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¡Sí, un tesoro! Y tan difícil de evaluar en su justo valor, que la imaginación más amplia y la inteligencia más lúcida sólo podrán apreciarlo en la superficie. Los reyes de la Tierra dan a sus hijos el nombre de príncipes, y los príncipes dan a sus hijos los títulos de duques, condes y otros. Y lo hacen por causa de las grandes riquezas y títulos nobiliarios que poseen. Pero todos los reyes y príncipes, duques y condes juntos, no poseen las riquezas y los títulos de nuestro Padre, que es Dios. Si juntásemos las riquezas de toda la aristocracia del mundo, nada serían comparándolas con las de nuestro Padre. Y todas ellas fueron creadas para nosotros, sus hijos, que las recibiremos en propiedad y las disfrutaremos eternamente. Los reyes visten a sus príncipes con oro y piedras preciosas, pero nuestro Padre nos vestirá de luz inmortal. Los reyes dan a sus príncipes carruajes fastuosos, para que viajen a través de sus reinos. Y el Padre nos dará alas y medios etéreos, para que viajemos con la rapidez del pensamiento, sin encontrar obstáculos.
Los reyes quieren dar a sus príncipes todas las formas de felicidad, mas no pueden evitar las enfermedades y las incomodidades, que irremisiblemente acompañan a la materia. Nuestro Padre nos dará una condición en la que no habrá enfermedades ni incómodos. Los reyes no pueden evitar el cansancio, el sueño, el frío, ni el calor para sus hijos. Nuestro Padre nos dará una vida en que no tendremos que dormir, ni nos cansaremos, ni sentiremos jamás frío o calor. ¡Ah, mis hermanos, cómo es grande lo que nos aguarda! Eso, sin embargo, por el cumplimiento de las leyes divinas, y no por capricho. Por acto de justicia y por necesidad, pues sin la ley, no existiría orden, sin orden no habría armonía, y sin orden y armonía no habría felicidad. Así pues, para que todos seamos felices, tenemos que ajustamos a la ley, al orden y a la armonía. De esa manera, para donde vayamos, llevaremos orden y armonía, y los que vivan con nosotros llevarán armonía y orden, y todos juntos cumpliremos la ley y todos seremos felices. Sin embargo, para hacer todo eso, tenemos que cumplir la ley, que implica el respeto al que es grande, sublime y justo; implica virtud, caridad, amor, justicia, abnegación. Y como esa ley divina es universal y está demostrada y explicada por el Espiritismo, nos atrevemos a decir: Nosotros, los espíritas, tenemos un tesoro en nuestras manos.
Es preciso acentuar esto, porque ni todos están en condiciones de comprender el Espiritismo y menos aún de practicarlo. No podremos comprender la verdad, mientras no nos despojemos de muchos errores, mientras nuestro amor y nuestra bondad no tengan alcanzado un cierto grado. Nosotros, los espíritas, que todavía no podemos llamarnos de buenos, estamos en el nivel común de las criaturas. ¿Así, ya podemos calcular el número de existencias que hemos tenido que vivir, para llegar a ese nivel? ¡No, mil veces no! Primero, nos dominó el instinto; después las pasiones; luego los vicios, y a través de grandes luchas llegamos a merecer que nos contasen en el gran apostolado de esta época, que se llama Espiritismo. Hemos, sin embargo, de considerar que del instinto, de las pasiones y de los vicios nos quedarán residuos, y aquí está nuestro tesoro, y no podremos poseerlo mientras no sepamos arrancar por la raíz esos residuos, para hacemos finalmente dignos de él.
Así pues, nosotros, los espíritas, llegamos a entrar en el camino que conduce a la realización de todos los progresos, que lleva al espíritu a heredar toda la felicidad. Ese camino es el Espiritismo, que nos saca de todas las dudas, libertad de todos los errores, nos ilumina la inteligencia, nos fortalece el espíritu en la lucha contra todas las preocupaciones. De manera que, si el espírita no es indolente, puede realizar todo cuanto desea para su bien. Y por eso os digo que nosotros, los espíritas, tenemos un tesoro en nuestras manos. La extinción completa de los residuos que nos quedaran de los instintos, de las pasiones y de los vicios es un trabajo de gigante. Y por eso entiendo, que todo espírita debe estudiarse a sí mismo, para llegar a conocerse, cosa que a veces es un poco difícil, mayormente si el instinto del orgullo y de la vanidad predomina en nosotros. Mas pidiendo y estudiando, conseguiremos llegar al conocimiento de nosotros mismos. El espírita debe observar si fácilmente se ofende por cualquier contrariedad o palabra que le mortifique. Si eso acontece, es que el amor propio desmedido, sinónimo de vanidad, está enraizado en su espíritu. Debe entonces dirigir toda su atención en poner en claro esa tendencia o instinto que viene del pasado. Seguidamente, debe someterse a las humillaciones, evitando que éstas lo afecten, prosiguiendo en el ejercicio, hasta aprender a sufrir desprecios y desengaños sin perder la serenidad.
