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Los Centros Espíritas deben ser la Cátedra del Espíritu de la Verdad. Porque, si no sirven al espíritu de luz, sufrirán la influencia del espíritu de las tinieblas. Y desgraciados de aquellos espíritas que estuvieran bajo esa influencia, pues, poco, bien poco, podrán avanzar en su evolución. Se ven algunos Centros Espiritas caer en la práctica de graves aberraciones, por falta de buen sentido y por no adoptar medidas adecuadas a las circunstancias.
Son dominados por influencias perversas, contrayendo tremendas responsabilidades, en vez de progresar y perfeccionarse. Las iglesias cristianas dicen que su púlpito es la cátedra del Espíritu Santo. Sabemos, sin embargo, que no hay santos, en el verdadero sentido de la palabra, mas apenas espíritus más o menos adelantados, más o menos perfectos y puros, y que el Espíritu de la verdad puede, en dadas circunstancias, inspirar a un político, a un sacerdote, a un cientista, sean cuales sean sus creencias, según la importancia del asunto que estén tratando.
Pero eso, no es por cualquier especie de privilegio, sino porque es ése el medio de que la Providencia se vale para hacer que la Humanidad progrese, la manera de que se vale el Altísimo, para producir las mudanzas necesarias a la regeneración humana. Por tanto, nunca se podrá atribuir a ninguna escuela, ni religiosa, ni política, ni social, la asistencia exclusiva del Espíritu de la Verdad. Digo, sin embargo, que los Centros Espíritas deben ser la Cátedra del Espíritu de la Verdad. Y lo digo porque, en los Centros Espíritas, realizamos sesiones mediúmnicas, y en éstas, como todos sabemos, se reciben comunicaciones que son inspiradas a los médiums o a ellos transmitidas por los espíritus. Ora, si estos espíritus no son de la Verdad, ¿qué será de los que se dejan orientar por espíritus de la Mentira?
No podemos olvidar que las comunicaciones son escuchadas con la máxima atención, y que la mayoría de los presentes a las sesiones dan mucha más importancia y prestan más atención que a las exhortaciones de los espíritas más entendidos. Así, si las comunicaciones son inspiradas por el Espíritu de la Verdad justificase y es de mucho provecho la atención que le dispensan; mas, si el comunicante es un espíritu voluble o mistificador, no hay duda de que la influencia ejercida sobre los presentes será perjudicial. Por eso hemos de preocupamos, con ahínco, para que en los Centros Espíritas sea el Espíritu de la Verdad quien predomine y exhorte durante las sesiones. Y como no hay lugar ni fórmula para atraer los espíritus de luz, es necesario observar algunas reglas, para atraerlos y hacerles agradable la permanencia en las reuniones. Entiendo que, para eso, los Centros Espíritas deben ser casas de amor, de caridad, de indulgencia, de perdón, de humildad, de abnegación, de virtud, de bondad y de justicia, a fin de que puedan atraer a los Buenos Espíritus.
El presidente o director de un Centro Espírita debe ser, en todo, un ejemplo. Porque, si cabe a todos los que constituyen el Centro procurar seguir una conducta modelar, más aún le compete al que dirige y enseña. Éste debe ser paciente al máximo, nunca debe precipitarse, no puede dejarse arrastrar por influencias tendenciosas, sin tomar en consideración el interés de todos. Si es posible, debe estudiar, observando las debidas reglas de prudencia, el carácter y las tendencias de cada uno de los hermanos que se encuentran bajo su dirección, para instruir y dirigir a cada uno de acuerdo con las necesidades de su carácter y de su manera de ser. El dirigente nunca debe olvidar que se encuentra revestido de un encargo, que, empero, nada signifique entre los hombres, es de gran importancia ante Dios. Así, si por descuido o falta de previsión, o por falta de amor y caridad, permitir deficiencias o maneras que puedan perjudicar moralmente a los otros, será altamente responsable.
