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Conocemos dos momentos muy interesantes, en algunas vidas bastante importantes. Uno de ellos, es aquel momento en que, según los textos bíblicos, María de Nazaret estuvo sabiendo que sería madre. Su expresión, conforme los registros religiosos, es muy interesante:
Señor, hágase en mi según Tu voluntad.
Ese es un momento que vamos a dejar para analizar mas, luego. Después encontramos otra ocasión, en que el notable Francisco de Asís, dice así:
Señor, haz de mi un instrumento de Tu paz.
Cuando percibimos esto, entramos a analizar las dos posturas. María al saber de su embarazo, al saber que había sido escogida por Dios para dar a luz a uno de sus más eminentes hijos, en la tierra el más eminente, Jesús, se dirigió al Padre diciendo: Hágase en mí según Tu voluntad. Ese momento en que María se refiere a Dios de esa forma, se dirige a Dios de ese modo, ella está demostrando una resignación. Mas era una resignación de quien sentía la importancia de aquel momento y de aquella noticia.
María ciertamente, no podía evaluar aun las consecuencias, los desdoblamientos de esa maternidad, posiblemente no. Pero, sabía que si era una escogida del Creador, si era una determinación de Dios, eso tenía que ser algo importante para su vida, para la vida. No en tanto, Francisco se utiliza de otro recurso. El, sabedor de que ser instrumento de Dios o de Cristo es algo de grandísima magnitud, pide a Cristo o pide a Dios, para que haga de él un instrumento de trabajo. Ese momento Francisco es un momento de obediencia a un propósito. Y notamos que en la postura de Francisco, existe una concienciación, una reflexión, esa certeza de que se torno alguien instrumento del bien, es de fundamental importancia, para el propio instrumento del bien, pero fundamentalmente para la vida. De ese modo, estamos delante de dos cuestiones fundamentales en nuestras relaciones humanas: aquella que dice respeto y obediencia, y aquella otra que se refiere a la resignación.
Todas las veces que hablamos de obediencia es muy común que las personas entiendan o que nos entendamos, que obedecer a algo o a alguien, es un gesto de humillación. Obedecer. Cargamos en el alma ese impulso de la oposición, del desacato y de ese modo, la obediencia entre nosotros no es una cosa bien vista. Cuando los padres piden a los hijos obediencia, habitualmente están en el clima de riña, de imposición, alguna disfunción familiar. Y, entonces, la idea de la obediencia acostumbra estar asociada a la idea de la humillación. Me tienes que obedecer, Fulano. Tienes que hacer lo que yo digo, Beltrano. Y, en lo inconsciente general existe esa idea de que obedecer es humillarse. Nada obstante, lo que aprendemos con los grandes Maestros de la Humanidad, es que la obediencia tiene respaldo del discernimiento, de la razón. Obedecer es estar de acuerdo con la razón. No es humillarse, no es hacer lo que los otros quieren.
Es entender exactamente la importancia de aquello que iremos hacer. Obediencia tiene el respaldo, el apoyo de la razón. Si nosotros obedecemos sin racionar, naturalmente será un gesto de fanatismo, más si nosotros obedecemos sabiendo lo que es que estamos haciendo, sin duda alguna, es la más notable obediencia. Aquella buscada por Francisco. Y la resignación, ese consentimiento del corazón, es aquella postura de María de Nazaret delante de lo que no se podía torcer. Y sabiendo de la importancia de ese acto que no se puede torcer, ajustarse a la voluntad de Dios, someterse a la voluntad de Dios, porque siendo Dios la Inteligencia Suprema del Universo, todo lo que El hace sobre nosotros es para nosotros, es perfecto.
