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La ordenación bíblica – “creced y multiplicaos” – no ha sido, hasta hoy, bien comprendida por todos. Los que se detengan en la letra de las Escrituras, sin penetrar en su esencia, ven en esas palabras una ley divina, estableciendo que la reproducción de las especies, inclusive la humana, deba ser libre e ilimitada, y que obstaculizarla sería un grave pecado. Sin duda, la reproducción de los seres vivos es ley de la naturaleza y cumple una necesidad en el mecanismo de la Evolución; eso no quiere decir, entretanto, que le sea prohibido al hombre adoptar ciertas medidas para regularla. Todo depende de la finalidad con que se haga. Dado, por ejemplo, que el desarrollo excesivo de determinadas plantas o animales se revele nocivo y peligroso, se puede perfectamente impedir su reproducción, pues “la acción inteligente del hombre es un contrapeso que Dios dispone para restablecer el equilibrio entre las fuerzas de la naturaleza” tal es la enseñanza que nos llega a través de Kardec.
En lo que se refiere al control de la natalidad humana, objeto, hoy, de complejas investigaciones en los campos de la Biología, de la Genética, de la Farmacología, de la Sociología, etc., y de impetuosos debates entre teólogos y moralistas de varias tendencias, la Doctrina Espírita nos autoriza a afirmar que, habiendo razones realmente justas para eso, el hombre puede limitar su descendencia, evitando la concepción. La pregunta nº694 del libro que estamos estudiando aclara todas las dudas sobre el asunto, pues condena taxativamente sólo “los usos, cuyo efecto consiste en oponerse a la reproducción, para satisfacción de la sensualidad”, dejando claro que puede haber, como de hecho los hay, innumerables casos en que se hace necesario no sólo restringir, sino hasta incluso evitar cualquier cantidad de hijos.
Es preciso que se reconozca que el hogar no es un establecimiento destinado a reproducir seres humanos en serie, sino un santuario-escuela, donde los padres deben asegurar como creadores de nobles caracteres, inculcando en los hijos, a la vez que el amor a Dios, una vivencia sana, modelada en los principios de la Moral y de la Justicia, de modo que se vuelvan elementos útiles así mismos, a la familia y a la sociedad. “El hombre se distingue de los animales – dijeron aun los mentores de la Codificación – por obrar con conocimiento de causa.” Por tanto, lo que de él se espera no es sólo que procree por fuerza del instinto sexual, como un mero reproductor, sino que, conviene repetirlo, dignifique el nombre de padre o de madre con el que Dios le honra la existencia.
Hay quien no admita ningún motivo para la limitación de los hijos, es decir, el plan familiar, en la suposición de que tal medida se constituya un obstáculo a la ley de progreso, por reducir las oportunidades de que los desencarnados necesitan para expiar delitos del pasado. Ocurre, sin embargo, que, no obstante, esos no actúan de conformidad con el punto de vista que defienden, ya que ellos mismos, “contrariando la ley de la naturaleza”, al tener uno, dos o tres hijos, se dan por satisfechos y… quedan por ahí. Si razonasen un poco, comprenderían además que, si existen tantos seres necesitando volver a la Tierra, para pruebas reparadoras, ya que se hayan endeudados ante la Justicia Divina, es precisamente porque les faltó a muchos, en las encarnaciones anteriores, la orientación espiritual que sólo un hogar bien constituido puede ofrecer, y que lanzar al mundo hijos enfermizos y deficientes, o físicamente bien dotados, pero consagradas al abandono, absolutamente no ayuda al adelantamiento de la Tierra, antes lo retarda, pues contribuya para aumentar el número de los desajustados, de los marginados y de los criminales de toda suerte, infelices que, a su vez, exigirían otras tantas oportunidades de reajuste y así sucesivamente, en una progresión geométrica que no acabaría nunca.
“Más vale prevenir que curar”, reza un refrán de la sabiduría popular, y de ahí el por qué de la medicina terrena tiende a ser, cada vez más, preventiva en vez de curativa. ¿Por qué no habría de ser así, también, en el universo moral? El precepto con que abrimos este estudio no determina el factor de la multiplicación de los matrimonios, factor ese que puede y debe variar de acuerdo con la robustez de los genitores (principalmente de la madre, que es la más sacrificada), sus recursos económicos, etc. Así, a los ojos de Dios, que juzga según las intenciones de cada uno, es preferible tener pocos hijos y hacer de ellos hombres de bien, a tener muchos, pero abandonados a la propia suerte, como sucede a menudo. En cuanto a los matrimonios que evitan o limitan los hijos, atendiendo tan sólo al comodismo, obviamente se vuelven tanto más reprensibles cuanto mayor sean sus posibilidades de concebirlos, criarlos y educarlos. (Cap. IV, preg. 686 y siguientes).
Rodolfo Calligaris
Extraído del libro "Las leyes morales"
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