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–¡Estoy Desesperada! ¡Mi hijo murió en un estúpido accidente! ¡Tan grande es mi dolor que tengo ganas de morir! ¡¿Por qué, mi Dios?! ¡¿Por qué?! ¡Una vida interrumpida cruelmente! ¡Mal comenzó la existencia!...
Clara, una joven señora que atendía en el plano de entrevistas y encaminamiento a la asistencia espiritual, contempló a la mujer atormentada que tenía frente a ella, aguardó que sacase las amarguras, en medio de un llanto copioso, y le dijo, bondadosa:
–Doña Arminda, no se entregue a la desesperación… Nada ocurre por acaso. Razones ponderables, inaccesibles a nuestro entendimiento determinaron que el muchacho regresase al Plano Espiritual.
–¡No me conformo! No acepto perderlo tan pronto. ¡Tenía apenas trece años!... ¡Era prácticamente un niño!...
– Es preciso corregir nuestros razonamientos. Usted no lo perdió. El apenas se cambió de residencia…
–Tal idea no significa nada. ¡No puedo verlo! ¡Es como si no existiese!...
–Se engaña. En cuanto hay amor, nuestros afectos estarán con nosotros. Vivirán en nuestro recuerdo… Recuerde los días felices de su convivencia y considere que, en Espíritu, él vendrá, más tarde a visitarla. Si se prepara el corazón, liberándolo de sentimientos negativos, podrá sentirlo junto a sí, en las emociones de eterna nostalgia, plena de felices recuerdos…
La infeliz madre hizo una pausa en el llanto copioso y, ansiosa, preguntó:
–¿Por qué ocurren semejantes tragedias?
–Hay espíritus que vienen para una experiencia breve. No es raro, forma parte de su plan sensibilizar a los padres, renovándoles las disposiciones, ayudándolos a superar las ilusiones del Mundo. Tal vez usted se interesase por tales cuestiones, a no ser que fuese la amargura quien la motivara. Puedo decirle, sin miedo a equivocarme, que la Doctrina Espírita le ofrecerá una nueva visión de la Vida, permitiéndole caminar con más seguridad. Tenemos en ella al Consolador prometido por Jesús, una Bendición Divina, que nos explica los porqués de la existencia, demostrándonos que no estamos entregados a la propia suerte. Dios vela por nosotros y nos conduce a un glorioso destino.
La visitante reinició el flujo de las lágrimas. Clara procura animarla, desviando el rumbo de sus pensamientos:
–¿Tiene otros hijos?
–Sí, tres más…
–¿Y su marido?
–Sufre mucho. Estaba extremadamente unido al niño, pero es más fuerte, va reaccionando… ¡Yo soy la que no me conformo! ¡No me conformo!
–Es preciso seguir adelante, volver a la normalidad. La vida continúa. Su familia necesita de su buen ánimo. ¡Coraje! ¡La tempestad pasará!
–¡No lo consigo! Sólo quien pierde un hijo sabe qué es eso. Perdóneme si le parezco poco delicada, pero es fácil hablar de coraje, serenidad, buen ánimo, disposición a luchar, cuando todo va bien…
–Usted tiene razón. Nuestra creencia es tranquila cuando nos demoramos entre flores. Conservarla en medio de los espinos es una tesis terrible. Sé bien lo que eso significa, porque pasé por una experiencia semejante a la suya…
Enjugando las lágrimas discreta, Clara completó:
–Mi esposo y dos hijos, toda mi familia, joyas de mi vida, fallecieron hace dos años, en un desastre de avión…
La desencarnación de afectos queridos a nuestro corazón, en hechos trágicos, se sitúa como una prueba de las más dolorosas. Pero hay un sufrimiento mayor; el inconformismo, cuando nos situamos en una voluntaria pesadilla, negándonos a regresar a la normalidad. Para preservarnos la propia integridad, es indispensable que no nos perdamos en interminables cuestionarios, como si pidiésemos cuenta al Cielo. En ninguna otra circunstancia se hace más imperioso la confianza en Dios y la sumisión a Su Voluntad, considerando que el Señor sabe lo que hace.
Richard Simonetti
Extraído del libro "Cruzando la calle"
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