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Eminentes energías son dinamizadas por el empeño de la oración. Esa manera de intercambiar con los Poderes Superiores de la Vida coloca la criatura en condiciones de, al dirigir el pensamiento a las Alturas, tornarse receptáculo de las fulgurantes bendiciones que discurren de lo Infinito en cascadas felices. Por medio de la oración conseguimos reales transformaciones en la pauta de la existencia. Logra el Ser que reza las modificaciones de circunstancias morales, sociales, materiales, cuando se hacen esos contactos con el alma alzada, verdaderamente, ligada a las fuentes de donde provienen esas bendiciones del Cosmos.
¡Cuántos, sin embargo, suponen que debamos rezar solamente por los necesitados del cuerpo o del alma o por los que se encuentran sufriendo los más tormentosos dramas del mundo! Sin embargo, si tenemos el deber moral de exorar los recursos del Creador para los agobiados de los caminos humanos, no nos es menor el deber de rogar empro de los que están vitoreando en los caminos terrenales, de aquellos que se están superando, en realidad, avanzando por las veredas ásperas de la existencia.
Cuando se reza en favor de los sufridores o atormentados se ejerce la caridad de la intercesión, disminuyendo la agudeza de los dramas en cuestión. Al rezarse por los que se enfrentan, que se superan, logramos la práctica de la caridad por el impulso de cooperar con la felicidad de los hermanos de la experiencia terrenal.
Rezándose por los obsediados, se coopera para que ellos se fortalezcan y alcancen la libertación gradual, aproximándose de las fuentes de paz. Sin embargo, cuando se desdoblan los sentimientos de la oración en beneficio de los obsesores, les permitimos la sensibilización paulatina que, poco a poco, irán penetrando los tejidos de esas almas aturdidas en sí mismas, estribando los primeros pasos de su redención. Envolver a los pobres de recursos materiales, angustiados, desesperados por la ganancia difícil de su subsistencia, representará el aliento y el incentivo, a fin de que no se pierdan en la jornada terrenal, atravesando valientemente el esquema de su expiación. Pero, cuando guardamos en oración a los que son pudientes en la Tierra, a los que son mayordomos de las riquezas de Dios, los auxiliamos para que penetren niveles de pensamientos más altos, capaces de ayudarlos en la ruta del equilibrio, del uso ennoblecido de los valores mundanos de los cuales, un día, deberán prestar cuenta.
Orar, sin duda significa nuestra capacidad de hablar al Creador, alzándonos hasta esas Estancias de Salud Verdadera, que nos rellenará de dichosas energías. No fue sin motivo que el Apóstol Santiago nos recomendó, en las iluminadas páginas de la Buena Nueva, para que orásemos unos por los otros. Realmente el sentido de la oración permitirá el crecimiento, la iluminación de aquellos que de la oración hacen uso continuo, como se hace en el mundo uso constante de agua y alimento para el cuerpo carnal. Habituémonos, así, a orar por los sufridores, carentes en general y por los muertos, sin embargo; no nos olvidemos de que los que avanzan en la ruta feliz no prescinden del incentivo y apoyo de nuestras vibraciones para que perseveren en el bien.
En las luchas terrenales percibimos cuánto ha sido fácil para muchas personas dar las manos y vibrar, positivamente, por los caídos, ciertamente porque tales gestos los sitúan en la condición de bienhechores, lo que siempre tendrá su legítimo valor. No obstante se ve cuán difícil se hace para esos mismos sonreír y abrazar a los que se elevaron, dándoles los refuerzos de la fraternidad, lo que no deja de revelar pruritos de despecho y de desconsideración para con el bien en los demás. Orar y orar siempre, pues, por los de grande y por los de pequeño desarrollo moral, por los que viven peleas acerbas y por los que se hallan en clima de equilibrio, pues todos son "ovejas" del Rebaño del Señor que nos posiciona junto a ellos para que extendamos una de las manos a los que van delante, rogándoles ayuda, a un tiempo que estiramos la otra en el afán de dar guarida y sustentación a los que vienen en la retaguardia, en el ejercicio de la más excelente humildad.
"El amor y la caridad son complemento de la ley de justicia; porque amar al prójimo es hacerle todo el bien que nos es posible y que quisiéramos que a nosotros se nos hiciese. Tal es sentido de las palabras de Jesús: Amaos unos a otros con hermanos."
(El Libro de los Espíritus, parte 3ª cap XI, preg. 886, Nota, párrafo 19).
Por el espíritu Camilo
Médium J. Raúl Teixeira Extraído del libro "Corrientes de luz"
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