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Escrito por Administrador   
Viernes, 22 de Octubre de 2010 15:15

Etimológicamente, el vocablo palingenesia viene del griego palin (de nuevo) y génesis (nacimiento). O sea, nacimiento de nuevo. La convicción acerca de la Ley Palingenésica (ley que rige los renacimientos) se ha hecho consciente en el hombre desde muy antiguo; se pierde en la oscuridad de los tiempos. Tenían ya la certeza de la reencarnación, las antiguas filosofías orientales: India, China, Japón, Tibet, Egipto y otros países orientales. Los vedas, los celtas, al igual que los pobladores de la América precolombina, sostenían la creencia de la vuelta a la vida de la carne. De la filosofía helénica, incomparable por su profundidad y riqueza de matices, surgieron filósofos como Pitágoras, que estableció la palingenesia como doctrina y base de su enseñanza. Decía que, «.. las almas al abandonar el mundo, van al Hades (1) y desde allí vuelven a la vida de la carne». Sócrates reconocía claramente en el alma humana, su existencia antes del nacimiento en el plano Tierra. Veamos un diálogo con uno de sus discípulos: «También me parece a mí. Cebes, que nada se puede objetar a estas verdades, y que no nos hemos engañado cuando las hemos admitido; porque es indudable, que hay un regreso a la vida; que los vivos nacen de los muertos; que las almas de los muertos existen; que las almas buenas libran bien y las almas malas libran mal». (Platón, en «Fedón o del Alma«).

(1) La denominación Hades equivale a lo que las filosofías espiritualistas y doctrinas esotéricas denominan «planos astrales», o sea, el Más Allá inmediato, esa dimensión desconocida por la grandísima mayoría, a la cual pasan las almas al desencarnar.

Platón fue, en el pasado, el maestro de las enseñanzas referentes al alma, y todos los que han venido después de él, se han proveído ampliamente de su depósito de sabiduría. Algunos de los primeros padres de la primitiva iglesia, afirmaron que Platón fue uno de los muchos precursores del Mesías, que habían preparado el mundo pagano para la venida del Maestro. Los primeros cristianos sostenían como verdad el renacimiento de las almas, y la reencarnación formaba parte de la doctrina cristiana en los primeros siglos del cristianismo, aquel cristianismo puro, de amor y renunciamiento. Pero, cuando comenzó la organización sacerdotal y entró a formar parte del Estado, el clericalismo se impuso, interfiriendo en la política, política de absolutismo en aquel entonces (y también durante muchos siglos después); y esta doctrina comenzó a ser atacada. Y por el Concilio de Constantinopla II (año 553) dominado por el emperador Justiniano I, fue anatematizada.

Ya Justiniano I había promulgado una ley en el año 538, en la que declaraba: «Todo aquel que sostenga la mística idea de la preexistencia del alma y la maravillosa opinión de su regreso, será anatematizado». Lo que indica que existía. Y es de suponer el terror que el anatema inspiraba en aquellos tiempos, ya que significaba la persecución. Sin embargo, existe otra versión que sostiene que en dicho Concilio se dejó establecido que: «... todo aquel que proclamara haber vuelto sobre la Tierra por disgusto del Cielo (?), sería excomulgado. Y que, si alguien encarnara voluntariamente, no por disgusto del Cielo, sino por amor a sus prójimos, el anatema no los tocaría». Y de ahí en adelante, ha venido siendo ocultada por quienes debieran sustentarla como una demostración del amor y justicia divina, y para un más rápido progreso espiritual de la humanidad.

