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El libre albedrío es definido como “la facultad que tiene el individuo de determinar su propia conducta”, o, en otras palabras, la posibilidad que él tiene de, “entre dos o más razones suficientes de querer o de actuar, escoger una de ellas y hacer que prevalezca sobre las otras. Problema fundamental de la Filosofía ética y psicológica, viene siendo estudiado y discutido apasionadamente desde los primeros siglos de nuestra era, dando oportunidad a que se formulasen, al respecto, varias doctrinas dispares y antagónicas.
Algunos creen que el libre albedrío es absoluto, que los pensamientos, palabras y acciones del hombre son espontáneos y de su entera responsabilidad. Evidentemente, están en un error, porque no hay cómo dejar de reconocer las innumerables influencias y obligaciones a que, en mayor o menor escala, estamos sujetos, capaces de condicionar y disminuir nuestra libertad. En el extremo opuesto, existen tres corrientes filosóficas que niegan obligatoriamente el libre albedrío: el fatalismo, la predestinación y el determinismo.
Los fatalistas creen que todos los acontecimientos están previamente fijados por una causa sobrenatural, correspondiéndole al hombre sólo el regocijarse, si es favorecido con la buena suerte, o resignarse, si el destino le fuera adverso. Los predestinacionistas se basan en la soberanía de la gracia divina, enseñando que desde toda la eternidad algunas almas fueron predestinadas a una vida de rectitud y, después de la muerte, a la dicha celestial, mientras otras fueron de antemano señaladas para una vida reprobable y, consecuentemente, condenadas a las penas eternas del infierno.
Si Dios regula, anticipadamente, todos los actos y todas las voluntades de cada individuo, argumentan , ¿cómo puede este individuo tener libertad para hacer o dejar de hacer lo que Dios ha decidido que él haga? Estas dos doctrinas, como se ve, reducen al hombre a un simple autómata, sin mérito ni responsabilidad, al mismo tiempo que rebajan el concepto de Dios, presentándolo como un déspota injusto, distribuyendo gracias a unos y desgracias a otros, únicamente según su capricho. Ambas repugnan a las conciencias esclarecidas, por tan grande aberración. Los deterministas, a su vez, sustentan que las acciones y la conducta del individuo, lejos de ser libres, dependen integralmente de una serie de contingencias a las que él no puede evadirse, como las costumbres, el carácter y la índole de la raza a la que pertenezca; el clima, el lugar y el medio social en el que viva; la educación, los principios religiosos y los ejemplos que reciba; además de otras circunstancias no menos importantes, como el régimen alimentario, el sexo, las condiciones de salud, etc.
Los factores señalados más arriba son, de hecho, incontestables y pesan bastante en la manera de pensar, de sentir y de proceder del hombre. Así, por ejemplo, diferencias climáticas, de alimentación y de filosofía, hacen de hindúes y americanos del norte tipos humanos que se distinguen profundamente, tanto en la complexión física, en el estilo de vida, como en los ideales; normalmente, la fortuna nos vuelve soberbios, mientras la necesidad nos hace humildes; un día claro y soleado nos estimula y alegra, contrariamente a una tarde sombría y lluviosa, que nos deprime y entristece; una sonata romántica nos predispone a la ternura, mientras que los acordes marciales nos despiertan ímpetus belicosos; cuando somos jóvenes y gozamos de salud, estamos siempre dispuestos a cantar y a bailar, y en la edad madura, preferimos la meditación y la tranquilidad, etc.
De ahí, sin embargo, a dogmatizar que somos completamente gobernados por las células orgánicas, en igualdad con las impresiones, condicionamientos y sanciones del ambiente que nos rodea, va una distancia inconmensurable. ¡En efecto, existe en nosotros una fuerza íntima y personal que sobreexcede y trasciende a todo eso: nuestro “yo” espiritual! Ese “yo”, ser moral o alma (como quiera que le llamemos), una criatura de pequeña evolución espiritual, realmente poca libertad tiene de escoger entre el bien y el mal, ya que se rige más por los instintos que por la inteligencia o por el corazón. Pero, a medida que se esclarece, que domina sus pasiones y desarrolla su voluntad en los embates de la Vida, adquiere energías poderosísimas que lo hacen cada vez más apto para franquear obstáculos y limitaciones, sean de la naturaleza que sean. No sólo eso. Se acostumbra también a sopesar las razones y medir consecuencias, para decidir siempre por lo más justo, aunque desatendiendo, muchas veces, a sus propios deseos e intereses.
Un día, como Cristo, podrá afirmar que ya venció al mundo, pues, aunque esté hambriento, tendrá la capacidad de, voluntariamente, abstenerse de comer; si es rudamente ofendido, sabrá frenar su cólera y no replicar a la ofensa; y, aunque todos a su alrededor tengan miedo, mantendrá, imperturbable, su paz interior. (Cap. X, preg. 843 y siguientes)
Rodolfo Calligaris
Extraído del libro "Las leyes morales"
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