No debe olvidar que la dirección de sus hermanos constituye un depósito sagrado, que un día le rendirá grandes beneficios, si bien haberlo cumplido, mas lo cargará de grandes responsabilidades, sino proceder como debe. Por eso, todo director o presidente debe vivir siempre apercibido de sus deberes, manteniendo su pensamiento bien elevado, practicando la oración mental y teniendo siempre en mente las leyes divinas del Evangelio. Debe recordar la abnegación, el sacrificio y el amor del Señor y Maestro, para en todas las circunstancias tener presente la manera espírita de proceder. Así, los que lo siguen tendrán motivos de admirarlo, jamás de censurarlo. Porque, en su Centro, él debe ser la luz, el encargado por la Providencia para dirigir a los otros. Debe ser el guía espiritual visible del que los hermanos disponen para su dirección, instrucción y consuelo en la presente existencia. Debe ser, en fin, el que puede librarlos de las caídas, preocupaciones y tinieblas de la Tierra.
Con su dulzura, su amor y su palabra persuasiva, siempre mansa y tolerante, debe el dirigente corregir todo aquello que pueda ser causa de atracción para el espíritu de las tinieblas de manera que éste no encuentre medios de interferir en las enseñanzas y exhortaciones que se reciben en el Centro. Debe evitar que se converse en el recinto sobre ligerezas y mucho menos sobre cuestiones que puedan redundar en críticas o murmuraciones a respecto de personas ausentes. No debe de olvidar que la caridad y el amor al prójimo nos obligan solamente a tratar de los ausentes para bendecirlos y, cuando las circunstancias nos obligan a lo contrario, debemos tratarlos como a personas a las que mucho amamos y que se desviaron. Es obligación del dirigente hacer que los frecuentadores de la sesión estén conscientes del acto que van a realizar, a fin de evitar que las malas influencias impidan la recepción de las instrucciones del Espíritu de la Verdad. Por su parte, los hermanos que frecuentan y constituyen el Centro deben respetar y obedecer a aquel que Dios les dio para guía y consuelo, pues es una gran cosa encontrar en la Tierra quien nos encamine para el Padre, advirtiéndonos de los escollos de la vida y evitándonos las caídas, que tan caras nos salen en el futuro.
Esa obediencia y ese respeto, entretanto, no deben de ser de naturaleza fanática y ciega, pero sí el resultado natural de la conducta y de las acciones practicadas por aquel que se esfuerza para servirles de ejemplo. El hombre no debe, de manera alguna, abdicar de la razón y del derecho del libre examen, pero debe ser respetuoso para con aquel que trabaja a favor de su perfeccionamiento, y suficientemente tolerante para comprender que nadie es infalible. Así, al notar deficiencias o descuidos de parte del dirigente, nunca debe entregarse a la murmuración y a la crítica, mas ha de recurrir a la prudencia, para saber lo que le conviene revelar y lo que precisa ser corregido. Si fuese necesario recurrir a la exhortación o a la advertencia, es mejor antes de hacerlo, consultar los hermanos de mayor criterio, prudencia y caridad. Caso la exhortación del dirigente a corregirse sea necesaria, conviene buscar la ocasión oportuna y la manera propia de hacerla, con tacto y prudencia, no olvidándose los servicios y esfuerzos realizados por el dirigente en sus trabajos.