La palingenesia es una doctrina muy antigua. Todas las religiones, en su origen, la han sustentado. Esta ley de las vidas sucesivas, da la adecuada explicación lógica a todas las desiguales manifestaciones de la vida humana. Las nuevas filosofías espiritualistas, basadas en la gradual y continua metamorfosis de nuestra evolución, mediante la Ley Palingenésica o de los renacimientos, nos muestra y amplía mucho más allá de la integridad psicofísica, el eterno camino ascensional hacia la perfección, que nos liberará de la cadena de las reencarnaciones en los mundos atrasados. La comprensión de esta ley de los renacimientos, abre horizontes más amplios en el pensamiento humano. Y como ley divina, se cumple en todos los seres con igualdad y justicia inexorable. Si observamos a los niños, ¿cómo podemos explicar la diversidad de tendencias, gustos, inclinaciones de bondad, delicadeza, inteligencia, etc., en unos; mientras que en otros, una carencia de estas cualidades positivas, y en cambio apreciamos ruindad, brusquedad y dureza, y hasta maldad en otros? Correspondiendo al alma humana las cualidades positivas y negativas del carácter, ¿podemos admitir, por un momento, que Dios —perfección absoluta— pueda crear almas imperfectas y establecer diferencias? Aquellos que, desconociendo las leyes espirituales, argumentan que ello se debe a la ley de la herencia, tendrían un fundamento más lógico que los que sostienen el concepto de la creación del alma con el nacimiento del cuerpo. Pero, en ese caso, tendrían que rechazar la existencia de una Sabiduría y Justicia Universal, de donde emanan esas fuerzas cósmicas y poderosas que rigen la vida en sus múltiples manifestaciones.

Denominémosle Dios o como queráis, pero inmanente de toda creación; ya que, en buena lógica NO ES ADMISIBLE UN DIOS SABIO Y JUSTO CREANDO ALMAS DESIGUALES Y DARLES UNA SOLA VIDA A UNOS Y A OTROS PARA QUE SE SALVEN. Más aún. Observemos a los individuos que componen nuestro conglomerado social: configuración de su cuerpo, ademanes, sentimientos y actuaciones de cada uno; y podremos apreciar fácilmente la notoria diferencia entre unos y otros. Mientras en unos apreciamos una mente despierta y un temperamento dinámico, en otros vemos al individuo tosco, bruto o abúlico. ¿Podremos culpar a Dios de estas diferencias? No; porque éstas son diversas manifestaciones de los diversos estados evolutivos en la etapa humana. Dios, esa Fuerza Creadora Universal, el Ser Supremo del Cosmos: AMOR, JUSTICIA Y SABIDURÍA MÁXIMA; que trasciende a toda Su creación a modo de vibraciones o fuerzas PODEROSÍSIMAS que denominamos leyes; nos ha creado a todos iguales. El comienzo de la vida, ha sido igual para todos los seres de la creación, incluyendo el ser humano. Los diferentes aspectos y condiciones intelectuales, dinámicas y morales, son diversos grados en el proceso evolutivo de la «chispa» divina, génesis del Ser espiritual. Y aun las diferentes formas de vida que podemos apreciar, y las no perceptibles a nuestra vista, son diversas manifestaciones o fases de manifestación de la chispa divina (la mónada de algunas filosofías) en las diversas fases de su evolución, antes de alcanzar la etapa humana. Sólo la pluralidad de existencias puede explicar el origen de la diversidad de caracteres y las desigualdades humanas tan notorias. Fuera de esta ley, nos preguntamos en vano, ¿por qué algunos poseen talento, los sentimientos nobles, las aspiraciones elevadas; mientras que otros carecen de ellos?

