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El Espiritismo es la política del amor. Ligando los hombres entre sí, en la Tierra, y los hombres con los espíritus, entre la Tierra y el Espacio, él realiza la mayor y más bella política de todos los tiempos, para la buena administración de las riquezas públicas del espíritu. Mas, siempre que posible, el espírita puede y debe dar, a la política del mundo, la ayuda divina de la política del cielo.
La palabra política viene del griego polis, que quiere decir ciudad, y significa el arte de gobernar y administrar la ciudad. Como sabemos, las ciudades griegas eran Estados. Así, política es el arte de gobernar el Estado y administrar las riquezas públicas. ¿Puede el espírita quedar ajeno a un problema como ése, que afecta a toda la colectividad? No. El propio Espiritismo, como dijimos arriba, es una política superior, aplicada no apenas a la ciudad del mundo, mas también a la ciudad celeste y a las relaciones entre las dos ciudades.
El espírita, por tanto, es político, en el buen y exacto sentido de la palabra. Pero su política no es ni puede ser hecha de intrigas, de golpes, de negativas, de maniobras. Sólo puede ser hecha de amor, comprensión, fraternidad y luz. Por eso, los espíritas, en general, son extraños a la política del mundo. Detestan el ambiente de mezquindad interesada en que se procesan las maniobras políticas. Y no admiten que el Espiritismo sea envuelto en la política, con lo que hacen muy bien. Los pocos espíritas que se vuelven políticos mundanos, si son realmente sinceros y firmes en su fe, enfrentan duras dificultades y terribles sufrimientos. Porque no puede un espírita sincero respirar con naturalidad en el ambiente pesado y malsano de la política mundana. Los que se adaptan a ese ambiente son dignos de piedad, pues sacrifican la más bella oportunidad de perfeccionamiento espiritual que Dios les concede, en torno del plato de lentejas de los intereses mundanos. Brevemente pasa la vida presente de esos hermanos, pues breve es nuestra vida en la Tierra, y al entrar en la vida espiritual, ellos van a lamentar el tiempo perdido y la oportunidad desperdiciada. Bien dice Cristo: «Mi reino aún no es de este mundo». Porque un día lo será. Cuando pase esta época de transición, y la Humanidad entre en la fase de regeneración de que nos hablan El Libro de los Espíritus y El Evangelio según el Espiritismo, el Reino de Cristo comenzará afirmarse entre los hombres. Una humanidad que se regenera está a camino del Cielo. Las leyes mundanas comenzarán a modificarse, influenciadas por las leyes divinas. Kardec estudia ese problema con la ayuda de los Espíritus, al tratar de la influencia del Espiritismo en la legislación del mundo. Cuando eso acontece, los espíritas no más precisarán abstenerse de la política, más por el contrario, deberán integrarse en ella, para auxiliarla a evolucionar más rápidamente. Hasta ese momento, sin embargo, todavía hay mucho tiempo a correr. Y los espíritas deberán, por muchos años aún, mantenerse de atalaya cuanto a las fascinaciones y los peligros de la política. Deben poner, sobre todo, el mayor cuidado en evitar las infiltraciones políticas en las sociedades espíritas, particularmente en los Centros Espíritas, que deben ser casas de oración y de paz de amor y fraternidad ¿ Cómo conciliar esas luces celestes con los odios, las intrigas, las disputas mezquinas de la política? Actualmente, los Centros Espíritas que se dejan llevar por la política están prefiriendo César a Dios. Están, en verdad, desvirtuando sus funciones, desviándose de los caminos arduos del espíritu y sumergiendo en el camino ancho y fácil de las comodidades materiales. Infelices de los hermanos que no perciben eso y se dejan fascinar por las facilidades ilusorias de la política mundana. Bien caro pagarán en la vida espiritual. El argumento principal de los espíritas fascinados por la política es el de que no podemos entregar a los malos la dirección de la vida pública. ¿Más, quién les dio el derecho de juzgarse mejor que los otros? El simple hecho de que hayan aceptado el Espiritismo no les concede ese derecho. El Espiritismo es el remedio para los males del mundo. ¿Cuántas veces