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La pena de talión PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Administrador   
Jueves, 23 de Septiembre de 2010 15:21

A primera vista puede parecer que justicia y misericordia sean virtudes antagónicas, que se excluyan recíprocamente. De ahí la razón de que muchos no comprenden cómo puede Dios ejercerlas, sin que una precise ser anulada para que la otra prevalezca. Todo, entretanto, se esclarece cuando nos acordamos de que las buenas cualidades morales son hijas del Amor y que este sentimiento sublime siempre encuentra medios de armonizarlas.

Si no, veamos: La Justicia exige que toda infracción a la Ley sea castigada, y desde el origen de los tiempos eso ha ocurrido, infaliblemente. Además, todos los grandes misioneros religiosos que han venido a la Tierra, inspirados por lo Alto, establecieron en sus códigos la pena de talión, es decir, castigo igual a la culpa. El “ojo por ojo y diente por diente”, de Moisés, por ejemplo, y el “que con espada hiere, a espada será herido”, de Cristo, son preceptos que consagran ese principio fundamental de la Justicia.

Moisés, todavía, daba al ofendido el derecho de vengarse, personalmente y en la proporción de la ofensa recibida, mientras Cristo, surgiendo entre nosotros cuando llegó el momento de que los terrícolas dieran comienzo a una fase más avanzada de su evolución espiritual, trajo como misión enseñarlos a romper las cadenas del mal al que se sometían por la ley de acción y reacción. Introdujo en las relaciones humanas, entonces, una nueva ética: “amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian y orad por los que os persiguen y calumnian”, ejemplificándola, Él mismo, hasta las últimas consecuencias.

No dejó, sin embargo, de advertirlos, muy explícitamente: “Si perdonáis a los otros las faltas que cometieran con vosotros, también vuestro Padre celestial os perdonará los pecados, pero, si no les perdonáis cuando os hayan ofendido, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará los pecados.” Analizando, a fondo, estas nuevas reglas de conducta, se percibe que ellas contienen la misma justicia de la pena de talión, con la diferencia de que, en lugar de “castigo igual a la culpa”, inducen con “premio igual al merecimiento”.

Observemos así: Aquél que responde a su ofensor con igual ofensa, está ejerciendo la justicia, cobrando lo que le deben, pero, a su vez, tendrá que pagar con la misma moneda toda injuria que hiciera a otro. Aquél que perdona las ofensas recibidas, queda con un crédito del mismo valor en la contabilidad celeste, crédito ese que será tenido en cuenta cuando le acontezca cometer alguna falta. Y ¿quién no está sujeto a errar? Por haber entendido perfectamente ese mecanismo de la Justicia Divina es que el código apostólico proclamaba a menudo: “amaos unos a los otros”, “tened entre vosotros mutua caridad”, “el amor cubre una multitud de pecados”, etc.

Tal vez nos pregunten: en el segundo caso, siendo el ofensor perdonado por el ofendido, ¿quedará sin el castigo debido? ¡Absolutamente! La Providencia cuidará de eso y, sea en la misma existencia o en otra (s) posterior (es), él “sufrirá lo que haya hecho sufrir”, no porque a Dios le plazca castigar a los culpables, sino para que todos se corrijan, progresen y sean felices. Y es así, dejándonos experimentar los funestos resultados de nuestras malas acciones, como proporcionándonos la oportunidad de enmendarnos a través de las vidas sucesivas, que Dios se revela, al mismo tiempo, soberanamente justo y misericordioso, como conviene a Aquél que es el Santo de los santos. Cuando llevamos para la vida práctica las luminosas enseñanzas de Cristo, prefiriendo perdonar en vez de usar represalias, retribuyendo el mal con el bien, la paz y la alegría harán morada permanente en nuestros corazones, valiendo eso decir que ya estaremos entrando en “el reino de los cielos”. (Cap. VI, preg. 764)

Rodolfo Calligaris

Extraído del libro "Las leyes morales"