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El espírita y la humanidad PDF Imprimir E-mail
Miguel Vivies
Escrito por Administrador   
Domingo, 20 de Septiembre de 2009 16:24

Dice el Señor: «Vos sois la sal de la tierra; si la sal pierde su sabor, ¿con qué se ha de salgar?» Y fue como si dijese: que sois la luz del mundo; si la luz pierde su claridad, ¿con qué se iluminará? Todo espírita que hace profesión pública de su creencia no debe jamás olvidarse de que, por donde pasa, donde va y allí donde frecuenta está siendo observado y estudiado».

Porque nos observan y estudian, para ver como obramos nosotros, los espíritas, pues saben que nuestra manera de pensar es muy diferente de la manera de los que no siguen las ideas nuestras. De forma que debemos tener bien presente aquellas palabras de un gran espíritu: «Prudencia en el pensar, prudencia en el hablar, prudencia en el obrar». Porque, si nos olvidamos de las reglas que el espiritismo nos prescribe, alguna de las cuales están anotadas en los capítulos anteriores, podemos caer en ridículo, por no estar nuestros actos de acuerdo con la moral que el mundo espera de nosotros.

Esa moral, cuando bien practicada, es el mejor medio de propagar y exaltar nuestros principios. De manera que una actitud correcta y llena de dulzura tiene gran poder de atracción, y podemos conquistar con ella la simpatía de muchos, haciéndonos agradables por nuestro trato. Nuestras maneras y costumbres son el primer instrumento que todo espírita debe usar en la propaganda doctrinaria. Primero, obrar; después, hablar. A no ser que la necesidad y las circunstancias nos obliguen a hablar primero. Cuando así tengamos que hacer, debemos ser muy prudentes y humildes, dando pruebas de una buena educación. Sin embargo, siempre que sea posible, debemos obrar primero. Vale más que nos conozcan primero por nuestras obras, que por nuestras palabras. Así cuando llegue nuestra hora de hablar, nos escucharán con más respeto y seremos mejor atendidos. Evitemos entrar en la propaganda de nuestras ideas, aguardando la ocasión oportuna.

Comencemos entonces por demostrar lo que es la moral del Espiritismo, cuáles sus tendencias y sus fines, que son tornar los hombres mejores, conquistar la paz para la Humanidad y revelar un porvenir más feliz que aquel que nos espera en la Tierra. Sólo debemos entrar en la explicación de los fenómenos espíritas, cuando las personas a quienes hablamos ya tengan aceptado la moral, comprendiendo algo de su sublimidad. En esos casos en que podamos hablar de los fenómenos, debemos explicar aquellos que pueden ser mejor comprendidos, de acuerdo con el alcance de nuestros oyentes. Hemos oído, a veces, algunos espíritas exponer fenómenos entre personas extrañas a la doctrina, dando explicaciones de hechos que están muy fuera del alcance de los oyentes. Eso, casi siempre, resulta en burla o en una mayor incredulidad, porque el espírita es luego considerado como fanático, perdiendo así toda influencia moral sobre esas personas. Por eso, la propaganda moral es casi siempre bien recibida, y más aún si el espírita que la propaga sabe portarse de manera correcta, lo que es muy fácil para todo espírita estudioso, que esté bien compenetrado con lo que el Espiritismo le prescribe. No se debe olvidar que uno de los primeros mandamientos de la ley es: Amarás al prójimo como a ti mismo. Si bien que sea muy difícil practicar este mandamiento al pie de la letra, no es menos verdad que los espíritas están obligados a practicar la caridad con sus hermanos de creencia.

Ora, si entre nosotros debemos ser indulgentes, benévolos, y debemos de ayudar, cerrar los ojos y hasta perdonar, no hemos de hacer menos por la Humanidad. Los no espíritas empéñanse a veces en cuestiones, altercados, disputas, riñas y no raramente se maltratan. Debemos huir enteramente de todo eso. Si con buenas maneras podemos colocar las cosas en sus lugares, es así que debemos hacer. Mas, si para tanto debemos apartamos de las reglas prescritas, es preferible callar, buscando la mejor manera de salirnos de la dificultad. Y si, a pesar de ello, de nuestra prudencia y de nuestro amor, no pudiéramos librarnos, debemos sufrir con paciencia las iras de la ignorancia y de la mala fe. Debemos perdonar sin reservas, del fondo de nuestra alma, y pagar el mal con el bien, siempre que sea posible. Por eso, no podemos olvidar la figura del Maestro y Señor. Él es el modelo, la verdad y la vida. ¿Qué dijo Él cuando lo insultaban, apostrofaban, maltrataban y escupían? Nada. Bajaba los ojos y perdonaba en su corazón. ¿Pues si Él, que era tan elevado y tanto podía, hizo exactamente como enseñó, haremos nosotros lo contrario? ¡Desgraciado del espírita que tiene la oportunidad de devolver el bien como pago del mal y no lo hace! ¡Desgraciado del espírita que puede perdonar y no perdona! Pues días vendrán en que exclamará, «¿De qué me sirvió saber lo que sabía, y de haberme llamado espírita? ¡Más me valiera nada saber, para no arcar con tamaña responsabilidad!».

