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Escrito por Administrador   
Viernes, 30 de Julio de 2010 15:01

Como se sabe, los grandes exponentes de las artes jamás se dieron por satisfechos con aquello que consiguieron realizar, aunque, no obstante, sus producciones fuesen verdaderas obras primas; los científicos, de la misma forma, realizaron permanentemente renovados esfuerzos para perfeccionar todo cuanto existe al servicio del confort y del bienestar de la Humanidad, fenómeno ese que prueba la insaciedad del espíritu en sus anhelos de gloria y de progreso. Incluso ente las criaturas comunes, que nada tienen de geniales, ¿existirá quien no sienta, latente, dentro de sí, ese deseo, siempre insatisfecho, de aprender, de conocer cosas nuevas, de ampliar la esfera de sus conocimientos, de dominar los misterios de la naturaleza, de recorrer, uno por uno, todos los ángulos de las artes y de las ciencias?

Creemos que no, a menos que se trate de seres anormales, por cuanto ese impulso es natural e inherente a la especie humana; es natural, decimos, porque proviene de la idea innata que se halla arraigada en las profundidades de su conciencia psíquica: la de la certeza de su inmortalidad y de su semejanza con el Creador, al Cual se dirige, tal como las plantas heliotrópicas se vuelven hacia el Sol cuando él resplandece en los horizontes.

Sí, la intuición de la inmortalidad es un hecho, incluso en aquellos a quien la desilusión de esta vida o el orgullo fatuo llevaron a abrazar las teorías malsanas del materialismo disolvente, que por ahí campea, en estos últimos tiempos, perturbando corazones y anulando caracteres. Ahora, si la vida se limitase al insignificante ciclo de la cuna a la tumba, si todo terminase con la muerte o si la sobrevivencia del alma se verificase en condiciones tales que no comportase ninguna especie de actividad, ¿cuál sería el origen, la causa, el motivo de esa sed de saber, de esos deseos vehementes de progreso, que no cesan jamás, a que nos referimos en líneas más arriba? Pero, no; la vida actual no es si no una de las fases de la vida interminable, y la muerte, consecuentemente, no puede ser el término, sin embargo, es simplemente la unión, es decir, el umbral por el cual pasamos de la vida corpórea a la vida espiritual, desde donde volveremos al escenario de la Tierra, a fin de representar los innumerables actos del drama grandioso y sublime que se llama Evolución.

Tenemos, dentro de nosotros, en estado virtual, los gérmenes de nuestros futuros desarrollos. ¿Cómo, no obstante, asimilar todos los conocimientos del genio y adquirir todas las virtudes de la santidad en una única existencia? ¡Imposible! De ahí la ley sabia y bendita de los renacimientos. Ser bueno no lo es todo. Ser sabio no basta. Es necesario ser bueno y sabio. Urge, entretanto, crecer primeramente en virtud y después en sabiduría, porque la virtud del ignorante (la palabra ignorante, aquí no tiene el sentido peyorativo en que es empleada comúnmente) puede ser utilizada, perfectamente, en beneficio de la colectividad, mientras que la sabiduría en las manos de un malvado puede convertirse en un arma terrible. Que tenga vista el que va por las llamadas grandes naciones, donde los hombres tienen la inteligencia llena de conocimientos científicos, pero conservan sus corazones duros, cerrados a los códigos de la moral evangélica.

El virtuoso sin sabiduría es un fruto silvestre: no satisface a la vista, pero sacia el hambre. El sabio sin virtud es una flor artificial: tiene belleza, pero no tiene perfume. Jesús es el prototipo de la bondad y de la sabiduría reunidas y desarrolladas en grado máximo. Imitarlo, seguir sus pasos, he aquí nuestra meta. Además, Él mismo lo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es por mí”. Aquellos, cuya razón no puede, aún, admitir la realidad de las vidas sucesivas, como medio de depuración y perfectibilidad de los espíritus, en su heliotropismo hacia Dios, lancen sus miradas hacia los innumerables pueblos diseminados por el planeta, señálense con sus usos y costumbres, así como con sus valores materiales y espirituales.

Comparen, después, el patrimonio cultural de cada uno y verán, con asombro, qué enorme es la diferencia que separa a los bárbaros y salvajes (algunos hasta antropófagos), que habitan determinadas regiones del globo, de los hombres civilizados de las grandes ciudades. El contraste es chocante, pero perfectamente explicable, siempre que los consideremos como espíritus en diversos grados de adelanto, reunidos en sus respectivas esferas. Exclúyase, sin embargo, la hipótesis (digamos así) reencarnacionista, es decir, niéguese a los brutos el derecho o la posibilidad de adaptarse, a través de múltiples existencias, a los centros urbanos, y se estará negando la Providencia Divina, atribuyéndole a Dios pasiones que Él no tiene y preferencias que equivocan Sus soberanos atributos. La ley de la reencarnación o pluralidad de las existencias, por consiguiente, por testificar la justicia y la sabiduría de Dios, constituye el único medio a través del cual podremos alcanzar la meta de nuestros destinos, destinos esos basados en aquellas inmortales palabras de Cristo: “Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial.” (Cap. VI, preg. 753 y siguientes)

Rodolfo Calligaris

Extraído del libro "Las leyes morales. Según la Filosofía Espírita"