En el Centro en que así se proceda, estamos seguros de que el Espíritu de la Verdad se manifestará en las sesiones, y los hermanos participantes progresarán, preparándose para un buen futuro. Algunas veces escuchamos de hermanos: «¡Qué suerte la mía, por haber conocido el Espiritismo!» Respondemos: «Es realmente una gran ventaja, para bien emplear el tiempo en nuestra actual existencia, mas ese conocimiento nos trae también grandes deberes que cumplir. Nosotros, los espíritas, no podemos vivir como el común de los mortales. Tenemos que combatir nuestros defectos, adquirir virtudes, vivir vigilantes. Tenemos que ser la luz y el ejemplo, para que los hombres admiren al Padre y se conviertan, entrando en la vía de purificación». La luz, la paz, el consuelo y la confianza en el futuro, que el Espiritismo nos da, son el quiñón agradable y confortable que él nos proporciona. Pero la corrección que hemos de hacer en nosotros mismos (pues nadie es perfecto), el combate a los defectos, el abandono de las futilidades y el perfeccionamiento de las virtudes y de la humildad, nos obligan a una auto-observación y a un trabajo constante. Porque, si nos extasiamos con las ventajas que el Espiritismo nos ofrece, olvidándoos de las obligaciones que él nos acarrea, que será de nosotros? Prescribimos algunas reglas y maneras de proceder, para los presidentes y directores de Centros Espiritas. Entretanto, nos preguntamos a nosotros mismo: ¿Y tú, que durante tantos años tienes exhortado y enseñado, cumpliste esas reglas? ¿Fuiste tolerante, amoroso caritativo y humilde como deberías ser? ¿Fuiste siempre oportuno, discreto y abnegado, como aconsejas? Dudamos. No obstante, no nos cabe negar ni afirmar, en este caso. Los hermanos, que por tantos años nos tienen observado y seguido, son los que nos pueden juzgar. ¡Por nuestra parte, creemos que no nos faltaron deficiencias, conocemos nuestros defectos!
Sabemos que casi nunca estuvimos a la altura del encargo. Mas pedimos perdón a los hermanos, pedimos que no nos sigan en nuestros errores, y más aún, que continúen a observarnos, y en aquello que nos vean fallar, sin caridad e incorrecto, sin el necesario sentido de humildad y de justicia, que nos exhorten a la corrección, que nos avisen. Pero que lo hagan también con caridad, no olvidando que los amamos y deseamos ser amados por ellos. Que nos hablen igual que la madre sabe hablar al hijo, que de nuestra parte haremos lo mismo. Y si acaso no atendemos enseguida a sus advertencias, cosa que puede suceder, por causa de nuestras imperfecciones, que no se cansen por eso. Harán así, una verdadera obra de caridad. ¿Podemos, acaso, juzgarnos a nosotros mismos? ¿Podemos creer que todo lo que hacemos es bueno? Pues para convencernos de eso precisamos de vuestro enjuiciamiento, de vuestra opinión. Pero suplicamos, hermanos: ser amables y benévolos con nosotros, como hemos sido con vosotros, que esa es la verdadera caridad.
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Habré cumplido fielmente mi misión? ¿Habré sido para mis hermanos aquello que debería ser? ¿Habré sido suficientemente grato a los beneficios que Vos, Padre mío, me habéis concedido? Cuando me acuerdo de los días de mi incredulidad, cuando recuerdo aquellas noches pasadas entre el sufrimiento y la soledad, perdida toda la esperanza, perdidos todos los seres queridos, y comparo los días esperanzosos, rodeado de verdades y consolaciones, que hoy me dan aquellos mismos que yo consideraba perdidos; cuando comparo los bienes inmensos y consoladores que encontré por medio del Espiritismo, mi amor se eleva hasta Vos, Padre mío, y comprendo que todos los sacrificios y trabajos realizados por mí, en favor de mis hermanos, son bien poca cosa comparados a los bienes que de Vos recibí. Por eso, con toda mi alma os pido el perdón de mis deficiencias, de las faltas que, sin duda, habré cometido, de la falta de abnegación que ciertamente tuve, de mi poca humildad y de la falta de caridad hacia mis hermanos.Y os pido luz, mucha luz, para que, en el poco tiempo que todavía me resta en la Tierra, pueda reparar mis faltas y corregirme de mis deficiencias, de mis imperfecciones, a fin de que, en el cumplimiento de mi insignificante misión, pueda aún demostraros mi agradecimiento y mi amor. ¡Y en los días malos que tengan que venir, haced, Padre mío, mi Bien Supremo, Grandeza Infinita, que yo pueda recordar el gran ejemplo del Divino Maestro, del Señor de los Señores, del puro e inmaculado Jesús! ¡Ah, qué dichoso seré, si en los días de prueba, sepa recordarlo y amarlo! ¡Qué feliz seré si en los días de angustia puedo evocarlo, coronado de espinos, subiendo la cuesta del Calvario al peso de la Cruz! ¡Qué ventura tendré, Señor mío, si en los momentos de dolor sé hacer como Él, sufrir sin acusar a nadie, con serenidad y calma, siguiendo el ejemplo de la crucifixión! ¡Dadme, Señor, la plena conciencia de la importancia que tiene, para mi progreso, el saber sufrir bien! ¡Dadme, Señor mío, Amor Supremo de Mi Alma, la verdadera conciencia, el verdadero conocimiento de lo que significa el ejemplo que nos enviaste, para nuestro bien, para el alivio de nuestras aflicciones! ¡Dadme la verdadera comprensión de aquello que puedo alcanzar, si soy paciente, sumiso, abnegado, caritativo.
