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Aunque vivamos en un mundo capitalista, hay cosas que precisan ser pensadas de manera diferente. Es natural que todos recibamos por aquello que hacemos. Nuestro trabajo profesional. Nos formamos para eso, estudiamos, quemamos fosfato, gastamos tiempo. Entonces, la forma como la sociedad recompensa nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, en la medida en que le prestamos servicios, es a través de gratificación salarial. Recibimos de nuestros patrones o de las personas para las cuales trabajamos, el correspondiente al servicio que prestamos. Nada mas justo, nada mas natural. Y la vida va pasando, vamos adquiriendo ese habito, esa costumbre de cobrar por los trabajos que realizamos. Pero, existe una frontera bastante interesante, que es la frontera del sentimiento, del corazón, del buen sentido. Cada vez que pensamos en esa frontera, tenemos que admitir que hay cosas que donamos, que ofertamos a quien nos cerca y que no hay necesidad de que cobremos por esto.
Aun mismo en la esfera de nuestro trabajo profesional, a veces, queremos hacer un favor a una persona que no puede pagar lo que cobramos, a una institución que presta servicios a terceros y para la cual queremos dar nuestra contribución y esto nos referimos a aquello que hacemos profesionalmente. ¿Quien no puede, siendo peluquero, dedicar treinta minutos de un día, una hora, para cortar el pelo de abuelos, de niños huérfanos, de enfermos, enfermos mentales o aun mismo de presidiarios, sirviendo de buena voluntad a un trabajo social? ¿Quien no puede, siendo profesor, dedicar una hora por semana, un día al mes para alfabetizar comunidades carentes, personas pobres que no tienen acceso a la escuela, que trabajan noche y día y que tienen aquel día para poder servirles de liberación intelectual? ¿Quien no puede hacer esto? Siendo odontólogo, siendo abogado, prestando ayuda a una institución que trabaja con pobres, con familias carentes.
Hay muchas cosas, que podríamos hacer con nuestro trabajo profesional, con aquello que la gente paga para adquirir. No en tanto, existe un campo aun mas especial. Es aquel en que realizamos cosas por las cuales nada pagamos. Imaginamos nuestra capacidad intelectiva. Nunca pagamos por ella. Nadie paga por el numero de neuronas que tenemos en el cerebro, en el sistema nervioso. Nadie paga por el oxigeno que respira, por la luz del sol que recibe, por las lluvias que caen, por los vientos que soplan y refrescan. Hay cosas que la naturaleza nos ofrece a todos los que estamos en el mundo, de forma totalmente gratuita. Y hay otros tantos beneficios que la naturaleza nos da, que recibimos de buen grado y que no hay sentido cobrar para, en el uso de esos atributos, prestar servicios alguien. Hay muchas cosas que podemos dar a los otros, sin ninguna preocupación con la pecunia, con la gratificación financiera, con los valores amonedados, con el dinero. Ese es un territorio en que comenzamos a trabajar en nombre de la fraternidad, en nombre de la buena voluntad, de esa contribución que deseamos prestar a la sociedad en que vivimos. Ese es un trabajo que no nos deja apenas satisfechos económicamente, financiaramente, pero nos deja felices por dentro. Cada vez que trabajamos, encontramos la oportunidad de ofrecer a nuestra comunidad o a las personas que necesitan de nuestro trabajo, aquello con que la Divinidad nos doto, los valores que traemos de otras existencias, de otras experiencias aun mismo de esta vida y que queremos contribuir con eso, de alguna forma, para terceros. Comenzamos a pensar en esa posibilidad de prestar algún servicio a alguna persona o a algún grupo de personas, sin percibir por eso cualquier salario. Tengamos la certeza de que nos vamos a sentir grandemente felices, altamente recompensados, porque esteremos atendiendo aquello que Cristo propuso: al dar nuestros festines, convocar a los lisiados de las calles, a los pobres de los cruces, para que vengan a estar con nosotros, nuestro festín de bodas. La buena voluntad hace con que convirtamos esas acciones gratuitas en una fiesta para tantos corazones.