Porque muchos de los desprecios, desengaños, juicios injustos que nos alcanzan, hieren más a nuestro amor propio y nos causan menos daño del que suponemos. Cuando es así, no debemos dudar de que, si nuestro amor propio fuese menor, soportaríamos todo aquello sin un gran resentimiento. No diremos que no existan desengaños que nos hieran a los más humildes, pero sí que debemos soportarlos con resignación, pagando siempre el mal con el bien. La seguridad que el Espiritismo nos da, de que esa especie de sufrimiento acarrea gran progreso para nuestro espíritu, cuando lo sabemos soportar, nos dará la fuerza necesaria. Si el espírita siente que posee alguna pasión o vicio que puede llevarlo a la caída, habrá de ser valiente y, aunque le cueste la vida, tendrá que cortarlos por la raíz. Porque más vale sufrir mucho, para aniquilar un vicio y adquirir una virtud, de que no sufrir nada dando redes a la pasión. Aquí está el trabajo de gigante del espírita, porque, cuando quiere enfrentar el pasado, el espíritu del mal, que va a perder todo el dominio sobre él, se resiste y hace todo para no dejar escapar la presa. Para eso, se vale de todos los medios, hasta mismo de los sueños, para prepararle una nueva emboscada. Pero el espírita que quiere libertarse debe resistir, diciendo en su íntimo: ¡Todo sea por Dios y por la práctica de su Ley! Vale más sufrir, que sucumbir. Antes la muerte de mi cuerpo, que la perturbación y el atraso de mi espíritu. Con esas determinaciones, el espíritu tentador es rechazado, pierde su influencia y el espírita recobra su libertad y triunfa.
En relación a los pequeños defectos y dificultades de la vida, que todos tenemos que enfrentar, mucho vale el ejercicio constante de la virtud, de la abnegación y de la caridad. El espírita no debe ser impertinente, ni tener mal genio, ni ser precipitado, ni murmurar, pero sí, ha de ser paciente, debe saber perdonar las faltas ajenas, ser amable cuanto sea posible, servicial y debe procurar el bien de sus subordinados, ya sea en la familia o en el ámbito de su posición social. Debe pues, crear una aureola de buena influencia y de confianza y respeto; consolar a los que sufren, hasta donde sus fuerzas lo permitan. Así conseguirá revelar ese gran tesoro que tenemos en las manos, dándole realidad. Para conseguir esa vida ascendente de perfección, no podemos olvidar que necesitamos de la protección de los Grandes Espíritus, y que no debemos dudar de ellos, siempre que nos coloquemos en condiciones de recibir sus influencias. Por que, a medida que avanzamos en ese camino, llamamos de manera poderosa la atención de los Buenos Espíritus, que nos aman y se interesan por nosotros, por nuestro progreso y felicidad. Por tanto, podemos contar con su influencia, con su amor. Y si nuestros propósitos fuesen realmente elevados, y los pusiésemos en práctica, entonces ellos se adueñarán de nosotros de tal manera, que nos harán objeto de sus deseos y de su voluntad, beneficiando a la Humanidad, por nuestro intermedio. No dudéis, hermanos, de que a nosotros, espíritas, sólo nos faltan la voluntad y los buenos deseos, para que realicemos maravillas y prodigios.
