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La igualdad de derechos del hombre y de la mujer PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Administrador   
Lunes, 16 de Agosto de 2010 15:06

Dijeron con mucho acierto, las entidades que suministraron a Kardec las ayudas con las que fue compuesto “El Libro de los Espíritus”, que Dios otorgó a ambos sexos los mismos derechos, bajo cualquier punto de vista, y que la situación de inferioridad en la que se halla la mujer, en casi todo el mundo, es debida “al predominio injusto y cruel que sobre ella asumió el hombre”, es decir, “el abuso de la fuerza sobre la debilidad”. Efectivamente, las pesquisas sociológicas comprueban que la supremacía masculina sólo fue obtenida por la violencia, ya que, tan inteligente como el hombre, la mujer lo había auxiliado y acompañado en las glorias de las que se jacta, en el caso de que no fuese disminuida, en su libertad y en sus anhelos de realización, por leyes y preconceptos introducidos por el sexo fuerte, exclusivamente a la sensación del egoísmo que lo ha caracterizado a lo largo de los tiempos.

Es posible que haya existido un período en la evolución de la sociedad en que la mujer hubiese ejercido un papel predominante en la familia y en la tribu, correspondiéndole, inclusive, la iniciativa de tomar marido o maridos, si así lo desease (lo que debe haber durado muy poco); es cierto que aún existen algunos pueblos de civilización primaria, en que la mujer tiene mayor importancia económica que el hombre, dando origen a un lenguaje matrilineal, según el cual el nombre de los hijos, la herencia, etc., proviene de la madre y no del padre; es verdad que, en ciertos lugares, algunas mujeres se encuentran ejerciendo un cargo en el gobierno de algunas naciones, pero son casos excepcionales.

La regla, desde las sociedades primitivas, fue y continúa siendo la supeditación de la mujer. La periódica perturbación uterina que la acomete, la fragilidad de su constitución orgánica y la mayor sensibilidad con la que Dios la creó, predisponiéndola a la delicadeza de las funciones maternales, siempre la perjudicaron en la competición de los sexos, condenándola en todas las fases de su vida y en todo y cualquier sistema social vigente, a la subordinación y a la obediencia a un hombre: el padre, el hermano mayor, el suegro, el marido o el hijo. En la práctica de la caza, ella era quien construía la cabaña, la mantenía en orden, cortaba la leña, cocinaba y confeccionaba las ropas para la familia, además de cuidar de los hijos, mientras el hombre descansaba, tranquilamente, en los intervalos de sus excursiones cinegéticas. En las marchas, era usada como bestia de carga, transportando casi todo el equipaje, y, si se mostraba incapaz de acompañar a la partida, era abandonada por el camino.

Más tarde, cuando dejó de ser nómada para dedicarse a la agricultura y al pastoreo, menesteres estos que exigían mayor resistencia física, el hombre se acostumbró aún más a imponer su primacía, ya que la mujer, presa al hogar, se fue debilitando al habituarse al arte del cesto y de la estera, a tejer, a la costura, a la cerámica y a otros quehaceres. Con el crecimiento de la propiedad transmisible, constituida de productos de la tierra, ganado, etc., creció también la subordinación de la mujer. Es que el hombre, mientras se permitiese ejercer el sexo fuera de casa, como cosa absolutamente natural, pasó a exigir de ella la más perfecta castidad antes del matrimonio y la más completa fidelidad después, celoso de que la herencia sólo fuese transmitida a hijos seguramente suyos. Y así nació la moralidad doble, que perdura hasta hoy. A partir de ahí, la mujer fue sometida a un régimen de reclusión, rigurosísimo en algunos pueblos, atenuado en otros, pagando con la muerte el adulterio, antes tolerado como pecado venial.

En Oriente, hasta hace poco tiempo, la mujer no tenía el derecho de sobrevivir al marido, debiendo suicidarse o ser muerta, para acompañarlo en la tumba. La familia patriarcal, con el macho más viejo al frente, se impuso, a esta altura, definitivamente, haciéndose la base económica, moral, legal y política de la sociedad. Esposas e hijas se volvieron, entonces, verdaderas esclavas del jefe de familia, que de ellas disponía, a su voluntad, como “cosas” de su propiedad. Algunas podían ser repudiadas con una simple palabra o dadas en pago de deudas; otras vendidas a quien las quisiese adquirir, sin que les importase conocer el objetivo de la transacción. Entre los judíos, el casamiento se hacía, a veces, por compra. Jacob pagó por Lía y después por Raquel con catorce años de trabajo en el clan del suegro, siete para cada una; ya el profeta Oseias obtuvo a su mujer por mucho menos: apenas quince ciclos de plata y alguna cantidad de cebada.

