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Desde épocas inmemoriales, existe entre las criaturas humanas, esa concepción de cielo y de infierno. Todo eso nace cuando la intimidad del ser, la conciencia profunda de la criatura percibe que debe haber una condición diferente para las personas que siguen el camino A, diferente de las personas que siguen el camino B. Ese entendimiento hace con que se imagine que las personas que siguen el camino A, por ejemplo, tengan derecho a una felicidad en un lugar especial y las que siguen el camino B no tengan el mismo derecho. Eso nace con la mentalidad teológica que cada individuo tiene, esa idea del auto merecimiento. Nosotros siempre hayamos que merecemos algo mejor que nuestro vecino. Casi siempre suponemos que nosotros deberíamos tener mejor quiñón que las personas que bregan con nosotros. Al ver alguien haciendo una obra decimos:
- ¡Ah! pero si fuese yo...
En esas reticencias esta dicho que nosotros lo haríamos mejor. Esa idea general de todas las épocas, de todos los pueblos, ciertamente cuando entran en la idea clerical, teologal, al respecto del destino de las criaturas después de la muerte, se hace con que esas mismas criaturas establezcan que van para el cielo, y las otras para el infierno. Pero esa cuestión de cielo e infierno: ¿Qué es lo que caracterizaba una y otra idea? En todas las épocas el cielo era entendido con un locus, un lugar de delicias, de armonía, de paz, de bellezas, en cuanto en contraposición, el infierno seria un lugar de terrores, de tormentos, de sombras, de tinieblas, de dolores, de lloros y crujir de dientes, como aprendemos en el Evangelio. Es por esa razón que en esas diversas épocas de la Humanidad, en función de los pensamientos teológicos vigentes, se admite la existencia de cielos y de infiernos exteriores a la criatura humana, o sea, lugares para donde se va después del deceso carnal, después de la muerte.
Aprendemos con los pueblos antiguos, por ejemplo, que había un Samsara, como llamaban los indianos. Samsara tenía la representación del infierno cristiano, porque es un locus, es un lugar de tormentos, de agitación, de barullo, de tumulto y los indianos asimilan barullo, tumulto, agitación con el infierno, un lugar de grandes perturbaciones. Conocemos entre los pueblos antiguos, entre los hebreos, entre los griegos el Hades, que también era lugar de las almas atormentadas. Era el infierno, como mas tarde llamarían el movimiento cristiano organizado. En todos los pueblos entonces, esa idea de un lugar para donde se va después de la muerte se perpetuó, gano cuerpo. Hoy, las religiones aun nos presentan cielo e infierno, como lugares.
Muy recientemente el Papa Juan Pablo II estableció para los hermanos católicos, que cielo e infierno son realidades del alma. Pero, Jesús Cristo ya tenía hablado esto hace mucho tiempo de otra manera. Aprendemos en las páginas de El Evangelio Según el Espiritismo, por ejemplo, aprendemos en las lecciones del libro El cielo y el infierno, de Allan Kardec, exactamente esto: cielo e infierno no son realidades ajenas a la gente, no son propiamente lugares para donde se va, son realidades intrínsecas del ser. Por causa de esto, vale la pena pensar en el cielo e infierno, huyendo un poco de esa dinámica teológica que estableció que son lugares de tormentos perpetuos, de tormentos eternos, donde el alma inmaterial sufre horrores materiales, donde el alma que es plenamente espiritual estará sometida a castigos a sufrimientos de orden eminentemente material. Cielo e infierno merecen de nosotros esa atención, para que nosotros mismos podamos evaluar que caminos estamos andando, que estamos haciendo de nuestra vida, de nuestra existencia, si nos gusta esa búsqueda del cielo, o si nos gusta andar por las veredas infernales.
