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Mis hermanos, he aquí el mejor presente, el mejor homenaje a ser dedicado a Kardec por nosotros que lidiamos en esta huerta bendita, ese Maestro que codificó el Espiritismo y que continúa desarrollando esa misma codificación, tornándose el Apóstol del Cristo a través de su ejemplo vivo de humildad, de verdadero y auténtico Emisario del Señor. Buenas noches a todos. Mario Kléber, dedicado pediatra, antes de emprender un largo viaje hacía su última visita a la guardería espírita, donde prestaba asistencia médica a ciento cincuenta niños. -Están todos bien. Mi preocupación es Johnny; está muy debilitado y no está reaccionando a la medicación. En las dos veces que lo internamos, experimentó mejoras, pero no fueron satisfactorias...
-¿Cómo podría?, -comenta Margarita, empleada encargada del albergue- ¡en las condiciones de su casa es un milagro que esté vivo! -Ese milagro se repite con millones de niños. Pero, en su casa parece haber una deficiencia congénita. Lo poco que conseguimos aquí, en el sentido de fortalecerlo, se pierde cuando vuelve a su casa. Johnny tenía un año. Pesaba como un bebé de cinco meses, extremadamente delgado, víctima de persistentes infecciones e invencibles desórdenes intestinales. El padre, cuya iniciativa en la dirección del hijo se limitara a la elección de un nombre en inglés, que sonaba extraño en un niño poco desarrollado, era un alcohólico impenitente, alérgico al trabajo. Quien garantizaba el sustento era la esposa, si es que se puede sustentar a una familia de cinco personas con un salario mínimo. La salvación estaba en la guardería donde los tres niños pasaban el día, mientras ella desempeñaba sus funciones de sirvienta doméstica y el marido deambulaba por los bares. Mario preparó las recetas para Johnny, orientó a Margarita, dio su dirección al colega que lo sustituiría en las emergencias y se despidió. Se sintió particularmente deprimido al retener al niño en sus brazos, imaginando que el Espíritu que animaba aquel cuerpecito débil, pronto partiría, como ave dejando una jaula defectuosa. Al día siguiente emprendió el viaje. Volvió a los cincuenta y cinco días. Su primer pensamiento al dirigirse a la guardería fue el mismo que lo acompañara durante el viaje: ¿cómo estaría el niño? Buscó a Margarita, la abrazó y enseguida preguntó: -¿Y Johnny? -¡Ah, doctor! ¡Ni se lo imagina! -¿Murió? -No... -¿Está muy mal? -Venga a ver... Lo llevó al rincón destinado al recreo... Sin contener la sorpresa, el médico vio al niño, gateando, alegre... Casi no lo reconoció. Había engordado, estaba colorado, sonriente... -Un gordote, ¿no? ¡Y cómo le gusta comer...! ¡No hay alimento que le llene! -¡Desaparecieron las infecciones! ¡El intestino está perfecto! -¿Qué ocurrió? ¿Le dieron algún remedio milagroso? -¡Eso mismo! ¡Un elixir infalible! -¿Es costoso? -¡No costó nada! -¿Cómo se llama? -¡Amor! -¿Amor? -Sí. Cuando usted viajó, comenté el problema con Rea Silvia, una de las voluntarias de la guardería y ella encontró la solución, explicando: "Creo que lo que le falta a Johnny es un poco más de cuidado, de cariño, de dedicación, no sólo aquí en la guardería, sino, sobre todo, en su casa. Él necesita mucha atención, las veinticuatro horas del día". -¿Y sabe, doctor?, ella misma se ofreció a darle todo eso. Pidió permiso a los padres y llevó al niño para su casa, donde rodeado por su cariño y el del marido, dedicado igualmente a servicios asistenciales, y dos hijos, que se desvivían por tener al niño y así comenzó a desarrollarse. Pasada la fase crítica, recuperado y fuerte, fue devuelto a la familia, permaneciendo bajo nuestro control y de Rea Silvia, siempre presente. El resultado es este que estamos viendo. -Bendito remedio -comentó feliz el pediatra. Creo que debemos iniciar con urgencia, una nueva campaña. ¡Necesitamos de muchos donadores de amor, para que nuestros niños superen los traumas de la miseria y crezcan fuertes y saludables como deseamos! * * * Nada enriquece más la existencia que el Amor. Con él atenuamos dolores ajenos, curamos enfermos, confortamos afligidos, perdonamos ofensas, superamos malentendidos, promovemos reconciliaciones, distribuimos alegrías, aminoramos tristezas... Si pocos se disponen a semejantes realizaciones, es porque las criaturas humanas aún no comprendieron que el Amor beneficia, sobre todo, a aquellos que lo ejercitan, favoreciendo su ingreso en estados más elevados de sensibilidad y emoción, habilitándolos a la felicidad plena. Richard Simonetti (Tomado de Atravesando la calle, IDE, páginas 15 a la 18). ANUARIO ESPIRITA 2006
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