Si aceptamos la Ley Palingenésica como la ley de la vida, comprenderemos fácilmente que los primeros son seres más viejos, que han vivido más, trabajado más y, por ende, adquirido mayores experiencias y aptitudes; van más adelante en el camino ascensional de su evolución. Aceptada como verdad la eternidad del Espíritu y que su progreso es indefinido, la buena lógica nos llevará a la clara conclusión de que, los que hoy vivimos en la carne, hemos vivido ya esa misma vida innumerables veces: como amos y como siervos, ya nobles ya plebeyos, como ricos y como pobres, vidas de placeres y vidas de dolores; y seguiremos volviendo en diversas personalidades y ambientes, a fin de obtener las experiencias necesarias hasta alcanzar la sabiduría, que lo encierra todo. Porque, es en la lucha de la vida donde adquirimos experiencias que van grabándose poco a poco en la memoria espiritual, y son las que producen esas sensaciones que denominamos «voz de la conciencia», que trata de impedir cometer nuevos errores. El Espíritu necesita del cuerpo físico para evolucionar en los planos físicos, donde adquiere las experiencias y fortaleza en la lucha por la vida, en las primeras fases de la etapa humana; y en la lucha contra la bestialidad que arrastra y contra el mal, ya en las fases de superación y mayor progreso. Cada una de nuestras existencias terrenas, sólo es un episodio de nuestra vida inmortal. NINGÚN ALMA PODRÍA, EN TAN BREVE ESPACIO DE TIEMPO QUE OFRECE UNA SOLA VIDA, DESPOJARSE DE SUS VICIOS, DE SUS ERRORES, DE TODOS LOS APETITOS ANIMALIZADOS, QUE SON VESTIGIOS DE SUS VIDAS PASADAS.

«El alma humana aparece muchas veces en el escenario de la vida física, en cuerpos diferentes. Es una de las grandes verdades de la Ley Eterna» —dijo el Profeta Nazareno, en una conversación con el príncipe Judá de lthamar, hijo del príncipe Azbuc de Beth-Hur (2). Necesitamos muchas vidas, revestirnos de múltiples cuerpos; nacer, morir y volver a nacer muchas veces, para llegar al final de la escala ascensional, a la perfección, que es la meta hacia la cual todos vamos avanzando lentamente: unos más adelante, otros más atrás; unos más despacio, otros más aprisa. Como es fácil comprender, las cuatro partes de que se compone el Nuevo Testamento, citan tan sólo algunos de los acontecimientos entre los treinta a treinta y tres años de la vida mesiánica del Cristo en Jesús de Nazareth; mas, no hace referencia a lo acontecido anterior a esa edad. Concluiremos la exposición de este tema, con la inclusión de algunas referencias.

(2) «Arpas Eternas» —pág. 725 de esa obra psicografiada—, editada por Editorial Kier, Buenos Aires.

El poeta Amado Nervo, de exquisita sensibilidad y profundos sentimientos espirituales, era un convencido de la ley de los renacimientos, que expresó en numerosas poesías, entre las cuales figura la siguiente:

¡En esta vida no la supe amar!
Dame otra vida para reparar,
¡Oh Dios!, mis omisiones,
para amarla con tantos corazones,
como tuve en mis cuerpos anteriores;

El conocido poeta, novelista y dramaturgo francés —Víctor Hugo— expresó sus profundas convicciones palingenésicas en las siguientes frases: «Siento en mí toda una vida futura. Soy como un bosque podado que retoña en brotes más fuertes cada vez: subo hacia el infinito.» «Y si la tierra me da su savia para sustentarme en lo material, el Cielo me ilumina con el reflejo de los mundos entrevistos. » «Hay quien dice que el alma es solamente la expresión de fuerzas corporales, y yo pregunto: ¿por qué la mía es más luminosa ahora, cuando mi vida declina y esas fuerzas corporales me abandonan?» «Sobre mí se cierne el invierno y en mi alma florece una primavera eterna: las lilas, las violetas v las rosas perfuman y se abren como cuando yo tenía veinte años. Cuanto más me aproximo a la meta, oigo más claramente las sinfonías de los mundos que me llaman...» Viviré mil vidas futuras, continuaré mi obra, escalaré de siglo en siglo todas las rocas, lodos los peligros, lodos los amores, todas las pasiones, todas las angustias: y después de miles de ascensiones, liberado, transformado, mi espíritu volverá a su fuente, fundiéndose en la Realidad Absoluta, como el rayo de luz vuelve al sol» (3). Y Goethe, convencido también de la reencarnación, decía: «El alma del hombre al agua se asemeja: Del cielo llega, al cielo sube; y otra vez baja a la tierra, en eterno devenir.» Y por último, referiremos el epitafio de Benjamín Franklin, esa celebridad del siglo XVIII, que sobresalió en la física (descubridor del pararrayos), en política, economía, literatura, etc., en su tiempo; y que profesó la doctrina de las vidas sucesivas. Dejó escrito el siguiente epitafio para ser colocado en su tumba, el cual refleja sus profundas convicciones palingenésicas: El cuerpo de Benjamín Franklin impresor parecido a la cubierta de un libro viejo y despojado de su título y de su dorado, descansa aquí, pasto de los gusanos; pero, no se perderá la obra, pues reaparecerá en una nueva y mejor edición revisada y corregida por el autor.

