tiempo que le pareció una Eternidad, Zulmira fue internada en una bendita institución socorrista. Instalada en una cama sencilla, vio aproximarse a un asistente que, después de saludarla, le hizo algunas preguntas, a fin de definir con exactitud sus necesidades.
– ¿Nombre?
– Zulmira Santorra
– ¿Estado civil?
– Divorciada
– ¿Hijos?
– Tres
– ¿Edad?
– Cuarenta años
– ¿Causa de la desencarnación?
– Disgusto
– ¿Disgusto?
– Sí, mi marido me abandonó por otra mujer. No resistí la traición, sucumbiendo en poco tiempo, presa de una gran angustia.
La enferma interrumpe el diálogo, dominada por la amargura expresándose en lágrimas abundantes. El asistente, después de decirle palabras de consuelo, se apartó compadecido. En breves momentos entra el médico encargado de atenderla. Charlan algún tiempo. Revelando un perfecto conocimiento de la situación, él le dice, atento:
– Zulmira, vamos a trabajar en favor de su plena recuperación, pero dependemos mucho de usted misma, de su reacción positiva en base a las perturbaciones que la afligen. Su problema es complejo, por cuanto regresó a la Espiritualidad antes de tiempo, encuadrada en el crimen del suicidio…
– ¡¿Suicidio?! Se trata de un engaño. ¡Sería mejor el término asesinato! Mi marido mató mi voluntad de vivir con su trato infame.
– Realmente el comportamiento de él fue lamentable. No obstante, usted misma se destruyó ingiriendo el veneno insidioso del odio, al cultivar la voluntad de la amargura.
La enferma no se contiene:
– ¡El señor convendrá que el golpe fue muy fuerte!
– Sí, hija mía, pero no fue mortal. Usted habría resistido muy bien, si no dejara de vivir, negándose a aceptar el desamor del esposo. Imposible curar una herida tratándola con ácido. Fue lo que usted hizo todo el tiempo hasta provocar la propia desencarnación, alimentando la peligrosa ilusión de que su situación era insoportable, como si Dios hubiese colocado sobre sus hombros una cruz superior a sus fuerzas…
– ¿Y ahora? –Indaga, desconcertada la enferma.
– Ahora a modificar sus disposiciones íntimas, entregarse al tratamiento y esperar la oportunidad de un nuevo retorno a la carne, donde será llamada nuevamente para ejercitar, en su propio beneficio, una de las lecciones más importantes del apostolado de Jesús: el perdón.
Y Zulmira, que se juzgaba una víctima del marido, acabó comprendiendo que fue víctima de sí misma…
*****
El perdón es la llave mágica que nos libera de muchos males físicos y espirituales, de esos que complican la existencia y la abrevian. No será difícil ejercitarlo si atendemos a dos detalles importantes, delante de los ofensores: Primero: Cada cual da de lo que tiene. No podemos coger naranjas de una plantación de cactus, ni manzanas de un espino. Segundo: Nadie sufre inmerecidamente. El envolvimiento en situaciones de presión, cuando somos vilipendiados, escarnecidos, atacados, ofendidos, siempre encuentra raíces en el pasado distante, en vidas anteriores, o en el pasado inmediato, en la vida actual, cuando nos comprometemos en actitudes que justifican los problemas del presente. Por eso, los que perdonan no hacen más que ejercitar un mínimo de buen sentido común, a favor de la propia integridad.
Richard Simonetti
Extraído del libro "Cruzando la calle"
|