En la antigua Rusia, por ocasión del casamiento de las hijas, el padre les aplicaba, levemente, algunos latigazos, después entregaba el látigo al marido, en una transmisión de poder. En Grecia, en plena “edad del oro”, Solón lanzó un decreto, por el cual “cualquier acto realizado bajo la influencia de una mujer no sería considerado válido ante la justicia”, siendo que su compatriota, y no menos famoso Eurípides, la consideraba “víctima de irremediable inferioridad mental”. En los orígenes de Roma era común que las criaturas de sexo femenino fuesen abandonadas en un distrito bajo y pantanoso, situado cerca del Monte Aventino, donde eran devoradas por aves de rapiña, por los perros o por fieras. Se salvaban sólo las que eran recogidas por los mercaderes de esclavos, que las destinaban al meretricio. Muchas madres, para librar a sus hijas de tanta miseria, preferían destruirlas al nacer. De ahí viene, seguramente, la mayor alegría, incluso en nuestros días, con el nacimiento de los niños que con el de las niñas. Como mujer y prole se constituyesen unidades de trabajo lucrativas, la poligamia se expandió, ya que cada nueva mujer que desposaba era, para el hombre, como la aplicación de capital para producirle ganancias.

Así, casi todos los hombres ricos “poseían” además de la “esposa principal”, cuantas concubinas quisiese, siendo considerado tanto más próspero cuanto mayor fuese el número de ellas y de hijos. Gradualmente, con el progreso moral, las concubinas fueron desapareciendo, hasta que, con el advenimiento del Cristianismo, los pueblos que lo adoptaron establecían el matrimonio monogámico como la única forma legítima de asociación de los sexos. Las restricciones a la actividad de la mujer, todavía, persistieron. Aunque fuese honrada en el hogar, no le daban oportunidad de ilustrarse más allá de lo necesario al cargo doméstico, ni le permitían tratarse con el hombre en la vía pública. Las religiones (dominadas por el hombre) también han considerado a la mujer como un ser inferior. Se ve que en algunas no le permitían siquiera entrar en los templos; en otras, cooperar en las ceremonias ritualistas; el Corán, libro sagrado de los musulmanes, se refiere a ella como una criatura imperfecta, llegando a decir, explícitamente, que el hombre puede hasta golpearla; en las propias iglesias cristianas el sacerdocio es dignidad privativa del sexo masculino y si, por un lado, exaltan a la mujer en la persona de la madre de Jesús, por otro la señalan como agente de dominio, causa de la perdición de la Humanidad.

Hace poco más de medio siglo, venciendo barreras milenarias, la mujer viene ampliando bastante su actuación en la sociedad, participando de trabajos antes únicamente masculinos, pero no consiguió aún igualarse con el hombre, pues hasta en países de cultura más avanzada continúan negándole regalías políticas y exigiéndole autorización del marido para que pueda practicar diversos actos de naturaleza civil. ¿Llegará el día en que, completamente emancipada, la mujer disfrutará de los mismos derechos que el hombre? Sí, dice la Doctrina Espírita, ya que no existen razones en contra. Entretanto, “es necesario que cada uno esté en el lugar que le corresponde, de conformidad con sus aptitudes ”, porque, si todo le es lícito a ambos, le cabe al buen sentido determinar lo que sea más conveniente al hombre y a la mujer, para la perfecta armonía en el hogar y, consecuentemente, en el cuerpo social. Queriendo, tal vez, compensarse del largo período de esclavitud al que fue sometida, la mujer moderna está ahora cometiendo un grave error: el de subestimar o incluso rechazar la sublimidad de las funciones que le fueron destinadas por la Providencia, masculinizándose en el peor de los sentidos. Cambia las alegrías sacrosantas del hogar por los gozos turbios del mundanismo, imita al hombre en sus desvaríos y licenciosidades y deja de dar a los hijos la atención y el cariño debidos, perdiendo, ipsofacto, su amor y su respeto, y, lo que es peor, contribuyendo, en gran parte, para que ellos (los hijos), sintiéndose desplazados, se subleven contra la vida, como lo prueba ese trágico fenómeno al que se convino llamar “juventud extraviada”.