Encontraréis en el Espiritismo criaturas que, antes de ser espíritas, nadie las conocía, y hoy tienen un nombre universal. Y aunque la Humanidad actual no haga caso de sus escritos y libros, llegará el día en que la Humanidad, ya menos incrédula y más adelantada, buscará esos trabajos y los pondrá en práctica. Y es que esas criaturas constituyen la vanguardia del progreso, porque, en virtud de sus trabajos y anhelos elevados, están inspiradas por el Espíritu de la Verdad, que las induce a la moral y a la ciencia del futuro. Hermanos, mucho podréis hacer, revestidos de buena voluntad. No debéis olvidar que los que fueron contados para este apostolado del Espiritismo son distinguidos por el Alto. Los jóvenes, que en la edad de la inquietud, de las caídas, de las distracciones, se dedican a la propagación y a la práctica del Espiritismo, si perseverasen en ello, llegarán mucho más rápido. Vosotros sois una esperanza para los viejos espíritas, y elementos de un gran valor para los espíritus que trabajan en favor de la Humanidad. Seréis los maestros espíritas del futuro. Sed constantes en la tarea iniciada, sed fuertes, practicad las enseñanzas espíritas, sed buenos discípulos obedientes y respetuosos, que más tarde seréis buenos maestros. Es verdad que en el Espiritismo, humanamente hablando, no existen categorías. Más, espiritualmente, si: ellas son muy conocidas en el Mundo de los Espíritus, e infeliz de aquellos que no sepan respetarlas, pues poco se adelantarán en la existencia terrena, y por más que intenten levantarse, nunca lo lograrán. Harán como los negociantes de géneros, que sin conocerles las clasificaciones, no pueden hacer negocios, pues toman las últimas por las primeras. Así pues, si queréis ser buenos maestros en el futuro, sed ahora buenos discípulos, hasta que la Providencia os llame a desempeñar una más alta misión. Las personas entendidas y virtuosas hacen mucha falta en nuestro medio, para proyectar una luz tan radiante como es la del Espiritismo. Esas personas son muy procuradas y asistidas por los Buenos Espíritus. Así, siendo, cuando llegue vuestra hora de ascender seréis llamados de manera poderosa. Vosotros, sin embargo, podréis preguntarnos: ¿Y cómo conocer esa· hora? Cuando la Providencia quiere que alguna cosa se realice, nada ni nadie lo puede evitar.
Cuando uno de vosotros sea llamado, todo se hará de tal manera, que vosotros mismos no podréis evitarlo, a menos que queráis huir a todos los deberes, precipitándose en un abismo. Por mi parte, quiero deciros, que empero poco tenga sido en el Espiritismo, cuando la Providencia quiso llamarme para el insignificante puesto que ocupo hace treinta y dos años, primeramente me quitó la salud y la alegría. Y cuando yo ya me consideraba verdaderamente perdido y desgraciado, entonces me presentaron el Espiritismo, y no pude esquivarme de verlo y practicarlo. Porque era, entonces, mi única salvación. Y cuando me instruí lo suficiente para dirigir y orientar en aquellos tiempos la propaganda del Espiritismo en Tarrasa, repentinamente falleció Joaquín Rovira Pradera, antiguo e ilustrado espírita. Entonces, no pude evitar que la Presidencia del Centro Fraternidad Humana viniese a parar a mis manos, y nunca ejercí por derecho, mas apenas de hecho. Digo esto porque, siempre que fue necesario presentarme como tal, pedí a alguno de mis hermanos, por cierto muy dignos, para que se presentase en mi lugar. Cuanto a la propaganda, siempre ocupé el puesto que me correspondía. Así, cuando veáis señales y acontecimientos extraordinarios, que no podéis evitar, aunque ellos os contraríen y perjudiquen, y tengáis delante de vosotros la llamada del Espiritismo para que entréis a su servicio, aceptarlo con gusto. No miréis para atrás, ni para aquello que os perjudica, porque a veces, al comenzar el desempeño de tan útil misión, se hace presente la cruz, pues ha de cargarla quien tenga la misión de enseñar y conducir a sus hermanos. Porque ya sabemos cual es la condición humana: sacrificar a los que nos benefician, y empero los espíritas se tengan adelantado un poco sobre el común de las criaturas, sabemos que todavía guardamos resquicios del pasado y tenemos que luchar. Cuando, jóvenes de hoy, seáis llamados a desempeñar cargos de pequeños mentores, recordaros, que llegó la hora de la abnegación, del sacrificio y de la humildad, y que debéis poseer esas virtudes en grado máximo. Nada de ofenderos por lo que os hagan de malo.
Vuestra paciencia ha de ser a toda prueba, y la única práctica posible es la de pagar el mal con el bien. ¿Qué importan todos los sacrificios hechos, aunque os los paguen mal y os calumnien, diciendo de vosotros todo lo malo posible? Hay un gran Maestro que es el guía de todos los que enseñan y practican sus leyes. A ese ejemplo deberéis dirigir toda vuestra voluntad. Y, si lo seguís, Él se encargará de defenderos, y aquellas angustias de los que todavía no aprendieran la gratitud y que os harán sufrir, os llevarán a la felicidad futura. No os aflijáis nunca por las angustias que os puedan causar: bendecirlas. Yo bendigo la lengua que me quiso herir, durante el ejercicio de mi cargo. Yo bendigo todas las pruebas que, en el transcurso de tantos años, me hicieron pasar. Benditas sean, mil veces, pues si algunas sufrí sin motivo, no perderé la recompensa. Esos sufrimientos son recompensados grandemente en el Reino de Dios. Todo el tiempo que se pasa en la Tierra, y que no sirve para el adelantamiento de nuestro espíritu, es tiempo perdido. ¡Animaros, pues, Juventud Espírita! Aprender bastante en el camino de la virtud y de los conocimientos y prácticas espíritas, ya que necesitamos de muchos maestros para el futuro. Aprended de vuestros maestros de ahora, y así, ese tesoro que tenéis en las manos, y que se llama Espiritismo, os revestirá de esplendores eternos en el Reino de Dios. Por fin, yo, el más insignificante, el menos apto y el menos autorizado, me atrevo a daros un consejo: Todo cuanto tenéis, sois y poseéis, se lo debéis a Dios, el Padre infalible y universal, autor de toda la Creación. Portaros, pues, como buenos hijos.
