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– Todo bien, jefe, el proceso de desagregación del hogar de Felinto Prates está en pleno camino. Conseguimos influir en su esposa, Fátima, la sospecha de que su marido le era infiel. Las escenas de celos han sido terribles.
Rómulo, inteligente obsesor al servicio de las Sombras, oía satisfecho la información del subordinado. Organizó el trabajo de influencia negativa en aquella familia, pretendiendo vengarse de pasadas ofensas.
Las noticias venían periódicamente, de parte de los miembros del equipo nefasto que, felices le decían los progresos alcanzados:
– Estimulamos al hijo más mayor a beber y le sugerimos salir escondido con el coche del padre. El hizo locuras increíbles, terminando por provocar un violento accidente. Está en el hospital con varias fracturas… La muchacha, bajo nuestra influencia, se envolvió con un hombre casado, manteniendo una relación sentimental clandestina. Está en un terrible conflicto, a un paso del suicidio… Inducimos a Felinto a un desacuerdo insuperable con su jefe. Podría perder el empleo… Exacerbamos el ánimo de la dueña de la casa que, por una insignificante falta, despidió a la sirvienta que servía en la familia hacía años. Estamos obrando para colocar en su hogar a una mujer perturbada. Más “¡leña al fuego!”…
Rómulo se complacía e instruía siempre, determinando nuevas agresiones. ¡Quería a toda la familia arrasada! ¡Qué se dañasen todos! También iba el proceso, que no tuvo duda en apartarse durante algún tiempo, atendiendo otros menesteres. Al regresar, fue buscado por uno de sus pupilos que, perturbado, le dijo:
– Jefe, ocurrió lo peor. Creo que exageramos en la dosis, por tanto, transformamos de tal manera al personal, que doña Fátima decidió buscar un Centro Espírita, arrastrando consigo al marido y los hijos… Aterrorizados con los problemas, llevaron en serio las orientaciones. Son más comedidos en las relaciones, disciplinaron sus actitudes… Felinto ya leyó varios libros espíritas, transformando las ideas; la esposa se integró en el servicio de asistencia; la hija rompió la relación clandestina; el muchacho participa de un grupo de jóvenes espíritas, observando una nueva directriz. Tenemos dificultades hasta para ingresar en la casa, por cuanto aprendieron a defenderse con la oración, atrayendo “a gentes de la Luz” que inhiben nuestra acción. ¡Si no tomamos providencias inmediatas perderemos nuestro trabajo!
– No sirve de nada. –Respondió, irritado, pero con sabiduría, el jefe de la organización
– No hay nada que hacer ahora, sino dejar que recrudezcan sus tendencias inferiores, después de la euforia de los primeros contactos con el Espiritismo. Quedaremos esperando. Cuando se distraigan, volveremos a la carga…
Y, decepcionado:
– Sólo nos resta esperar…
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Los Espíritus inferiores sólo pueden obrar sobre la mente humana cuando allí encuentran ideas negativas y tendencias viciosas. La influencia del Mal pide correspondencia donde pretendan instalarse. Sólo la ausencia de la luz domina las tinieblas. Por eso, la orientación más segura ante el asedio de enemigos desencarnados es la misma de siempre: ¡Piensa en el Bien! ¡Practicar el Bien! ¡Vivir el Bien!
Richard Simonetti
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