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Juan Evangelista, de entre los discípulos del Señor, fue considerado el que más se dedicó al Maestro, por la fuerza del Amor. Era muy joven, cuando asistió, junto con algunos de sus familiares, a las Bodas de Canaá. El destino le hizo acompañar a Cristo en sus más difíciles testimonios, así como en sus más grandes alegrías. Presenció varias curas extraordinarias del Señor, formó parte de los tres en el Monte Tabor; en la agonía del Getsemaní, estaba en el jardín de los Olivos, asistió a las predicaciones más profundas del Maestro, presenció la Entrada Triunfal, subió al Calvario para despedirse de su preceptor y, en el encuentro más dramático del mundo, recibió como nueva madre, a María, anunciada por el Divino Mesías.
El Evangelista no dejaba de ser un elegido. Espíritu escogido de entre muchos, fue llamado para consolidar el Amor en la faz de la Tierra. Vivió junto a los hombres casi un siglo, dedicándose a la vida cristiana; fueron más de ochenta años en la pura ejemplificación de los conceptos de la Buena Nueva del Reino. Sorprendió a muchos otros grandes por la humildad y por la fe, y al lado de toda la vivencia de las virtudes preceptuadas por Jesús, cargaba consigo como patrimonio sagrado, una lúcida inteligencia, que aplicaba con los debidos cuidados, al servicio de la colectividad.
Cuando nació, Salome fue invadida por una llama de luz, presenciada por Zebedeo en estado de vigilia, y se hizo una claridad tan grande, que fue igualmente vista por muchos pastores, en la madrugada del parto. La morada quedó inundada de un perfume nunca antes percibido por alguien de la familia, y un coro de Ángeles reprodujo sonidos, que los familiares pudieron oír, como si el Cielo descendiera a la Tierra por misericordia del Dios de bondad y de amor. Nació el niño que tomó el nombre de Juan y que trajo la primacía de ser conocido como el Evangelista, el profeta más difícil de ser comprendido por los hombres, el apóstol que tuvo la felicidad de cerrar el pergamino de luz con el Apocalipsis. Su madre, cierta vez, se aproximó al Maestro Jesús y le habló de los fenómenos que lo acompañaban desde la cuna. Observó, sin miedo de estar equivocada, que su hijo tenía una tarea semejante a la de Cristo, y pidió con humildad, que Él lo bendijese, escogiendo también a Tiago, para que pudiesen sentarse, cada uno a Su lado en el reino de Dios. Tiago y Juan se aproximan al Maestro, decididos, quedando uno a cada lado, realizando el pedido de la madre. Cristo, fijando Sus grandes ojos en los de Salome, respondió serenamente:
- “No me corresponde a mí decidir, dejar o no que tus hijos se sienten a mi lado, en la marcha que se proponen caminar en la Tierra y en el Cielo. Cada uno de nosotros tendremos que testimoniar ante Dios y nuestra conciencia lo que aprendemos... No obstante, si ellos pueden beber conmigo el cáliz amargo, preparado para mí desde hace milenios, rogaré a Nuestro Padre Celestial que los mantenga en mi compañía, para que la felicidad aumente en mi corazón, y tu voluntad será satisfecha, si fuese esta la voluntad de Dios”.
Antes de comprender su apostolado junto a Nuestro Señor Jesucristo, Juan parecía un joven impetuoso, derramando una catarata de energía, un vigor difícilmente comprendido por los hombres, pues era el impulso esquematizado, desde su génesis, para que en el futuro el Evangelio fuese sustentado por su conducta grandiosa. Tuvo la oportunidad de conocer a todos los discípulos en la coyuntura doctrinaria y convivir con ellos en sus más difíciles reacciones. Acompañó a Pablo en varios viajes, testimoniando en su propia carne las dificultades en hacer que conociesen a Cristo, entre las fieras humanas. Después de marcharse el Maestro hacia las esferas resplandecientes, midió, pensó y sintió que, de hecho, sentarse a Su lado no dependía de un sí o de un no del Divino Señor, sino de la vivencia del Amor de los que buscan ese reino.
Varias veces estuvo a las puertas de la muerte, llegando hasta percibir algunos ángulos de la otra vida y a oír consejos del otro plano, en lo tocante a la resistencia, a la paciencia, a la humildad y al amor para con aquellos que aún desconocían la Verdad. Cada vez que sufría el aguijón del dolor por Su causa, se restablecía con más ánimo y enfrentaba las dificultades con más esperanza, teniendo siempre a Dios como única divisa para la salvación para todos los ideales y a Cristo como Pastor Inconfundible que libera las conciencias para vivir en la luz. Juan Evangelista creció en sabiduría y virtud. Experimentó hambre muchas veces, sin amedrentarse. Sintió en la piel llagas de varias procedencias, sin que ellas lo desanimasen en la difusión del Evangelio. No hizo distinción de vestimentas para su apostolado sublime. Sólo pensó en el Amor. Cuando supo que Tiago había muerto de manera violenta por los opositores de la Buena Nueva, en vez de debilitarse, se incorporó a los ideales de su hermano, y sintió dentro del pecho un grito del corazón mandando que avanzase, por cuanto en sus hombros pesaban dos compromisos.
