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Relato de la encarnación ejemplar de un hermano de color
—Jehová os guarde a todos. Después de oír ese magnífico anuncio de la próxima venida de Nuestro Señor Jesucristo, no sé qué hacer. Si referiros lo que venía a narraros o marcharme a meditar profundamente ese acontecimiento que se nos avecina. Porque nosotros, los espíritus, que carecemos de luz bendita para manifestarnos ampliamente, no solamente impera nuestra falta de voluntad y conocimiento, sino que quisiéramos estar constantemente oyendo esas comunicaciones de los seres de tanta luz a fin de conocernos mejor y que nuestra fe y nuestra disposición para aprender las leyes de Dios sea más decidida y rápida. Venía a contaros mi última encarnación en la tierra por si de ella pudierais sacar alguna consecuencia digna de mención, y en caso contrario, olvidarla completamente.
—Te oímos con mucho gusto —dícesele.
—Un matrimonio de color que vivía muy feliz al cuidado de sus haciendas, que eran bastante amplias, productivas y alegres. Profesaban la religión Evangélica. La Biblia y todos los libros de tal religión estaban por doquier. Además de la suntuosa casa que tenían en la localidad, en las tierras de algodón, café, bananas, etc., habían construido casitas sólidas confortables e higiénicas para todos los obreros que con ellos trabajaban porque sabían que así cumplían lo que en las Sagradas Escrituras leían diariamente. Como podréis comprender, «el amito» era muy querido de todos. A los que nacían se les protegía. A los que sufrían se les secaban las lágrimas. No había necesidades porque todas se cubrían ampliamente con la bondad que tenía aquel matrimonio. También tenían una superproducción de un tanto por ciento de todas las ganancias que daban las tierras, es decir, lo que hoy llamáis participación en los beneficios. Por consiguiente, los trabajadores cumplían con fe, alegría y entusiasmo; muy honradamente, con el corazón puesto en todos sus actos, palabras y acciones, haciendo florecer el estado económico de la empresa.
De este matrimonio nació un hijo. Ese hijo era yo. Como es natural, de color también. No me dieron carrera porque suponían que tenía bastantes medios para vivir si sabía administrarme y seguir el mismo procedimiento de mis padres. Me dieron una cultura general muy amplia que me sobraba para defenderme y luchar en la vida. Cuando ya tenía 18 años relevé a mi padre en la administración y dirección de nuestra hacienda. Yo era muy amante de los niños. En ellos veía la obra de Dios más palpable porque de aquellas frentes salía la pureza de pensamientos y la grandeza de las almas sin cortapisas ni deformaciones. Los quería mucho porque, lo mismo que los pajarillos cuando al dar la bienvenida al sol, cantan de agradecimiento al Padre, los niños, cuando despiertan, lloran, que es el canto angelical con que saludan a sus padres y a Dios. Fui muy desgraciado porque con el amor tan acentuado que tenía hacia los niños deseaba crear una familia. Pero, ¡ah, hermanos míos, la dicha en la tierra nunca es completa! Cuando tenemos un bien se nos avecina un mal. No podía crear una familia porque nací con un defecto físico que me lo impedía. Es decir, que lo que más anhelaba mi alma me lo impedía totalmente el destino.
Acaté la misión que Dios me había asignado. Me costó mucho trabajo reconvenirme y mucho esfuerzo conformarme. Tuve momentos que mi cabeza no pensó bien, pero tuve la suerte de que se desvanecieran pronto aquellos negros pensamientos. Pasó el tiempo. Mi madre murió primero. Comprenderéis el dolor que entra en una casa cuando muere la reina de la sociedad santa que es la familia. La resignación vino después porque es obra de Dios callar, andar y sufrir. Al poco tiempo pasó igual con mi padre. En aquella casa hubo muchos días de luto porque aquellos dignos obreros querían mucho a su «amito», porque les había quitado el dolor, las miserias y las necesidades. A los diez o doce días me comunicó un escribano o notario, como llamáis vosotros, que era heredero universal de todo lo que habían dejado mis padres, que constituían una fuerte cantidad de dinero en el banco, las tierras y la casa solariega en la localidad. Continué administrando igual que mi padre, dando los mismos beneficios y el mismo cariño a los obreros, aunque algo más aumentado porque yo estaba solo y necesitaba menos.