Recordaros que, cuando erais pequeños, Él os dio el encanto de la selva virgen; cuando ya un poco más iniciados en los conocimientos humanos, os puso en sociedad, para que desarrollaseis las afecciones de vuestra alma, en ella encontrando amigos, esposa e hijos; y hoy, que ya estáis aptos a conocer un principio de verdad, os llamó para este apostolado del Espiritismo. Amarlo, pues, amarlo más que a vosotros mismos, más que a vuestras esposas y a vuestros hijos; adorarlo en la Creación, ya que tantas grandezas creó, para que sean, cuando las alcancéis, vuestra paz y vuestra eterna felicidad. El Padre está en toda parte, sabe lo que pensáis, os ve y os ama. Sed constantes admiradores de Él y adorarlo muchas veces al día, ya que Él os oye y sabe lo que pedís y lo que deseáis. Así como tanto os dio cuando nada le pedisteis, y no teníais fe ni esperanza en Él, hoy, que lo amáis y le pedís, os dará todo cuanto sea justo y conveniente. Acordaros que el mayor de los hermanos, que es el Maestro Sublime, el Señor de los Señores, antes que vosotros le conocieseis, antes que le dieseis atención cuando estábamos todos perdidos en veleidades y caprichos, dejó la Morada de la Luz, alejóse de la felicidad y descendió para sufrir la brutalidad humana. En tanto estábamos entregados al libertinaje, Él sufrió cruentos martirios, sin pronunciar una queja, sin decir una palabra, dándonos ejemplo de caridad, de indulgencia, de perdón, de amor y de sacrificio. Nada de eso llamó nuestra atención en aquella época. Hoy, sin embargo, es el ejemplo en que mantenemos fijos nuestros ojos y nuestra atención, porque es el único camino que nos conducirá a la conquista de nuestra felicidad. Cuando seáis pequeños maestros, tomad por Maestro al Señor. Seguirlo y amarlo mucho, porque sin abnegación y sacrificio no podréis entrar en el Reino de Dios. Y, cuando lleguen las horas de las grandes pruebas, si lo tomáis por Maestro, no quedaréis huérfanos de su protección.
Él vino bien antes, para preparar a los que debían pasar por el sacrificio. Vino antes, para que, al llegar la hora del Calvario para cada uno de nosotros, pudiésemos verlo a nuestra frente con su cruz, su corona de espinas, sus carnes flageladas. Y después permaneció, para guiamos en el camino. No lo dudéis, jóvenes espíritas, el Señor paira por encima del apostolado espírita y se sirve de todos los que aman y practican la ley con justicia. ¿Ah, Señor, cuándo los hombres os conocerán? ¿Cuándo se acordarán que Aquel que dio la propia vida por enseñarles el camino no puede abandonarlos? ¿Cuándo comprenderán que vuestra humildad y vuestro amor son superiores a vuestra grandeza? ¿Cuándo comprenderán que, a medida que avanzan, los espíritus más se aproximan de Vos, y que cada espíritu que alcanza la felicidad eterna es un premio para Vos, que nos enseñaste el camino? ¡Gracias os doy, Señor mío, porque me distes a comprender cuánto nos amáis! ¡Gracias, Maestro, que, compadecido de mi pequeñez, me distes aliento! Mi vida os pertenece, pues nunca podré pagaros toda la solicitud, tanto amor y el bien que me hicisteis. Vuestra humildad no tiene límites, y aquel que os ama y se esfuerza por practicar vuestra ley jamás lo dejáis desalentar. Tanto entráis en la cabaña del campesino como en el palacio del potentado. No hacéis la acepción de personas, más apenas de virtudes. Allí, Señor, donde el amor, la virtud y la caridad tienen su morada, allí está vuestra morada, allí atendéis, dando coraje, esperanza y paz de espíritu. ¡Confiemos en Él, Juventud Espírita, y no desmayemos en el camino! Adoremos al Padre por su grandeza, y amemos al Señor por su gran amor.
Miguel Vives Extraído del libro "El Tesoro de los Espíritas"
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