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Escrito por Administrador   
Lunes, 09 de Agosto de 2010 16:10

Un agricultor contrajo una enfermedad en los ojos y decidió ir al médico. No obstante, el precio de la consulta le pareció muy alto y resolvió ir al veterinario que, meses antes, le había cobrado una pequeña cantidad por curar a su burro. El veterinario le aplicó en los ojos el mismo emplasto que utilizaba con las caballerías y aquel hombre quedó ciego. Maldiciendo su suerte, el agricultor presentó su caso ante el juez reclamando justicia.

-Señoría, este hombre me ha dejado ciego. Utilizó conmigo una medicina ponzoñosa que en vez de curarme me ha perjudicado aún más.

-Pero este hombre es un veterinario, ¿por qué no acudió a un médico como es lo razonable? –preguntó el juez.

-Soy un hombre pobre y no podía permitirme pagar los honorarios del médico, pero ese veterinario debía haberme advertido que su emplasto para caballerías me iba a dejar ciego -argumentó el agricultor.

-Señor -dijo el veterinario, que hasta ese momento había permanecido en silencio-, yo siempre trato el mal de ojos de las caballerías del mismo modo y siempre con excelentes resultados, ¿por qué a este asno iba a recetarle algo distinto?.

-¡Pero yo no soy un asno! -protestó el agricultor.

-No es cierto, señor juez; si en vez de un asno fuese un hombre, hubiese ido al médico y no al veterinario, y mejor le hubiese ido si primero se hubiera preocupado por su salud antes que por su bolsa.

El juez absolvió al veterinario.

Extraído del libro "Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de oriente"