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-Del Sumo Hacedor recibamos su sacrosanta luz.
A todos los que constituís este pequeño y ramificado grupo, unido por los indestructibles lazos de la espiritualidad, os felicito porque tenéis incrustados en vuestra alma los sentimientos exquisitos del amor, la fortaleza santa de la fe y la confirmación riente de la esperanza. Como esas estrellas fugaces que cruzan los caminos siderales gloriosos y eternos, deslumbrando a la humanidad en las oscuras noches, vosotros, como meteoros benefactores, deslumbráis también con vuestra conducta, amor, virtud y recto proceder a cuantos os tratan y conocen. Sois como esos pajarillos benditos y alegres que con sus trinos deliciosos cantan y adoran a Dios.
Vosotros, con vuestras palabras, entusiasmo y fe conseguís que vuestros pensamientos corran velozmente hasta las gradas altísimas del Todopoderoso, que los recibe con alegría y alborozo. Sois también como esos cometas que viajan eternamente, dando a la humanidad ejemplo de regularidad y exactitud en sus trayectorias fijadas por Dios. Vosotros os desplazáis también con regularidad y exactitud para veros y comunicaros los progresos adquiridos en fe, conocimientos y visión clara de las benditas Leyes de Dios. Sois, en fin, las linternas benditas que iluminan los libros sagrados, donde la humanidad tiene que estudiar atentamente para que no se desvíe por caminos de perdición. Cuanto más estudiéis más ansiaréis saber. Cuanto más sepáis más responsabilidad, más sacrificios y más obligaciones adquiriréis, pero, al mismo tiempo, alcanzaréis un más íntimo contacto con lo excelso, sublime y bello que late en todos los reinos de la creación y esto os hará más seguros, más felices y más identificados con las Leyes Divinas. Las ciencias son luces de Dios y la luz de Dios no se apaga nunca.
Son un reverbero eterno que no cesa de reflejar la esencia magnificante de la VERDAD, que ilumina los pensamientos de los hombres santos y rectos. El hombre es el rey de todas las propiedades que Dios le ha otorgado para que sea más digno, justo y represente mejor la grandeza que ha puesto en él. El hombre debe dignificar ampliamente a Quien lo dignifica. Debe pensar tan rectamente como recta es la trayectoria de la luz. El corazón del hombre es el tic tac del reloj eterno de su vida. El corazón no piensa, pero siente; no pronostica desastres o alegrías, pero los insinúa de una forma sutil al alma, la que recoge sus quejas, sus lamentos y sus alertas y ello le inclina a rectificar la trayectoria torcida que haya tomado. Las grandes bibliotecas que ha puesto Dios en los universos son leídas por quienes son adictos al estudio de la ciencia, al progreso y a subir cuanto antes para conocer otros mundos, sus movimientos, sus especiales características y todas esas formaciones colosales y grandiosas que hay en la naturaleza, donde está compendiada la ciencia de las ciencias; donde todo es movimiento, ajuste exacto, riqueza de luz y presciencia del Sumo Hacedor.
Dar, hermanos queridos, dar de todo: bienes, amor, inteligencia, conocimientos, virtud, alegría, bienestar...; dar todo lo que podáis y no pensar lo que dais; ¡fijaos bien!: «no pensar en lo que dais, sino en lo que no podáis dar cuando os pidan», aunque ello os pudiera entristecer. Pero no temáis, que Dios os recompensará con creces ese malestar por no haber podido ser más pródigos; sí, os lo recompensará con tesoros eternos como los son el amor y la caridad universal y un conocimiento más profundo de Su grandeza. Cuando recibáis alguna ofensa perdonar inmediatamente y olvidar, porque cuesta menos trabajo perdonar y olvidar que «blandir la espada» para castigar al que nos ha ofendido injustamente. De este modo el que ha faltado se impresionará por vuestro comportamiento, y al impresionarse se reconviene, pidiéndole su alma explicaciones por aquel acto injusto e indigno. Así, sin daros cuenta, podéis transformar a un espíritu rebelde en un espíritu dócil, reflexivo y razonable. Saber que Dios nos nombra a todos mayordomos Suyos.
La mayordomía ya sabéis en qué consiste: en ordenar el movimiento de la casa o hacienda y administrar fielmente los bienes de su señor. Dios nos entrega Su hacienda bendita, que es el universo; sus bienes, que son el amor, la virtud, la sabiduría y la magnitud de progreso que podemos alcanzar mediante nuestro esfuerzo. Nos da a todos muchísimo más de lo necesario, sin que se lo pidamos, porque ni sabemos pedirle lo que verdaderamente nos hace falta, ni a veces somos acreedores a ello; sin embargo, Dios nos anticipa Sus regalos, Sus bondades y Sus caminos de progreso y redención. Por todo ello, si somos buenos mayordomos tendremos buena recompensa de Quien nos ha nombrado para que administremos dignamente la elevación de nuestras almas, siguiendo los caminos rectos que nos dictan Su gran amor y Sus exquisitas leyes. Que seáis buenos mayordomos os lo desea, por los siglos de los siglos, SAFO.
Extraído del libro "Desde la otra vida"
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