Creemos, todavía, que ese estado de cosas sea transitorio. La mujer acabará comprendiendo que, para ser verdaderamente feliz, debe volver a ocuparse de sus deberes de esposa y de madre, mientras el hombre, descendiendo del pedestal de pretendida superioridad en el que se colocó, ha de tributarle el merecido aprecio, convencido, finalmente, de que su compañera tiene derecho a los mismos privilegios humanos, pues, en último análisis, es su querida “mitad”. (Cap. IX, preg. 817 y siguientes) de sus sueños. Diariamente desperdician oportunidades de mejorar, renuevan promesas e intenciones, pero lo cierto es que jamás llegan a realizarlas. Conviene que estemos advertidos, también, de que gran parte de lo que hacemos es producto o resultado de influencias que otros ejercen en nosotros y muchas de nuestras actitudes son el reflejo de ese poder. Inconsciente o conscientemente, imitamos, modelamos y copiamos los actos y pensamientos de otras personas. Así, pues, si pretendemos clasificarnos entre los hombres de primer orden, no debemos alabarnos entre los indolentes, ni entre los negligentes, menos aún entre los pesimistas, que hagan disminuir nuestro interés por las cosas grandiosas, inclinándonos hacia la mediocridad y el comodismo. Inspirémonos, eso sí, en aquellos que demuestran poseer una voluntad poderosa, dominante, y que por ella consiguieron vencer sus propias debilidades y deficiencias, llegando a ocupar lugares destacados, con valor y distinción. Investiguemos cómo y por qué esas personas consiguieron sobreponerse a todas las adversidades, cómo y por qué se hicieron verdaderas estrellas, escribiendo, con sus ejemplos, episodios sublimes de paciencia, firmeza y esfuerzo. Procuremos conocer la biografía de esas criaturas victoriosas que se constituyeron paradigmas para la Humanidad y sigamos, con valor, sus pasos. Como dice el gran Rui Barbosa, “la vida no tiene más que dos puertas: una para entrar, por el nacimiento; otra para salir, por la muerte. En tan breve trayecto cada uno ha de acabar su tarea. ¿Con qué elementos? Con los que heredó y los que crea. Aquellos son la parte de la naturaleza. Estos, la del trabajo. Nadie se desanime, pues, de que la cuna no le fuese generosa, nadie se crea desgraciado, por no disponer de nacimiento de haberes y cualidades. En todo eso no hay sorpresas, que no se puedan esperar de la tenacidad y santidad del trabajo.” Cualquiera, por tanto – concluimos nosotros – en los límites de su energía moral, puede reaccionar sobre las desigualdades nativas y, por la fe en sí mismo, por la actividad, por la perseverancia, por el perfeccionamiento constantes de sus facultades, igualarse y hasta incluso aventajar a los que la naturaleza o la sociedad mejor habían distribuido. En ese perfeccionamiento, no deben ser olvidadas ciertas virtudes a las que podríamos llamar domésticas, como la puntualidad, la delicadeza, la sobriedad, la ética profesional, etc., de que necesitamos para el uso diario, pues muchos hombres mentalmente superiores han fracasado en sus emprendimientos por negligencia en tales cualidades.

