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Aunque nos cueste comprenderlo, la destrucción también es una ley de la naturaleza, cumpliendo un sabio designio providencial. Ya fue dicho que la vida orgánica es indispensable para la evolución de los seres, y de ahí haber establecido Dios las leyes de reproducción y de conservación con el fin de, por medio de ellas, asegurar el desarrollo del principio inteligente que en ellos se procesa.
Pues bien, la ley de destrucción es, por así decirlo, el complemento del proceso evolutivo, ya que es preciso morir para renacer y pasar por millares de metamorfosis, animando formas corporales gradualmente más perfeccionadas, y es de ese modo que, paralelamente, los seres van pasando por estados de conciencia cada vez más lúcidos, hasta alcanzar, en la especie humana, el reinado de la Razón. De este modo, en último análisis, “la destrucción no es más que una transformación que tiene por finalidad la renovación y la mejoría de los seres vivos.”
La parte esencial de los seres – recuerdan los sabios de la espiritualidad – no es el envoltorio físico, sino el elemento anímico que lo impulsa, elemento ese que, siendo inmortal también en los animales, vuelve al palco de la vida terrena para la continuación de su jornada progresiva, como ocurre con todas las criaturas de Dios Bajo otro prisma, al destruirse unos a los otros, por la necesidad de alimentarse, los seres infra-humanos mantienen el equilibrio en la reproducción, impidiendo que sea excesiva, contribuyendo, también, con sus despojos, para una infinidad de aplicaciones útiles a la Humanidad.
Restringiendo el examen de esta cuestión sólo al procedimiento del hombre, que es el que más nos interesa, aprendemos con la Doctrina Espírita que la matanza de animales, bárbara sin duda, fue, es y será necesaria por algún tiempo más aquí en la Tierra, debido a sus groseras condiciones de existencia. No obstante, a medida que los terrícolas se depuren, dominando el espíritu a la materia, el uso de alimentación carnívora será cada vez menor, hasta desaparecer definitivamente, como se verifica en los mundos más adelantados que el nuestro. Aprendemos, también, que el hombre en su estado actual sólo es disculpado de esa destrucción en la medida en que tenga de proveer su alimentación y garantizar su seguridad.
Fuera de eso, cuando, por ejemplo, se empeña en cazar por el simple placer de destruir, o en deportes mortales, como las corridas de toros, el “tiro al pichón”, etc., tendrá que presentar cuentas a Dios por ese abuso, que revela, además, predominación de los malos instintos. En lo que se refiere a las catástrofes naturales, como las inundaciones, las tempestades fatales para la producción agrícola, los terremotos, los vendavales, etc., que suelen causar tantas víctimas, nos instruyen, también, los mentores espirituales, son accidentes pasajeros en el destino de la Tierra (mundo expiatorio), que cesarán en el futuro, cuando la Humanidad que la habita haya aprendido a vivir según los mandamientos de Dios, modelados en el Amor, librándonos, entonces, de los correctivos del Dolor.
Ya que la destrucción se nos presenta como una ley natural, la pena de muerte aplicada en otros lugares, con el objetivo de eliminar los elementos que se creen peligrosos, ¿será también una necesidad? ¡No! “El hombre cree necesaria una cosa, siempre que no descubre otra más conveniente. A medida que se instruye, va comprendiendo mucho mejor lo que es justo y lo que es injusto y repudia los excesos cometidos en los tiempos de ignorancia, en nombre de la “justicia”, nos dicen las voces del Mundo Mayor. En efecto, hay otros muchos medios comprobados más eficaces de preservar la sociedad, que el asesinato de aquellos que la perjudican, incluso porque todo delincuente es un enfermo del alma, y a los enfermos se debe acudir con la medicina y no con la muerte. A propósito, es conveniente decir que, gracias al progreso social, disminuyó considerablemente el número de pueblos y de casos en que tal pena continúa en vigor, y día vendrá en que será completamente abolida. (Cap. VI, preg. 728 y siguientes)
Rodolfo Calligaris
Extraído del libro "Las leyes morales según la filosofía espírita"
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