Siempre he sido muy fiel en la asistencia a la capilla evangélica. Era muy querido de los Padres y los Padres de mí. Todas las noches meditaba, rogaba y suplicaba al Todopoderoso. Y me dije: «No puedo ser padre, no puedo tener la dicha de besar la frente querida de un hijo. No puedo amar a una esposa ni crear una familia. ¿Qué hago solo en el mundo? ¿Para qué quiero tierras y bienes si soy un ente que no sirve más que para servir a Dios en mi pequeñez?» Tenía la costumbre de pedir consejo al Todopoderoso cuando me acuciaban las preocupaciones. A la mañana siguiente era muy notorio que había tenido la indicación de lo que tenía que hacer. Así lo hice, y a la mañana siguiente me fui derecho a la Capilla Evangélica y le dije al Pastor: «Padre, yo vengo a consultar en confesión a usted y en confesión quiero recibir su consejo, si le es posible.»
—¿Qué necesitas, hijo mío?
—Necesito que no haya en la localidad pobres, ni llantos, ni lágrimas que no sean enjugadas. Necesito repartir lo que tengo, porque yo, ¿para qué lo quiero? Yo no puedo tener sucesión, como sabe. Yo, con lo que tengo, me sobra y me basta, y me perjudica tener tanta riqueza. Yo quiero que se haga la limosna continua, amplia, pero que jamás, hasta que yo lo mande, se sepa quién hace esta limosna para que la vea Dios que se hace con grandeza y altruismo.
Me dijo: —Dame unos días para meditar y yo os contestaré.
Pasaron aquellos días. Me llamó el Pastor y me dijo:
—Vamos a decir que, como la doctrina Evangélica es mundial, estamos recibiendo unas limosnas de anónimos donantes y que las voy a repartir yo entre los necesitados del pueblo.
Se nombró un secretario, como llamáis vosotros, para que llevara la contabilidad, y en un día festivo que se conmemoraba algo del Maestro Jesús lo hizo saber desde el púlpito a toda la congregación. Se hizo un censo y se empezó a repartir el dinero que tenía en el banco, que se puso a disposición de aquella mini junta administrativa de mis bienes. Como podréis comprender, el pueblo se levantó en gracias a Dios porque ya no había descalzos, ni hambrientos, ni personas que morían porque no podían costear los medicamentos... Las madres daban a luz como Dios manda, no sobre jergones de paja inmundos y antihigiénicos. La asistencia médica cubría a todos los que la necesitaban. Los que jamás venían a la Capilla fueron asiduos asistentes todos los domingos. Hubo que ampliar aquella Iglesia. También se organizaron colectas que aumentaron fabulosamente los fondos. Estos ingresos se dejaron aparte para cuando los míos se agotaran. Efectivamente, a los 25 años se agotó mi fondo, y le dije a! Pastor:
—¿Para qué quiero mi suntuosa casa, cuando yo con una habitación amueblada y confortable tengo bastante?
Se vendió dicha mansión y se repartió el dinero, que duró varios años. Al propio tiempo aumentaba el fondo de las colectas que ya constituía una respetable suma. Cuando me quedaban solamente las tierras, una enfermedad incurable hizo mella en mí. Poco a poco me iba agotando. Mi cuerpo se descomponía, pero mi alma seguía fuerte. Ante el escribano pronuncié mi última voluntad, que fue la siguiente: Que hasta que pasaran tres meses de mi muerte no se abriera el testamento y no se supiera quién había sido el donante «extranjero» que había hecho aquel bien al pueblo. Que mis tierras se repartieran por igual a todos los trabajadores de las mismas, porque ellos habían contribuido a su mejoramiento y a su grandeza productora, y que yo fuera enterrado humildemente en el lugar de mis padres. Todo se cumplió. Cuando pasaron los tres meses, en la misma Capilla Evangélica se dio a conocer que yo había sido el autor de los donativos y de todo lo que se había distribuido. Ya comprenderéis las bendiciones que recibí. Las veía desde el cielo y también veía que todo aquello no me lo merecía, ya que lo único que yo había hecho era repartir en justicia lo que recibí gratuitamente. Os he referido esta existencia mía por si os pudiera servir de lección. Comparar, estudiar, y si creéis que tiene estudio y análisis, hacerlo.
—¿Dónde viviste y cómo te llamaste?
—Tengo mucho interés en que no se sepa cómo me llamé entonces. Sólo os diré la localidad. Se llamaba Tamaica. en el Estado de Tanganica África). Gracias por vuestra atención. Buenas noches.
Extraído del libro "Desde la otra vida"
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