nosotros, los espíritas, nada más somos de que las partes enfermas del mundo, sometidas a la meditación del Espiritismo? El espírita debe ser suficientemente humilde para no creerse capaz de reformar el mundo y transformar la sociedad, simplemente por su participación en la vida política. Si no lo es, estará sujeto a muchos engaños, y principalmente estará expuesto a la influencia mistificadora de espíritus perversos que se aprovechan siempre de nuestras pretensiones vanidosas, para transformamos en sus instrumentos. Tomemos el remedio espírita, curándonos primero, para después poder auxiliar a los otros a curarse. Y que Dios nos permita una cura rápida, a pesar de nuestros muchos males, a veces crónicos, viejos y de innumeras encarnaciones. Ni por eso el espírita, entre tanto debe abstenerse de sus deberes políticos. Muy por el contrario, esos deberes deben ser cumplidos escrupulosamente por los espíritas. Lavar las manos en la vacía de Pilatos no es la actitud a asumir. Mas cumplir los deberes políticos es cosa bien diferente a entregarse a la vida política. Para cumplir aquéllos nos basta observar las leyes, comparecer a los pleitos electorales, votando con pensamiento elevado y sin pasiones, apoyar, con buenos argumentos, y cuando posible con ayuda práctica, a las buenas causas, defender los oprimidos, librarse siempre de apoyar las causas más injustas, perjudiciales a la colectividad y librarse principalmente de compromisos con los crímenes políticos, sea en beneficio propio o de otros, y más aún con la pretensión absurda de beneficiar el Espiritismo o instituciones espíritas. Para entregarse a la vida política, es necesario envolverse en todas sus complicaciones, en todas sus enmarañadas y confusas situaciones actuales. La política del mundo es hecha, aún, de la pasión por las cosas mundanas, particularmente la pasión de poder, que embriaga la vanidad humana. El espírita tiene otra política a ejecutar: la de la humildad, que identifica al hombre con los infelices, los sufridores del mundo, y no le lleva para las altas posiciones terrenas, más para los puestos de socorro de la caridad cristiana. «En mi Reino, dice Cristo, los mayores son los que sirven». El primer deber político del espírita es servir. Y para servir él no precisa de cargos en partidos políticos, de cargos o puestos en la administración pública. Le basta el sentido espírita de la caridad, en todas sus formas, según enseña el Espiritismo. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo: ¿Qué mejor política puede existir que esa? Pues es esa la política espírita y, por tanto, la política de todo espírita sincero. Jesús no precisó de la política romana o de la política judía, para cumplir la más bella y más eficaz de todas las misiones políticas ya realizadas en el planeta. Kardec no necesitó de la política francesa, para implantar en Francia y en el mundo la política de amor del Espiritismo. El espírita, cuando es llevado al mundo de la vida pública por circunstancias independientes a su voluntad personal, no debe esquivarse al cumplimiento de sus deberes. Más debe estar en el cargo como un administrador consciente de los bienes ajenos, empeñados en la práctica del amor y de la justicia. Nunca debe empeñarse en disputas políticas que dividen a las criaturas y siembran el odio. Ni debe admitir, para agradar al partido o a la administración a la que fue llevado a servir, ningún acto de injusticia para los que pertenezcan a partidos contrarios. En resumen: El espírita, desde el momento en que aceptó conscientemente el Espiritismo, se alistó en la política del amor universal; su único partido es el del Reino de Dios, y su plataforma política es el Sermón de la Montaña; caso sea llevado a cargos públicos, llamado a cualquier actividad política del mundo, no debe olvidar su cualidad de espírita, y todo ha de hacer para que la luz que en él hay no sean tinieblas; amor y caridad deben constituir sus armas políticas, mismo que eso le cueste la oposición de los propios compañeros, pues es mejor estar solo con la Verdad que estar acompañado por la mentira. Miguel Vives Extraído del libro "El Tesoro de los Espíritas"
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