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Vida y valores (Nutrientes de las guerras) PDF Imprimir E-mail
Raul Teixeira
Escrito por Administrador   
Jueves, 16 de Junio de 2011 16:00

No existe quien aplauda la guerra. Donde quiere que ella se manifieste, la guerra se presenta siempre de forma nefasta. Ella significa casi siempre el exprimir apretando ese tumor interno de la sociedad, cuando una se golpea contra la otra. Y es por esa razón que no se puede ver la guerra con buenos ojos. Por más que se haya intentado justificarla, la guerra es, por si misma, una tragedia humana.

Cuando miraros en la lejanía de los idos de la Humanidad, vamos a encontrar la guerra en varios de sus momentos. Desde los enfrentamientos entre comunidades primitivas, barbarás otras, hasta las guerra más próximas de nosotros. Todas marcadas por la matanza, por el desapego a la vida, por la crueldad. ¿Al pensar en las guerra, nos quedamos preguntado de donde viene esos impulsos pro-guerra? ¿Cómo es que nacen esas experiencias en el alma humana, que buscan impulsarla, que consiguen impulsar a todas las personas para ese volcán que es la guerra? Cuando nos detenemos un poco y paramos para pensar en esto, tenemos la real impresión de que las guerras no nacen de la nada, ellas no provienen del aire que respiramos.

Las guerras nacen dentro del individuo. Es el orgullo que va generando la insensatez por la cual una criatura se imagina superior a otra criatura. Gracias a ese sentimiento de orgullo, de vanidad se forja el sentimiento de prepotencia. Yo me siento mejor que el otro, luego, yo me hallo en el derecho de someter al otro. Por causa de eso, me golpeo contra él hasta dominar sus fuerzas. Fuerzas sociales, fuerzas familiares, fuerzas militares.

Para donde miramos y encontramos la guerra, el saldo acostumbra ser muy negativo. Es natural que hallamos aprendido con las Leyes Divinas el retirar el fruto bueno después de las guerras, lo aprendido que queda, después de las guerras. En esos tiempos contemporáneos, la tecnología utilizada en las guerras, a posteriori es utilizada a beneficio de la sociedad. Todos sabemos, por ejemplo, que los motores de esos coches populares, que fueron llamados en Alemania nazi de Wolkswagen, fueron creados para que pudiesen trafagar en los lugares donde no había agua. Después de eso, se transformo en un point de la industria automovilística. Coches, cuyos motores no necesitaban de agua. Eran refrigerados por el aire.

En las aéreas medicas de investigaciones terribles, realizadas por médicos orientados por Hitler, llegaron colaboraciones notables para el campo de la cirugía, de la farmacología. Pero, todo eso que nació con la guerra, indudablemente podría nacer por la inteligencia humana. No es necesario que hagamos la tragedia para que el cerebro funcione positivamente. La criatura humana descubrió la electricidad que existía en el mundo en la naturaleza y consiguió usarla para el bien. Consiguió hacer, por ejemplo, la luz eléctrica, los utensilios eléctricos. Pero, en nombre de la guerra, de esa miseria humana, de esa tragedia que puntea el alma del ser humano, nació también la silla eléctrica. Vamos percibiendo, poco a poco, de donde viene la guerra, de donde nace ese sentimiento belicoso, de donde viene esa beligerancia que va transformando los individuos humanos en verdaderas bestias. Todas las guerras tienen su nacimiento en el íntimo de la criatura humana.

* * *

Las guerras nacen en el íntimo del ser humano, con certeza. ¿Y cómo es que nacen las guerras en nuestra intimidad? Basta verificar como son nuestras relaciones humanas, sea en la familia, sea en el trabajo o en la sociedad como un todo. Cargamos en nuestra intimidad determinadas irrupciones que, de repente, explotan. Cargamos conflictos en nuestra parte interna, en nuestra alma que, de repente, irrumpen y, al irrumpir esos conflictos, quien estuviera cerca recibe el rechazo. Casi siempre son las personas de nuestra relación más intima, nuestros familiares. Bregamos con la familia, explotamos con la familia, decimos impropios. Aun que, después de eso nos arrepentimos, ya suavizamos ese mórbido sentimiento, esas energías exaltadas a nuestro alrededor.

Como vivimos en un universo de ondas, de energías, las ondas que parten de nuestro pensamiento, de acuerdo con su frecuencia, van a alimentar los bancos de ondas, que existen por el Universo. En todas partes existen ondas de odio, de amor, de fraternidad, ondas de bien, ondas de mal, que se esparcen como verdaderas ondas de Hertzio a través de nuestro Universo. Cuando creamos, con la frecuencia de nuestros pensamientos, determinados tipos de ondas, ellas van a alimentar las que ya existen por afinidad, por sintonía vibratoria y, consiguientemente, esos bancos energéticos del espacio, esos bancos de ondas del espacio, nos retroalimentan. Es por esa razón que, cuanto más sentimos rabia, más rabia sentimos. Es por ese motivo que, cuanto más amamos, mas amor sentimos. En la misma proporción que alimentamos la fuente del odio o la fuente del amor, ellas nos realimentan. Es por eso que quien ama, cada vez quiere amar un poco más. Es por eso que quien odia, cada vez odia más, porque es alimentada por esa onda, por ese banco de ondas, si quisiéramos expresarnos así. Entonces cada cual de nosotros va colaborando de manera individual, de modo pequeño para ese macro sistema de energías violentas, de energías negativas, de energías beligerantes que vamos encontrando promotoras de las guerras.

Las bregas domesticas, las traiciones, las indisposiciones con nuestros entes queridos, con los amigos, con las personas, la guerra del tránsito, la guerra del hogar, de la sociedad, del empleo, todo eso va alimentando esas ondas que, por su vez sustentan, nutren las guerras. Es por esa razón que, cuando explota una guerra, la sociedad entera padece con ella, a nivel de su comprometimiento. Hay aquellos que son forzados a ir para el frente, para el campo de batalla, para los frentes de batalla. Hay otros que sufren el problema del hambre, de la carencia, de lo que pasa al faltar en el periodo de la conflagración. De ese modo, nos vamos dando cuente de que, a su turno, todas las criaturas que colaboran para la guerra, de una manera o de otra, con sus pensamiento, con sus acciones, van recibiendo la impresión, van recibiendo la respuesta, van rescatando, al nivel de lo que deben, aquello para lo que colaboran.

Nada de guerras. Toda y cualquier guerra tiene origen en el cerne, en lo más intimo de la criatura humana. Con el conocimiento de la paz que Jesús Cristo nos vino a traer, ya es tiempo de comenzar a fomentar la paz y como El nos dice, nos vino a traer el modelo de esa paz: Mi paz os dejo, mi paz os doy. No os lo doy, como el mundo la da. De esa forma, vamos sintiendo que la paz de Cristo jamás será como la rancia pereza, comparada a la parálisis de los cadáveres. La paz de Cristo será siempre el trabajo en el bien, la búsqueda por nuestro perfeccionamiento, de la criatura humana, de los que nos rodean, el perfeccionamiento de la vida.

¿Guerras? Evitémoslas porque, al final de cuentas, somos hijos de la Gran Luz y de la Gran Paz que es Dios.

Raul Teixeira

Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 174, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em setembro de 2008. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 16.08.2009. Disponível no DVD Vida e Valores, v. 4, ed. Fep.

Traducido por Jacob