Hay espíritas que, guiados por su ardiente caridad, se dedican a curar enfermos por medios magnéticos, sea con agua sea con pases. Cuando a estas prácticas no se mezclan segundas intenciones, existiendo apenas un amor ardiente por los enfermos y el deseo puro de hacer el bien, con entusiástica fe en el Padre, pueden alcanzarse buenos resultados. Entre tanto, se debe de considerar que, si el espírita debe usar de prudencia en todos los casos, mucho más deberá usarla cuando pretende dar salud a los enfermos. Debe él llevar una vida muy pura, exenta de faltas y defectos que puedan retirarle la buena protección, por que, de lo contrario, en lugar de hacer bien a los enfermos, les hará mal, perjudicándolos. Aquel que desea aliviar o curar a la Humanidad doliente, aunque sea en el ámbito de sus relaciones particulares, debe llevar una vida de santidad. Llamémosla así, para distinguir mejor al que la practica, tanto más si el espírita que cura no es dotado de conocimientos médicos o de otra ciencia que lo autorice a tanto. Los que, sin embargo, sólo lo hacen por amor a la Humanidad, deben despojarse de todo lo que pueda empañar el brillo de sus espíritus, para que su periespíritu y su cuerpo puedan transmitir los buenos fluidos. De manera que deben aplicarse constantemente, la siguiente máxima: «Si quieres curar a los demás, cura primero tu cuerpo y tu alma, pues, de lo contrario, ¿cómo curarás a los otros, si estás enfermo?».

Claro que deben ser observadas las costumbres y las maneras que atrás señalábamos, absteniéndose de hacer a los enfermos promesas que no pueden ser cumplidas. Pues el que se dedica a prácticas tan elevadas nunca debe confiar en sus propias fuerzas, más contar apenas con su buen deseo, su buena voluntad y, sobre todo con la ayuda de Dios y de los Buenos Espíritus, procurando tener fe en Aquel que curó a los ciegos, los paralíticos y resucitó los muertos. Así haciendo, mucho podrá esperar del Todopoderoso, y su misión será un consuelo para los que sufren y lloran. (5) Mas no debe olvidar que precisa dar de gracia lo que recibe de gracia, porque es muy perjudicial y antiespírita hacer de la protección del Alto una profesión lucrativa. Es bueno hacer la caridad, pero es muy malo explotarla.

En Resumen: La Humanidad gime, llora, se desespera, por lo mucho que sufre; el egoísmo todo consume; las víctimas de la maldad se suceden sin parar; las religiones se desviaron del camino; los hombres de bien, intermediarios entre la Humanidad y la Providencia, son escasos; los espíritas están encargados de traer la luz, ya que saben por qué la Humanidad sufre, por qué llora, por qué se desespera; sacrifiquémonos, pues, para poder explicarle la causa de sus sufrimientos, de sus lágrimas, de su desesperación; procedamos de mas. El espírita que mucho quiere hacer por sus semejantes no debe perder de vista al Señor cuando lo azotaban atado al pilar, cuando lo coronaban de espinas, cuando cargaba la cruz, cuando consumaba su sacrificio, para saber imitarle en sus actos de amor por la Humanidad de abnegación y de sacrificio. «Vos sois la sal de la tierra; si la sal pierde su sabor, ¿con qué se ha de salgar?». Era a demostrar que el dolor depura, eleva, santifica, exalta, y así cumpliremos nuestra misión.

5. En el original hay esa maravillosa expresión: «su misión será un paño de lágrimas». que traducimos apenas por: será un consuelo. Que no se pierda la imagen original (N. del T.).

Miguel Vives
Extraído del libro "El Tesoro de los Espíritas"