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Esa fiesta que proporcionamos a los corazones de aquellos que no pueden pagar, pero que acaban recibiendo de nosotros alguna ayuda, lo sentimos en la propia alma y se reviste de una característica importantisima. Se reviste de ese poder de hacernos criaturas integradas al plano de la Divinidad, aquel mismo plano que nos concede las cosa gratuitamente, amablemente. En ese territorio, vale la pena acordarnos del trabajo del voluntariado. Ese voluntario que nos estamos refiriendo es el que puede cortar el pelo, que puede atender a una causa jurídica, que puede atender como dentista, que puede atender como psicólogo, que puede, en fin, lavar, pasar, coser botones en una pieza de ropa. Hay voluntariado para todos los tipos de servicios y hay necesidades para todos los niveles de voluntariado. Lamentamos, sin embargo, que aun exista en nuestro país, y en varios países que conocemos, una mentalidad de voluntariado un tanto extraña. Para muchos que se presentan como voluntarios, el voluntariado debe ser ejercido cuando la persona lo quiera, en el día que pueda, cuando no tenga lo que hacer en casa, entonces, ira a hacer un servicio de voluntario. Eso no es propiamente lo que se espera de un voluntario. Porque una institución que dependa del trabajo voluntario tiene trabajo todos los días. Alguien que sea voluntario para cocinar no puede ir cuando bien le venga. ¿Como quedaran los asistidos, en los días en que el voluntario no asista? Aquel que es voluntario para enseñar, para dar clases a los niños, a los jóvenes, a los adultos carentes. ¿Como va a ir apenas cuando tenga ganas? Entonces vemos, por ejemplo, en los Estados Unidos, que los voluntarios tienen carnet, son registrados gubernamentalmente. Ellos pueden entrar en los hospitales, en las casas de asistencia, en los días y horarios que quisieran, mediante la presentación de aquel documento. Pero ellos tienen seriedad. El voluntario en los Estados Unidos hace un servicio como si fuese su empleo, sin recibir una sola moneda, a no ser la gratificación de la alegría.
En nuestro país, por ejemplo, las personas cuando quieren. Viajan sin avisar, sin preparar la institución: Voy a estar tanto tiempo fuera. Hay que proporcionar un sustituto. Las personas imaginan que, por estar prestando servicio voluntario, que no tiene ninguna obligación, no tienen ningún compromiso. A eso llamaríamos de un voluntarismo y no de un trabajo voluntario. Un trabajo de voluntario es un trabajo serio, de todo el día, marcamos aquella escala correcta, aquella agenda correcta. Es voluntario, porque no se cobra por serlo, pero la responsabilidad tiene que ser la misma. Ahora, cada vez que realizamos un trabajo para alguien, dando de gracia, conscientemente estamos realizando nuestro deposito en el Banco de la Providencia Divina. Aquello que absorbemos de los otros, debemos a los otros. Aquello que recibimos de la Divinidad, pasamos a ser debedores de la Divinidad. Todo aquello que ofertamos, que ofrecemos, nos transforma en acreedores de la Providencia. Tenemos, verdaderamente, no aquello que compramos, aquello que las personas nos dan. Lo que es nuestra pertenencia verdaderamente es aquello que ofrecemos. Tenemos lo que damos. No fue de extrañar que el noble Francisco de Asís afirmo que: Es dando que se recibe. Es claro que, si la persona precisa trabajar para mantener su familia y no puede trabajar de gracia, para nadie, durante un largo periodo de su vida, la Divinidad comprende. Cualquier persona de buen sentido comprenderá. Pero nos estamos refiriendo a esa postura egoísta, en que solo pensamos en el lucro inmediato, en la ventaja financiera, cuando el trabajo voluntario, el trabajo por el bien, el trabajo para alguien, sin recibir nada, materialmente hablando, nos da un lucro moral expresivo, nos permite un salario de paz interior inconmensurable. Cuando imaginamos la grandeza que es ver la sonrisa de un niño de cabellos cortados, de un baño tomado, de ropa cambiada, cuando imaginamos la alegría de un niño delante de un plato de comida y vemos que somos nosotros que lo hicimos, que somos nosotros que lo preparamos, que somos nosotros que lo arreglamos... no hay compensación mayor. Y es en ese sentido que podemos pensar en aquel Ser especial que un día llego a la Tierra y Se dio a toda la Humanidad, diciendo: Yo soy el pan de la vida, yo soy la fuente de aguas cristalinas, yo soy la luz del mundo, dando de gracia lo que traigo del Padre, lo que de gracia recibió para que nosotros aprendamos a hacer lo mismo.
Raúl Teixeira
Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 189, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em janeiro de 2009. Em 03.01.2011. Traducido por Jacob.
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