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El instinto de conservación, por ser una de las manifestaciones de la ley natural, es inherente a todos los seres vivos. Siendo maquinal entre los especimenes situados en los primeros peldaños de la escala evolutiva, se va desarrollando a medida que los seres animan organismos más complejos y mejor dotados, volviéndose en el reino hominal, inteligente y con razonamiento. Siendo la vida orgánica absolutamente necesaria para el perfeccionamiento de los seres, Dios siempre les facilitó los medios de conservarla, haciendo que la tierra produjese cuanto fuese suficiente para el mantenimiento de todos los que la habitan.
Siendo, entretanto, que, si las criaturas tuviesen que usar los frutos de la tierra sólo en función de su utilidad, la ley de conservación no se cumpliría, Dios tuvo a bien imprimir en ese acto el atractivo del placer, dando a cada cosa un sabor especial que les estimulase el apetito. Además de eso, por la propia constitución somática con que modeló a los seres, les restringió el gozo de la alimentación al límite de lo necesario, límite ese que, si es observado, les aseguraría una salud perfectamente equilibrada.
El hombre, sin embargo, en el ejercicio de su libre albedrío, frecuentemente se propasa, cometiendo toda clase de excesos y extravagancias, resultando de ahí muchas de las enfermedades que lo afligen y lo conducen a la muerte, prematuramente. Pero como nada se pierde en la economía de la evolución, los sufrimientos procedentes de los de abusos que comete le dan experiencia, le fortalecen la razón, habilitándolo, finalmente, a distinguir el uso del abuso.
Se podría decir que, en ciertos lugares del globo, el suelo, menos fértil, no produce lo suficiente para la nutrición de sus habitantes y que el gran número de personas que en ellos sucumben víctimas del hambre parece desmentir que haya una Providencia Divina para proveerlos de los recursos con que cumplir la ley de conservación de la vida. Tales calamidades ocurren, de hecho, pero no por culpa de Dios, a quien no se puede imputar las faltas de nuestra sociedad, en la cual unos se regalan con lo superfluo, mientras otros carecen de lo mínimo necesario. Si los hombres fuesen menos egoístas, si no tuviesen la máscara de religiosos, en esas circunstancias, se prestarían mutuo apoyo, ya que la tierra y ellos mismos pertenecen a una sola familia: la Humanidad. Además de eso, les corresponde a los hombres aplicarse en el estudio de los problemas que los afligen a fin de darles la debida solución, sea perfeccionando cada vez más las técnicas de cultivo de la tierra, para conseguir un aumento de producción, sea por medio de investigaciones, en el sentido de descubrir otras fuentes de alimentos, esfuerzos esos que les engrandecerán la inteligencia, señalando nuevas etapas en el progreso de la civilización.
Aceptada la premisa de que la conservación de la vida es un deber impuesto al hombre por la ley natural, ¿se podría concluir que, en una circunstancia extremadamente crítica, le sea lícito, para matar el hambre, sacrificar a un semejante? ¡No! Eso sería homicidio y crimen de lesa naturaleza. En tal caso, antes morir que matar, pues grande será nuestro merecimiento si fuéramos capaces de tan sublime renuncia por amor al prójimo. Y las privaciones voluntarias, observadas por algunos seguidores de varias religiones, ¿serían meritorias a los ojos de Dios? ¿Contribuirían, efectivamente, para la elevación del alma? Según la Doctrina Espírita, todos los usos que perjudiquen la salud, lejos de acelerar el desarrollo espiritual, lo retardan, pues solapan las fuerzas vitales de sus practicantes, disminuyéndoles la disposición para el trabajo, que siempre fue y continuará siendo el único camino del progreso.
Siendo el objetivo de esclarecer, lo mejor posible, este asunto, Kardec preguntó a sus mentores: “Si no debemos infligirnos sufrimientos voluntarios que no sean de utilidad alguna para los demás, ¿tenemos, en cambio, que tratar de preservarnos de los que prevemos, o que nos amenazan?” La respuesta que obtuvo, clara y precisa, es la siguiente, como broche de oro a estas líneas: “El instinto de conservación ha sido concedido a todos los seres contra los peligros y los padecimientos. Fustigad vuestro Espíritu y no vuestro cuerpo, mortificad el orgullo, sofocad el egoísmo, el cual se asemeja a una serpiente que os devora el corazón, y haréis más por vuestro propio adelanto que con rigores que ya no pertenecen a este siglo”. (Cap. V, preg. 702 y siguientes)
Rodolfo Calligaris
Extraído del libro "Las leyes morales según la filosofía espírita"
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