No para conquistar méritos, mas para alcanzar la tranquilidad de mi espíritu, que ansía por aquello que no encuentra en la Tierra, aspira a lo que aquí no existe. Mi espíritu desea el amor de verdad, la fraternidad-verdad, la indulgencia-verdad, y comprendo que, para encontrar todo eso, no puedo procurar en la Tierra, más en otras moradas. ¡Es por todo eso, Señor de mi alma, que os pido luz, amor, paciencia, virtudes, para que, llegándome la hora de partir, yo pueda ir a morar entre los que saben amar y tolerar, perdonándose y siguiendo el camino que nos habéis trazado, camino que nos lleva a las Moradas de Felicidad! Hermanos: todos vosotros que dirigís y que escucháis y aprendéis, los que tenéis la misión de exhortar y los que seguís las instrucciones del Espacio y de la Tierra, amaros mucho, toleraros recíprocamente, corregiros con indulgencia. Cifrar vuestras esperanzas en la vida futura. Sed abnegados y caritativos, moral y materialmente, hasta donde lo permitan vuestras fuerzas. Y no dudéis de que juntando a todo esto un gran respeto y admiración por el Padre, hasta donde pueda llegar vuestra admiración, el Espíritu de la Verdad sentará cátedra en vuestros Centros y os enseñará a seguir, prácticamente, a Aquel que Dios nos dio por modelo. Sabéis, hermanos, según sus propias palabras, que Él es el camino, la verdad y la vida, y os enseñará a hacer de los Centros Espíritas un edén de felicidad. Reinará entre vosotros la paz de los justos, pues sentiremos ya entre nosotros el preludio de la paz que ha de venir. Nuestra misión se cumplirá tranquila en la Tierra, y comunicaremos nuestra paz y nuestra esperanza a muchos. Seremos la luz del mundo, inspirados y educados por el Espíritu de la Verdad. (8)
(8.) Miguel Vives se refiere al Espíritu de la Verdad genéricamente, considerando todos los Buenos Espíritus como pertenecientes a esa Falange de entidades que luchan por la regeneración de la Tierra. Sabemos que el guía de Kardec le dio el nombre de Espíritu de la Verdad, y que más tarde, según podemos observar en «Obras Póstumas», los Espíritus que auxiliaban al Codificador revelaran estar bajo la dirección de aquel Espíritu. La posición de Vives es típicamente espírita: todas las buenas inspiraciones y comunicaciones nos llegan a través del Espíritu de la Verdad, que preside al movimiento espírita en la Tierra, y que no es apenas el Espíritu director de la Falange, más la propia Falange. Cada espíritu verdadero, y por tanto elevado, es portador de un mensaje del Espíritu de la Verdad. (N. del T.)
Miguel Vives Extraído del libro"El Tesoro de los Espíritas"
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