Es necesario, también, que adquiramos el hábito de la economía y nos adiestremos en él. No ciertamente, como algunos individuos, que se privan de lo útil y hasta de lo necesario, sólo para ser más ricos; ni tampoco procediendo como aquellos que gastan todo cuanto poseen, y a veces incluso lo que no poseen, malgastando, en cosas superfluas o en el placer de vicios perniciosos y vanidades ridículas. Esos dos extremos son deformaciones infelices. Lo ideal está en el término medio: no ser pródigo, ni avaro, sino gastar con criterio, graduando las necesidades en proporción de las rentas que se tengan, de manera que hayan siempre algunos ahorros, para con ellos formar un capital que nos ponga a salvo de las incertidumbres del mañana. Pero, fijémonos bien en esto: no es sólo el dinero que debemos ahorrar. Hay otros bienes de mayor valía que necesitan y deben ser ahorrados con más cuidado aún. Es el tiempo, que no conviene malgastar, sino que debe ser sabiamente aprovechado en la adquisición de nuevos conocimientos y experiencias que nos enriquezcan la personalidad. Son las energías físicas y espirituales, que no deben ser malgastadas locamente en noches mal dormidas, en la satisfacción de placeres deshonestos, pues tales desarreglos, por ser contrarios a los principios de la moral cristiana, arruinan la salud, roban la paz interior y envilecen la dignidad humana. Al contrario de lo que a algunos pueda parecer, el progreso es ilimitado, infinito, existiendo siempre mil y una posibilidades de realizaciones bien inspiradas, capaces de premiarnos con el éxito y el bienestar. ¡Asumamos, por tanto, una actitud de optimismo y de auto-confianza y marchemos, decididos, hacia delante, siempre hacia delante, en la convicción plena e inamovible de que la vida es bella, buena y venturosa, para todos aquellos que la sepan vivir! (Cap. X, preg. 864)

Tal vez nos pregunte: si es así, si el Espiritismo está predestinado a ejercer gran influencia en el adelantamiento de los pueblos, ¿por qué los Espíritus no desencadenan una frecuencia de manifestaciones ostensivas, patentes, de modo que todos, hasta incluso los materialistas y los ateos, sean forzados a creer en ellos y en las informaciones que nos traen acerca del otro lado de la Vida? Respondemos: ¿Acaso Cristo consiguió convencer a sus contemporáneos cuando realizó, ante ellos, los efectos más sorprendentes, en los tres años que convivió con ellos públicamente? Tales manifestaciones siempre ocurrieron y continúan ocurriendo por todas partes. No obstante, sea por orgullo u otra razón cualquiera, ¿cuántos conocen su autenticidad o se dignan llevarlas en serio, extrayendo de ellas las deducciones filosóficas que producen? ¡No! No es ese el medio por el cual los hombres habrán de ser convencidos, sino por la inteligencia, por la razón, lo que, como quedó dicho al principio, demanda algún tiempo. No se puede negar importancia a los fenómenos espíritas, por la comprobación que ofrecen de la existencia y de la inmortalidad del alma; el Espiritismo comenzó a implantarse en el mundo, principalmente en las clases más cultas, sólo después de ser codificado, es decir, cuando se revistió de un cuerpo doctrinario. “Mientras su influencia no alcanza a las masas – como bien observó Kardec – el Espiritismo va haciendo felices a los que lo comprenden. Incluso los que no han sido testigos de ningún fenómeno, dicen: a parte de esos fenómenos, existe la filosofía, que me explica lo que ninguna otra me había explicado. En ella encuentro, únicamente por medio del raciocinio, una solución racional para los problemas que en el más alto grado interesan a mi futuro. Ella me da calma, firmeza, confianza; me libera del tormento de la incertidumbre. Al lado de todo eso, la cuestión de los hechos materiales es secundaria.” (L. E., conclusión, V)

Tomando por base la difusión extraordinaria que alcanzó en apenas un siglo de existencia, siglo ese abatido y perturbado por las más terribles guerras de la Historia, es de esperar que, muy pronto, el Espiritismo sea la creencia común, o mejor, un conocimiento universal, “porque el propio Cristianismo es quien le abre el camino y le sirve de apoyo.” La venerable Federación Espírita Brasileña, a través de su Editora, una de las mayores del continente, viene dando, en ese sentido, una contribución valiosísima, como ninguna otra entidad lo ha hecho. Sus ediciones de libros básicos de la Doctrina, inclusive en Esperanto, además de esparcirse por todo Brasil y por las Américas, ha penetrado, también, en decenas de países de Europa, Asia y África, concurriendo bastante para la reforma y la evangelización de la Humanidad, acelerando, así, la construcción de un mundo mejor, basado en el Amor, en la Justicia, en la Paz y en la Fraternidad universales. Que Dios, pues, la ampare y continúe iluminando a sus dirigentes, a fin de que sea cada vez más digna de la sublime tarea que Jesús le ha confiado. (Cap. VIII, preg. 798 y siguientes)

Rodolfo Calligaris

Extraído del libro "Las leyes morales. Según la filosofía espírita"