Browse this website in:
Google
Web
Buscar en Luz Espiritual

La weblog Espirita de Mari

 

Radio Colombia Espirita

Hora local

Barcelona-España

La televisión espirita

 

Un hecho muy significativo de afinidad de las almas PDF Imprimir E-mail
Psicografia
Escrito por Administrador   
Viernes, 11 de Noviembre de 2011 15:48

Hermanos queridos: Hace unas noches estuvisteis hablando sobre las afinidades de las almas. Parece ser que aquí hay un hermano que quiere narraros un hecho muy significativo a este respecto, ocurrido en su existencia, para que podáis apreciar hasta dónde llega uno de los grandes atributos de las almas, que es la afinidad. Y como estáis oyendo por radio esas «historias extrañas», muchas de ellas tan verídicas, este hermano, si os place, quiere que conozcáis la que a él ocurrió.

—Con mucho gusto le oímos.

—Buenas noches —dice el espíritu narrador—. Muchas gracias por haberme recibido a comunicar con vosotros. Muchas gracias a Dios por esta maravilla de Su creación que permite podamos entendernos en cualquier idioma, que podamos hablar español sin conocerlo, ese idioma alegre, risueño, que parece que hablando reís; que nunca lloráis y que siempre estáis en el pentagrama de la verdadera música celestial.

La historia ocurrió en ese pueblo joven, vibrante, fuerte, arrollador, de los Estados Unidos. Concretamente en el Departamento de La Florida. Éramos un matrimonio muy feliz. Vivíamos con nuestros padres, que eran fabricantes de géneros de punto. Nuestra vida se desarrollaba siempre como es corriente en los americanos: trabajar, sonreír, estudiar y siempre con la Biblia dando gracias a Dios y al Gran Maestro. Teníamos un hijo y nuestra vida era feliz porque congeniábamos. Económicamente no nos hacía falta nada. Trabajábamos todos los días, pedíamos a Dios todos los días y hacíamos el bien que podíamos también todos los días. Al morir nuestros padres heredamos la fábrica, que debido a nuestro esfuerzo, constancia y fe en los designios del Altísimo y a la moderna organización de la fábrica, todo iba en auge. Ya no sólo nos dedicábamos al comercio local, sino que abrimos los brazos de par en par al comercio exterior. En una palabra, nos faltaba tiempo para atender los pedidos y dar gracias a Dios por tantos bienes. Pero como la felicidad no es completa ni eterna, un día, estando tranquilamente mi esposa y yo esperando la llegada del otro miembro de la familia, subió el encargado de fábrica con el semblante pálido, que no podía hablar con claridad, que tenía un confusionismo muy grande en lo que nos iba a decir, que no se atrevía o no podía decírnoslo. Por fin, mi esposa, resuelta a salir de aquella situación, le preguntó qué había ocurrido y entonces nos dio la terrible noticia: nuestro hijo había sufrido un accidente cuando iba en bicicleta al regreso de la fábrica, cuyo accidente había sido mortal.

Como comprenderéis, hermanos míos, la luz se nubló de nuestros ojos y nuestra alma quedó anonadada. La casa temblaba a nuestro alrededor. Los ojos ya no podían llorar más. Estaban inflamados de dolor y de sentimiento. La desgracia había hecho hincapié en nosotros, había perforado nuestra alma con un puñal muy agudo y había paralizado nuestro corazón en un éxtasis de dolor y pena. La vida para nosotros había pasado de la luz a la oscuridad, del bien a la desgracia, de la felicidad al dolor, de la tranquilidad al desasosiego y de la paz al desorden. Hubo una metamorfosis tan grande y acentuada en nosotros que no sabíamos ya lo que éramos, para qué ni cómo estábamos viviendo. El dolor, como sabéis, hermanos queridos, es muy fuerte, duro y terco en tales circunstancias. Pero ahí está esa Ley bendita de la compasión Divina, que hace se vaya atenuando poco a poco. No teníamos gana de nada, pero como teníamos alguna fe en las promesas de Cristo y en sus predicaciones, porque la Biblia nos lo decía diariamente, nos íbamos sosegando paulatinamente.

Ya no tendríamos a quién dejar aquella fortuna tan inmensa, como nos la dejaron nuestros padres. ¡Ya no tendríamos a quién enjugar el llanto, como nos lo enjugaron a nosotros! Quedábamos huérfanos en la tierra, pero no huérfanos del poder de Dios y de Su misericordia. Pasó el tiempo, nuestra vida, aunque tranquila, parecía que le faltaba el aliciente primordial que es el calor y la alegría del hogar, que la dan, lo mismo cantando los niños que los pájaros. Donde hay belleza de vida hay alegría y felicidad. Viendo que palidecía y enflaquecía mi esposa, decidimos hacer una visita tranquila y amplia por toda Europa para conocer sus bellezas, su historia, su arquitectura, sus museos y todas esas manifestaciones de arte que tenéis en vuestra Europa, tan bella, tan cargada de recuerdos, de sucesos y de hechos gloriosos; esa Europa vieja, pero siempre joven porque ha llevado la batuta del progreso del planeta; esa Europa que santificamos nosotros con nuestra visita. Recorrimos toda Europa y fuimos a terminar a las Islas Británicas, donde, como sabéis, es el mismo idioma. Un día nos dedicamos a visitar los grandes almacenes que tiene esa gran población de Londres; esa cosmopolita capital, donde hay de todo. En uno de estos almacenes nos detuvimos en el piso de géneros de punto, como es natural, para observar y comparar su fabricación. Allí, embebidos en la admiración de tanta variedad y calidad, que no dejaban nada de desear a las nuestras, había un matrimonio comprando, con un niño de cuatro años en la mano. Ocurrió una cosa portentosa: El niño empezó a mirar a mi esposa y a sonreírle. Mi esposa correspondía a aquella caricia infantil. Ella sabía que esta atención del niño tenía un mérito enorme, ya que los niños expresan siempre su verdadero sentir. Se agachó a darle un beso y el niño se abrazó fuertemente a su cuello, besándola y no queriéndose soltar de ella, aunque la madre le retenía.