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Cuando pensamos en eso, en esas trillas que escogemos para seguir, en esos caminos que deseamos trillar, vale la pena recordarnos de Jesús. Jesús Cristo dijo un día: El Reino de los Cielos no tiene apariencias exteriores, el Reino de los Cielos esta dentro de vosotros. Esa fue una revelación importante para nuestra creencia porque, hasta entonces, nosotros aprendimos que moriríamos para ir al cielo, para ir al infierno. Pero Cristo estableció que ese Reino de los Cielos tan esperado no es exterior, no tiene apariencias exteriores, está dentro de la criatura humana. Si el Reino de los Cielos esta dentro de la criatura humana, como un estado del alma, un estado del espíritu, una manera de ser, es natural pensar que el infierno también está dentro de la criatura, una vez que el infierno corresponde a la oposición al cielo, oposición a las leyes de Dios. Todas las veces que estemos viviendo de conformidad con las leyes de Dios, estaremos trabajando nuestro cielo, estaremos construyendo nuestro cielo interior, estaremos realizando el trabajo de la paz intima. Pero, cuando huyamos de esas Leyes, cuando no respetemos esas Leyes, cuando nos antagonicemos con ellas, indudablemente nuestra actitud es una actitud infernal. ¿Y esto porque? Porque sentimos remordimientos.
Todas las veces que actuamos fuera de la ley Divina, todas las veces que no respetamos nuestra conciencia, que forzamos la situación para hacer aquello que el hombre viejo, que los instintos nos imponen hacer, sentimos dolor de remordimientos. Un mal estar terrible toma cuenta de nuestra alma y pasamos a no tener sosiego, no dormimos bien, no cómenos, lloramos, nos amargamos. De acuerdo con el temperamento de los individuos existirán reacciones muy propias, muy pertinentes. Importante será que busquemos esas rutas de la vida, esos modos de vivir que corresponde al cielo. Ahora, cuando trato bien las personas, cuando construyo amistades y conservo a mis amigos es el cielo que yo estoy construyendo para mí, el cielo de la felicidad, tener amigos. Cuando aparto las personas, alimento preconceptos de cualquier nivel, cuando dirijo a los individuos a mi malqueriente, mi amargura, es el infierno que estoy cavando para mí, porque no existe cosa más terrible de ser poco querido, ser mal visto por las personas. Luego, es importantísimo comprobar que cielo e infierno son realidades íntimas. Nadie necesita tener miedo del infierno. Precisa tener cuidado con la vida. Si tenemos cuidado con la vida, estaremos construyendo nuestra felicidad, nuestro Reino del Cielo interior. Si no tenemos cuidado con la vida, no importa quién seamos, hijos de quien seamos, no importa que religión tenemos, no importa cuál sea nuestro nivel socioeconómico. Lo que importa es que estamos cavando nuestro tormento.
El Reino de los Cielos no teniendo apariencias externas, pero siendo una realidad, solo puede estar dentro de la criatura humana. Veamos cómo viven las personas en paz consigo mismas: felices, alegres, joviales, lo que no quiere decir irresponsables, lo que no quiere decir faltas de razón. ¿Cómo viven las criaturas llenas de remordimientos? Deprimidas, amargadas, malhumoradas, decimos: como su hígado dañado, porque ese tormento interno hace que el individuo exteriorice ese mismo tormento, ponga para fuera su infierno. Un día, el Apóstol Pablo nos enseño: Andad como hijos de la luz, cuando él escribió a los Efesios. Ahora, todo y cualquier hijo de la luz, cualquiera de nosotros que sea creado por la luz y todos nosotros lo somos, porque somos hijos de Dios, deberá caminar esparciendo claridad. Quien es hijo de la luz, luz igualmente es.
Genéticamente, llevamos a Dios en nosotros, llevamos a Dios esa potencia, esa capacidad de iluminarnos con la Luz Divina y esparcir esa claridad a nuestro alrededor, iluminando a tantos cuantos estén junto a nosotros. El infierno, el cielo no tienen apariencias externar, son realidades existentes dentro de nosotros.
Raúl Teixeira.
Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 153, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em julho de 2008. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 21 de junho de 2008. Em 31.08.2009. Traducido por Jacob.
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