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Nosotros quisiéramos que nos oyeran todos los hombres de la tierra.
-Paz tengamos todos en el nombre del Todopoderoso.
-Así sea.
-Todo lo creado y por crear del Arquitecto grandioso y eterno de la sabiduría infinita, del amor constante, profundo y exacto y todo lo que es en sí la grandeza del Padre es un misterio para todos nosotros. Vamos conociendo poquito a poco Su maravillosa grandeza y vamos adaptándonos gradualmente según nuestras posibilidades y sensibilidad. La vida del hijo de Dios se va purificando y el ambiente en que ahora se desenvuelve tiene mayores probabilidades de triunfo. Al propio tiempo, la esencia maravillosa que constituyen todas las cosas que rodean al hombre se han purificado y se purificarán eternamente.
Yo, hermanos de mi alma, tengo un gran placer, una alegría muy profunda, un estado de ánimo tan completo y grandioso que está mi alma gozosa, en tal proporción y en tal luz, que me encuentro feliz, caso que yo fuera digno de tener alguna felicidad. Desde este púlpito donde se practica la verdad del Espiritismo; desde esta reunión pequeña, pero de proporciones muy grandes por la esencia de las verdades que se proclaman, un puñado de ideas y preceptos, por su contenido, dan la vuelta al mundo como cintas magnetofónicas que no se borran jamás porque han sido grabadas con el sentimiento, la razón, la verdad y la exaltación nobilísima que las almas ponen en las cosas cuando son reales y efectivas en todas sus manifestaciones y en todas sus predicciones.
Nosotros quisiéramos que nos oyeran todos los hombres de la tierra. Quisiéramos saber cómo decirles lo que necesitan, cuánto necesitan y por qué lo necesitan. Por eso, a todos nuestros hermanos, hijos de Dios sin distinción de clases, colores, creencias, posición o mando les haríamos saber: Tenéis un alma eterna, que es la chispa divina destinada en vuestro plano a alcanzar la ciencia, la luz y el amor universal. Para ello no dejéis de escuchar atentamente los dictados de vuestro corazón sin que perdáis una sola sílaba ni desatendáis la intención de su llamada. Oír también vuestra alma, que os reclama abnegación en el destino y cumplimiento exacto de la Ley de Dios.
Leer en vosotros mismos, porque en vuestra mente lleváis impresa la palabra libertad, amor y abnegación. Atender igualmente los dictados de vuestra conciencia. Esa llamada constante de Dios que os dice: Amaos mucho, ser justos, caritativos y prudentes. Daos todos el abrazo universal; ese abrazo eterno que deben darse todos los hijos de Dios, todos los hermanos en Su nombre, en Su Ley y en Su grandeza. En todos los momentos de vuestra vida tener fe. Apoyaos firmemente en ella y no perder un átomo de su grandeza, un momento de su poder, ni un destello de su luz, porque apoyándoos en la fe tendréis todo lo que necesitáis: luz, amor, fortaleza ante todas las adversidades, conocimiento, humildad y tranquilidad de espíritu.
Observar atentamente la quietud admirable de los cielos. Esa obra colosal que constantemente tenéis sobre vuestras cabezas. Allí se condensan todas las ciencias y todas las maravillas habidas y por haber. Allí está la verdad de Dios contra toda negación; la luz sobre toda oscuridad; el amor y la paz sobre las malas acciones, las bajas pasiones y las torcidas intenciones. Contemplar ese espectáculo detenidamente, y cuando os veáis tan pequeños ante tanta perfección y grandeza no desanima-ros, recordar que sois hijos de Dios y que El ha creado todas esas maravillas para que las disfrutéis elevándoos espiritualmente por propio esfuerzo y superación. Andar despacio y correréis mucho; leer poco y asimilar bastante; cuando habléis hacerlo sencilla pero elocuentemente para que por vuestra boca salgan a raudales verdades incontrovertibles que a todos convenzan. No hagáis nada sin pensar en Dios y así El aprobará vuestras decisiones, porque lo más insignificante que hagáis —fijaos bien, hermanos— se convierte en un hecho importante y efectivo a los ojos del Padre. No apaguéis la lámpara iridiscente de vuestras inteligencias, tenerlas siempre encendidas porque aun siendo pequeña la luz de vuestra inteligencia, se reflejará en los cielos como esas grandes lumbreras que os alumbran.
No dejéis detalle pequeño por realizar, que en lo pequeño también está la grandeza del hombre. Los animálculos nos enseñan la vida. Las flores la virtud. Los animales la obediencia, la sumisión y el recato. Todo es magnífico y aleccionador, todo se mueve alrededor del Creador y del engranaje eterno de Su sabiduría. Y si conocéis todo eso, si os observáis unos a otros, si proclamáis el gran Evangelio que Jesús dictó para sus queridos hermanos; si tenéis fe firme, inconmovible, defendida con tesón y sacrificio, si fuese preciso, venceréis, porque la lucha es titánica, pero fácil de superar si sabéis pensar, si sabéis rogar, si sabéis dirigir vuestros pasos y sabéis admitir la grandeza de Dios y la excelsitud que ha puesto ante vosotros en la Creación.
Acostumbraos a ver poco con los ojos del cuerpo y mucho con los ojos del alma, y cuando con los ojos del alma observéis vuestras trayectorias, vuestra historia pasada, las luces que habéis apagado y habéis vuelto a encender, las veces que habéis pecado y habéis redimido el pecado con el esfuerzo, el dolor, la sabiduría y la paciencia, comprenderéis, sin lugar a dudas, que sólo hay un camino para alcanzar la felicidad eterna y verdadera y que ese camino es el que os hemos indicado anteriormente. No quiero molestar más. Mis palabras serían interminables porque a todos os amo mucho y quiero siempre lo mejor, lo más beneficioso y lo más hermoso para toda la humanidad. Saber que os quiero pobres de avaricia y muy ricos en sentimientos; nulos en odio y muy amplios en el amor, porque practicando estas virtudes sostenidas con la fe seréis invencibles y disfrutaréis de vida larga y honesta porque Dios la concede así a los hombres que saben aprovecharla para su pronta redención. Dios con su omnipotencia os bendiga a todos y tengáis la felicidad, el amor y la bendición que os deseo.
Pedir misericordia para vuestro hermano Pío XII.
Extraído del libro "Desde la otra vida"
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