Cuando supo de la marcha de Pedro a Roma y, posteriormente, de su crucifixión por los romanos, que también quemaron su cuerpo, en lugar de temer a la furia de los enemigos, se incorporó a la fe del apóstol pescador en nuevos frentes de trabajo. Y cuando Pablo, su mayor esperanza, terminó sus días también en Roma, Juan, que se encontraba en algún lugar, reponiendo fuerzas para nuevas predicaciones, postró el rostro en la tierra llorando, y suplicando buscó a Jesús, para que no desamparase a la familia cristiana, que crecía en número, día a día, careciendo de un pastor visible en el mundo; descendió del cielo una luz sobre su cabeza y él oyó nítidamente una voz, muy conocida:
- “Continua incorporado a las fuerzas y a las virtudes, a los dones y al amor de los que se sacrificaron en mi nombre. Ninguna criatura quedará sola, porque Dios es Justicia, y por encima de la Justicia, Él es Amor”.
Desde ese día en adelante, Juan se volvió un imán de energía. Cuando uno de sus compañeros del apostolado sucumbía, aumentaba su vigor, por saber que era la voluntad de Dios y que seria una simiente enterrada en suelo fértil, y que de aquella vida podrían nacer millares por ley de la Divinidad, y que el Evangelio sería más conocido por el fenómeno de la fe. Después que María, madre de Jesús, fue llevada para la patria espiritual, Juan se transformó definitivamente en un seguidor de Cristo, proponiendo maneras grandiosas a las almas sufrientes y tristes. Alimentaba una alegría íntima, como si tuviese un sol encerrado en el corazón. Al hablar, representaba la voz de otras esferas, aprovechando, en la oportunidad, los canales de su verbo, lógico y clásico, sencillo y divino al mismo tiempo. A su alrededor había un magnetismo superior. En la dinámica del Amor, distribuía la verdadera felicidad en todas las dimensiones. Dormía en plena naturaleza y se sentía como si estuviese en una mansión espiritual.
Roma, que se sintió feliz y victoriosa por la muerte de algunos discípulos de Jesús, mandó seguir la pista de Juan, no para exterminarlo visiblemente, sino por algún respeto al profeta y por sutileza política. Muchos, en secreto, lo acompañaban hábilmente como presa, para, en la hora cierta, dar el golpe mortal y liberar a Roma del yugo incomodo, pues él era la Verdad que se expandía por amor a las criaturas. Sus principales discípulos fueron Policarpo, Papias, Ignacio y Patius, de los cuales hablamos, porque heredaron del Maestro de Éfeso el amor más acentuado. Pero, en verdad, fueron millares de seguidores los que testimoniaron lo aprendido por el ejemplo digno del Evangelista, que venció a la muerte en todos sus más duros testimonios. Además de los hechos ya conocidos sobre los fenómenos de la naturaleza que reaccionaron contra los perseguidores de los cristianos, ocurrieron otros muchos que la historia no relató, por negligencia de los hombres.
En el año 60 de la era cristiana, se reunían en las proximidades de Roma, procedentes de varias localidades, los discípulos más destacados de Jesús, dado el interés de Pablo en divulgar, en Roma, el ideal de la Buena Nueva. Cierta noche, en una ladera rocosa en la cual la naturaleza formó una especie de amplio salón, hablaba bajo la luz de las estrellas, un tribuno de sangre romana de nombre Gamerino, que se convirtió por las manos benditas del apóstol Pedro, que curó a su hijo a las puertas de la muerte. Él hablaba sobre las curas efectuadas por los hombres santos, bajo la influencia de Cristo y sobre las posibilidades de paz en el mundo entero, por la extensión del Evangelio por toda la Tierra y a todas las criaturas. Y, para tal emprendimiento, decía: nosotros somos los instrumentos.
Centenas de personas allí reunidas oían, magnetizadas por la fe, la palabra de Dios, en la boca de aquel hombre, tocado por la luz. El ejército romano, ya puesto en sobre aviso, aguardaba el momento exacto de apresar a todos de un sólo golpe. El Águila volaba para el salto mortal. No obstante, los centuriones que comandaban las tropas encargadas de matar y prender, no repararon que, por encima del Águila de Roma, los pájaros de los cielos vigilaban a los misioneros de Cristo. No habían terminado de gritar la orden de ataque, cuando los relámpagos se cruzaron en todas direcciones del campo, alcanzando a los perseguidores. Como si fuesen atacados por hilos de alta tensión, casi quinientos soldados del Imperio cayeron al suelo, inconscientes. Los pocos que permanecieron de pie, asombrados, volvieron con la noticia de que el poder mayor de Roma tenía que estremecerse y tener a los cristianos como magos negros, pues la propia naturaleza los defendía. Terminado el culto, los cristianos pasaron sobre ellos que aún dormían profundamente. Es por eso que ellos temían a Juan, procedente de los primeros discípulos del Maestro, y porque su nombre era una viga maestra en la doctrina del Nazareno.
Por el Espíritu Miramez
Editora Espirita Cristiana Fuente Viva Belo Horizonte – Minas Gerais 1986
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