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LA SEGUNDA FRASE: “¡Lázaro, ven afuera!”
Jesús no eximió el concurso de los amigos del muerto, en el proceso de su resurrección. No inquirió de ellos, con todo, en cuanto a la cultura, ni en cuanto a los sentimientos. No les preguntó si eran judíos o romanos, rabinos o pescadores, señores o esclavos. Simplemente lo utilizó en la resurrección de un hombre, valorizándolos con respecto a la oportunidad de trabajo, cooperación y servicio. Pero, tan luego estableció el contacto visual con el joven de Betania, le habla directamente, sin reservas…
No más intermediarios: le da la orden incisiva y categórica. Lo intima, con enérgica bondad, a dejar la sombra del túmulo, en un convite a que viniese a aspirar el oxígeno de afuera, a que viniese a reanimarse bajo la claridad del sol que buscaba en aquella hora la línea del horizonte.
¡Lázaro, ven afuera!, Señala, de manera irresistible, posiblemente para recordar lo que dijera estando en Jerusalén, cuando le llegara la noticia de la enfermedad del amigo: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” Cuando el Maestro, volviéndose calmadamente, hacia los amigos de Lázaro, les ordenaba que quitasen la piedra, Jesús estaba con Lázaro, mas por extraño que parezca, Lázaro no estaba con Jesús. Ahora, con todo, frente a la suave claridad que invadiera el interior del sepulcro, Lázaro ya podía escuchar la voz del Señor, la palabra de mando: “Lázaro, ven afuera”. “Y el que había muerto salió” – relata el Evangelio. “…Y Lázaro, que se levanta del sepulcro, es la vida triunfante que resurge inmortal” pondera Emmanuel, refiriéndose al grandioso episodio.
También nosotros, retirada la piedra del egoísmo del sarcófago de nuestros engaños milenarios, ya podemos oír, medio confusos, a la manera de a una sinfonía lejana, el verbo amoroso de Nuestro Señor Jesucristo. Convocándonos a la Luz. Requiriéndonos para la verdad. Llamándonos, finalmente, para la Vida. Vacilantes e indecisos, aturdidos y aletargados, contemplamos la amplitud de los cielos infinitos, en donde cintilan estrellas, esperanzas de mundos fabulosos, de sublimes y aún inalcanzables humanidades que escriben páginas inmortales en el universal drama de la evolución.
Nuestros párpados están pesados. Los pies se encuentran doloridos. Las manos aún traumatizadas. En nuestra cabeza, un vacío indefinible. Estamos realmente atónitos, mas ya comenzamos a sentir, en el templo de nuestro Espíritu, la presencia augusta y misericordiosa del Maestro. Fajas mentales nos identifican con la muerte, pero ya nos hemos levantado. No hay porque desanimarse. “La evolución es fruto del tiempo infinito.”
Martins Peralva
Extraído del libro "Estudiando el evangelio a la luz del espiritismo"
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