Metempsicosis

Algunas personas hay que, desconociendo la Ley Palingenésica, son prontas a exclamar: —¡Ah, sí; la metempsicosis de Pitágoras. O la creencia de reencarnar en un animal, como castigo a los seres malvados! Nada tan incierto. Pitágoras, jamás sostuvo tal concepto. Explicaba, sí, el renacimiento de las almas, en cuerpos concordantes con su naturaleza psíquica; y que, a medida que el alma se perfeccionaba en inteligencia y bondad, se manifestaba en cuerpos más perfectos. Explicaba a sus discípulos más adelantados, ya en el grado teogónico: «Una vida en la carne, no es más que una anilla en la larga cadena de la evolución del alma». Según la definición en el Diccionario de la Real Academia Española, metempsicosis es: «Doctrina religiosa y filosófica de varias escuelas orientales y renovada por otras de Occidente, según la cual transmigran las almas, después de la muerte, a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados en la existencia anterior».

(3) Esto no significa que el Ego quede anulado; pues, al alcanzar la reintegración espiritual, el Ego mantiene su individualidad, pero más poderosa y abarcante, y continúa cooperando en la obra divina de evolución de los mundos.

La creencia de la retrogradación a las formas animales, es una superstición creada en el Asia por la casta sacerdotal de los brahamanes, como espantajo para amedrentar a los débiles y crear esos privilegios sacerdotales y aristocráticos, que han tenido al Asia en un letargo de siglos, del cual comienza a despertar. Tanto Krishna, unos cinco mil años (aproximadamente), como Siddhartha Gautama —el Budha (4)— quinientos años antes de nuestra era (se acepta que nació 563 años antes) y alrededor de cuyas enseñanzas se ha fundado el budhismo en toda Asia, enseñaron la ley del renacimiento de los seres.

(4) Maestro espiritual extraordinario, desconocido en nuestro mundo occidental, y que ha sido llamado «Luz del Asia», por la importancia y trascendencia que han tenido sus enseñanzas; enseñanzas que las formas materiales del culto han ahogado.

Las formas inferiores de vida, son etapas del psiquismo, de la chispa divina o mónada, y una vez superadas estas etapas no vuelve a ellas. Una vez alcanzada por el Ego la etapa humana, no retrocede. Por ello, es desacertado suponer que la metempsicosis pueda ser la vuelta del alma humana a animar la vida de un animal. Y a este respecto, el Caballero Ramsay (Andrés Miguel 1685-1743) escritor católico y biógrafo de Fenelón, refiere en su obra «Pr. Philisophiques«: «Nada hay en los Padres de la Iglesia ni en los concilios que contradiga la doctrina de la reencarnación. Si bien es verdad que el V Concilio General y todos los padres después del siglo VI han condenado la falsa idea de la preexistencia transmitida por los originalistas y los prescilianistas, la verdadera doctrina de la preexistencia no ha sido condenada por la Iglesia... Es solamente contra la degradación impía de la transmigración en cuerpos de animales que los padres se sublevaron...».

Sebastián de Arauco

Extraído del libro "3 enfoques sobre la reencarnación"