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Una vez que todo lo que Dios hace para nosotros es positivo, es perfecto, es absoluto, resta pensar cómo es que actuamos en lo cotidiano, cuando tenemos necesidad de obedecer. Es una lucha del orgullo, estamos atormentados. La soberbia asoma en nuestras actitudes, se presenta en nuestras actitudes y nos encontramos verdaderamente trastornados. Es por eso que gran número de los individuos detesta obedecer la señal de transito, paso de peatones. Detesta obedecer las leyes, porque imaginan que esta obediencia les traerá alguna humillación. Es tan común, las personas trabajan para desobedecer, para desacatar. Pisar en el jardín cuando no se puede pisar, cuando se prohíbe pisar. Hacer grafitis en los muros, cuando se prohíbe hacer grafitis o hay una placa diciendo que no se debe de pintar. Fumar en lugares cerrados, no respetando las otras personas que allí están, a pesar de la placa indicando:
- Se pide no fumar. Por favor, no fumar. Prohibido fumar.
Esa concepción del no obedecer a los Status quo es típico de la criatura aun inferior. Ella podría parar a pensar: ¿Por qué es que yo no debo pisar el jardín? Porque ese es un trabajo para todo el mundo, es un trabajo que alguien hace con sudor, con esfuerzos. ¿Y porque es que yo no tengo el derecho de pisar? ¿Por qué es que yo no debo de fumar aquí? Porque nadie está obligado a participar de mis vicios.
Nadie tiene que compartir de mi deseo, si no lo desea. ¿Porque yo no puedo hacer esa contra dirección? Porque puede venir alguien obedeciendo el sentido de la calle y será atropellado por mí. De alguna forma yo estaré cometiendo un equívoco o un grave error. Todas las veces que, delante de la necesidad de obedecer, nosotros racionaremos, estaremos haciendo exactamente lo que debe ser hecho. Obedecer es pedir autorización a la razón para hacer esto o hacer aquello, y en esa hora no importa quién es que nos tenga dado la orden o la determinación. Muchos hombres no les gustan de acatar lo que la esposa dice, lo que una mujer habla. Otras veces, la mujer no le gusta obedecer lo que el marido dice, o que un hombre dice, por causa de esas tonterías de machismos, de feminismos, sin acatar con el hecho en sí, sin atinar para el hecho en sí. Obedecer no importa a quien. Puede ser dicho por un niño. Si el niño dice así: Cuidado, ahí tiene tinta fresca, pase por otro lugar. Si nosotros insistimos, vamos a mancharnos con la tinta fresca. Entonces, cuando somos personas maduras, no tenemos ningún problema en obedecer, desde que vemos sentido en eso, desde que haya sentido para eso. Y la resignación es este impulso del corazón. Mas cuando hablamos del impulso del corazón, no deja de ser una fuerza de expresión, porque el corazón, no tiene impulso.
El impulso, de hecho, es de la inteligencia y, delante de las cuestiones que nos llevan a la resignación, basta usar la inteligencia para verificar que son cosas que no podemos torcer. La resignación delante de lo inevitable, delante de la muerte, por ejemplo. Cuando hablamos en resignación, no se trata de una acomodación. Vamos a trabajar en las investigaciones, en la medicina, para evitarnos que las personas mueran por cualquier cosa, por una virosis, por un bacilosis, por un proceso cualquiera que la ciencia ya tenía posibilidades para impedir. La resignación nos lleva a pensar que, siendo la desencarnación o la muerte un fenómeno natural, y que todos los individuos tendremos que por ella pasar, es lo inevitable. No me adelantara la insubordinación, o desespero, la gritaría, porque todas las criaturas en el mundo mueren. Ricos y pobres, poderosos o plebeyos, todos morimos. El hecho es que la resignación nos lleva a ese consentimiento de entendimiento, de sentimiento. Por esto, se habla que la resignación es el consentimiento del corazón, porque precisamos, después de reflexionar, después de racionar, después de evaluar por la razón, abrirnos para acatar aquello que sea la determinación de la vida:
Señor, hágase en mi según Tu voluntad.
Y pensar en Francisco:
Hágase de mi un instrumento de Tu paz.
Raul Teixeira
Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 129, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em janeiro de 2008. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 26.10.2008. Em 09.02.2009.
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