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La oración es el bisturí que extirpa los dolores, sufrimientos y adversidades que padecen los hombres
—Soy un hermano vuestro que quiere para vosotros la bendición de Dios.
—Gracias, hermano.
—Vengo a deciros que la oración es el bisturí divino que extirpa todos los tumores, todos los dolores y todas las enfermedades de los hombres, y el narcótico que hace falta para esa cirugía espiritual es la FE y la ESPERANZA. ¿Me vais comprendiendo?
—Perfectamente, hermano.
—El espíritu, cuando, por ley divina que ignoramos nosotros todavía, pide reencarnar en la tierra o en otros mundos destinados a ello, ha hecho un compromiso espiritual, dictado por su libre albedrío, de lo que tiene que luchar, sufrir, llorar, y a la vez que él lo hace, quienes han de compartirlo con él. Esto, como veis, no es una injusticia; es una justicia divina y una facilidad que Dios les da a sus espíritus para que progresen, porque el progreso, que es indefinido, hay que depurarlo con sufrimientos, dolores, incertidumbres y lágrimas. Por eso el destino es inexorable y la misión no cumplida hay que volver a cumplirla. Y esas leyes tan grandes, esa enorme cantidad de leyes tan divinas, ni vosotros ni nosotros, podemos comprender todavía el alcance de su proyección, pero es bien cierto que Dios ha hecho estas leyes para todos sus hijos, y según el grado de adelanto y luz que tiene el espíritu, así va definiendo y asimilando las leyes que corresponden a su plano. Los grandes mentores que ya han pasado todas esas fases de la vida no necesitan ese acopio de dolor, de incertidumbres ni de lágrimas. El hombre, humanamente, como estáis vosotros, tiene un velo muy tupido para comprender la exactitud de las ya citadas leyes, pero, hermanos amados: El remedio infalible que tienen todos esos males que el hombre engendra por su poca constancia, su poca fe, su poco valor, su poco conocimiento divino y su poca resignación para soportar el dolor y el sufrimiento, es la FE y la ESPERANZA. Quisiéramos poderos explicar —pero no podernos hacerlo— la transformación que experimenta el ser cuando ha cumplido fielmente su cometido, cuando ha dado ya el adiós al mundo de redención o expiación, para ir a otros planos o mundos superiores en luz, sabiduría y amor. Pero los que estáis en la Tierra o como nosotros, ligados a ella, hemos de tener una voluntad sin límites y un conocimiento muy claro de que las cosas no ocurren por el azar, sino que están previstas de antemano para bien de los que las sufren y de los que, por lazos de afinidad, se identifican con ellos. La vida en la Tierra es de una valentía inmensa, porque no sólo sufrís los dolores, sino la terrible incertidumbre que desarma el corazón, la fortaleza de ánimo y daña con mucha frecuencia la santa fe. Todo cuanto os expongo os está causando molestias...
—¡No, hermano, no digas eso; continúa!
—Con mi inútil charla vengo a deciros: Para todo, aunque no lo pidáis, hay siempre una protección divina que está con vosotros. Muchas veces el dolor lo sentís mucho más fuerte. Los remedios no llegan, la incertidumbre campea por sus respetos en todas vuestras voluntades, el ánimo se acobarda, el corazón se contrae, la fortaleza se quiebra y la voluntad se marchita... Pues todas esas adversidades no tienen comparación con los actos en que salís victoriosos, que no los conocéis ni conoceréis hasta que estéis en el plano astral que os corresponde. Pero como hemos dicho que la oración es el bisturí divino, os manifestamos que hagáis un esfuerzo inaudito, que templéis fuertemente vuestra alma, porque, según el temple que tenga, el alma ante las pruebas será o no rechazado el dolor. Y cuando veáis síntomas de que no se han concedido vuestras súplicas ni vuestros deseos, ¡jamás dudéis ni desmayéis! Eso jamás, porque ha de cumplirse exactamente todo lo previsto y si perdéis esa grandiosidad y ese sostén divino que son la FE y LA ESPERANZA, os resultarán insostenibles vuestros dolores y vuestras lágrimas. Los hermanos de acá nunca os dejan, siempre os protegen. Los resultados no son visibles para vosotros, pero estar seguros, sin miedo a equivocaros, que la solución vendrá, que la misericordia de Dios, aunque no lo creáis, no falla nunca y todo llega a su tiempo exactísimo, porque esas Leyes que os rigen y nos rigen a todos son inmutables y ciertamente exactas y divinas. Buenas tardes.
Quedaos con Dios, hermanos.
Extraído del libro "Desde la otra vida"
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