Fueron unos instantes de confusión, unos momentos indecisos, y al soltar al niño en el suelo no quería de ninguna manera deshacerse de mi esposa. Tuvo que llegar el momento de la separación porque no íbamos a estar allí ni unos ni otros todo el día. El niño empezó a llorar de tal forma al ver que nos marchábamos, que la madre y el padre, conmovidos, dijeron: «Señores, si no les causa mucha molestia, tengan la bordad de acompañarnos a casa. Allí nos honrarán con su visita y a ver si al niño se le va la «perra» que ha cogido por ustedes.» Como siempre hemos querido mucho a los niños y no teníamos nada que hacer, accedimos gustosísimos. Nos fuimos a casa de aquel matrimonio tan correcto y atento. Un pisito humilde, pero muy limpio, donde reinaba la paz. Estuvimos allí todo el día. Pero nada, cuando intentábamos marchar se repetía la escena del almacén aún con mayor intensidad. El niño no quería, de ninguna manera, que nos marchásemos. Fue tal el ruego que nos hizo aquel matrimonio que accedimos a pernoctar con ellos aquella noche. Nos dijimos: «Mañana, muy tempranito, nos marcharemos antes de que el niño despierte y así no volverá a producirse esta difícil situación.» Pero cuando a las siete de la mañana nos levantamos, cuál fue nuestra sorpresa al ver al niño a la puerta de nuestra alcoba esperando que saliéramos. Ni los padres ni nosotros pudimos explicarnos el por qué aquel niño, venciendo la tendencia natural al sueño en sus cortos años, se desveló de esa manera. ¿Qué teníamos nosotros para él y él qué tenía para nosotros, que no nos decidíamos a marchar? ¿Por qué todo esto ante unos desconocidos que jamás habíamos visto? Había que dar una solución a aquella situación. En vista de la predilección de mi esposa por el niño y los recuerdos que constantemente la martirizaban, decidimos hacer una proposición a aquel matrimonio. (El se dedicaba a conducir un coche de servicio público y se desenvolvían con escaseces y privaciones.) «Vamos a ver — dije yo—. En vista que este niño tan simpático nos ha tomado un cariño tan grande, que no sabemos por qué, les hago a ustedes una proposición. Como ya sabéis, somos muy ricos, tenemos una fábrica y tales y tales bienes. Si ustedes quieren no tenemos inconveniente en llevarlos con nosotros a Norteamérica, a La Florida, y así ni este niño, ni vosotros, ni nosotros sufriremos. Allí le colocaré a usted en mi fábrica. Estará perfectamente. Le sobrará el dinero, tendrá tranquilidad y quién sabe si algún día pueda usted ser una persona importante en mi fábrica. Piénsenlo ustedes y mañana volveremos para que nos den la contestación.»

No supimos qué prodigio o circunstancia, no sabemos lo que pasó, porque el niño se quedó muy contento y conforme sólo porque había oído que volveríamos al día siguiente. El matrimonio pensó nuestra proposición detenidamente, y cuando volvimos nos dijeron que estaban dispuestos a acompañarnos. Arreglamos todo, las documentaciones necesarias y nos marchamos a Florida y nos instalamos en nuestra casa. Ella se dedicaba a las atenciones de mi esposa; a él le coloqué de encargado en una sección que la llevaba admirablemente. Cada vez tenía más confianza en él. El niño iba creciendo, estudiando y cada vez más cariñoso y risueño. A mi esposa parecía que se le había abierto una ventana al infinito. Llegó el día de nuestra separación en la tierra. Desencarné yo primero y luego mi esposa. Pero antes teníamos previstas las cosas de sucesión, y como no teníamos ninguna familia que obligara a recibir nuestros bienes, testamos todo en beneficio de ese matrimonio y que todo pasaría al niño cuando fuese su mayor edad. Es decir, que aquella fortuna que le correspondía a uno de nuestra familia, quiso la Providencia que este propósito se cumpliera. Y hoy, en la vida espiritual, donde hemos podido aprender lo que se debe saber, hemos visto que el espíritu de aquel hijo nuestro que murió en accidente de bicicleta era el mismo del niño que vimos en Londres. Esto es lo que quería referiros para que vierais hasta dónde llega la Ley y la atracción de la afinidad entre las almas. Perdonar si os he molestado con mi torpe historia y que Dios os bendiga a todos.

—Hermano, ¿hay algún inconveniente en que nos digas tu nombre? —se le pregunta.

—Edward Gaeses, fabricante de géneros de punto hace unos cien años.

—¿Población? —Beisus, un pueblecito pequeño de La Florida.

Extraído del libro "Desde la otra vida"