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No hubo eclipse PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Administrador   
Martes, 27 de Julio de 2010 16:03

“Padre, si quieres, aparta de mí esta copa.”

Los Instructores Espirituales aseguran que la personalidad de Jesús es todavía inabordable para el entendimiento humano. No se tiene la capacidad, la cultura, ni el sentimiento para comprender cabalmente al Maestro. No podemos conocerle sus divinos pensamientos. No le podemos analizar las conductas. Nos faltan los recursos para interpretarle, de manera integral, todas sus palabras y enseñanzas. Por eso, aseguran, es el Cristo aún inabordable a la comprensión del hombre. El Cristo no es contenido para la taza de la comprensión humana. Efectivamente, es muy difícil entender ciertas actitudes del Señor, cual ocurre con la que tuvo por escenario en el Getsemaní. Esa dificultad en la comprensión de los sentimientos de Nuestro Señor, de poder profundizar en su alma sensible y comprender la individualidad universal, se acentúa principalmente, cuando se pretende analizar las palabras proferidas en el huerto, en las horas que precedieron al Calvario: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”

Hay quien interpreta la actitud del Señor como de recelo ante el martirio que se avecinaba. Y los que así piensan, dicen: “Hubo un eclipse en la Gran Alma del Cristo, eclipse que luego se disipó. Fue una nube rápida que ocultó, por instantes, el refulgente Sol. El Cristo Eterno reaccionó prontamente, contra el gesto humano del Hijo de María.” Nuestro pensamiento, con respecto al conmovedor y sublime episodio, es un tanto distinto. A nuestro ver, y teniendo cuidado de realzar la inabordable condición del Cristo, la copa que el Maestro prefería no sorber no era la del madero. Ni la de la corona de espinas. Ni de los clavos, ni de la lanza que le hicieran brotar la sangre generosa. Ni de la muerte entre ladrones comunes. La copa que el Cristo prefería no le fuese dada a beber era la de la compasión. Condoliérase Jesús, con anticipación, previendo el despedazamiento de toda una siembra de espiritualidad y redención a favor de los hombres. Era todo un apostolado de luz y esclarecimiento que se diluía bajo el apasionado impulso de la humanidad, cuya salvación fuera el objetivo fundamental de su venida al mundo.

La Humanidad caminaba en la dirección del abismo y el Cristo lo presentía y sufría, prefiriendo que no ocurriese. “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa…” Habló el Maestro, como hablaría un corazón maternal que observa, en rumbo al precipicio, los pasos trémulos del propio hijo. Corazón exuberante de Amor, desbordante de ternura, ebrio de cariño… La Humanidad era el hijo negligente, temeroso, que oyera las lecciones, mas no les asimilara el contenido. ¡Eclipse del Maestro, nunca! El Cristo fue, y continuará siendo un sol sin eclipses. Un astro que ilumina eternamente, sin alternativas ni oscilaciones. Una estrella de primera magnitud, cuyos reflejos atraviesan todos los cuerpos, por más gigantescos y sólidos que sean. Un sol que transpone y vence infinitas distancias. Así pensando y sintiendo, afirmamos: “No hubo eclipse…”

Jesús presentía que los hombres construían, en silencio, el crimen innominable, por el cual habrían de responder fatalmente, por siglos y milenios. “A cada uno les será dado de acuerdo con sus obras” enseño en reiteradas oportunidades. Percibía, en su Divina Intuición, que los hijos de su alma, (Alma Maternal), engendraban el más hediondo asesinato de toda la Historia universal, a través de su inmolación, de Él que había venido al mundo justamente para redimirlos, para salvarlos. “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa…” Los ciegos y los mudos, los paralíticos y los sordos, los leprosos y los infelices habían recibido de su corazón inagotables beneficios. En el alma de todos, (pobres y ricos, grandes y pequeños), había plantado las semillas de la fraternidad y del perdón. Y ansiaba por que ellas germinasen. Había venido al mundo, así dijo, para lanzar fuego sobre la tierra. “Y bien quisiera que ya estuviese ardiendo…”

No exigía el Maestro el reconocimiento ni la gratitud de los hombres, con todo, esperaba que sus corazones guardasen, retuviesen, el perfume de la renovación, la esencia del Amor que les trajera desde los Santuarios Espirituales. Y los hombres, hijos de su alma, conjuraban, en silencio, su muerte… En alguna parte forjaban, en la sombra, la propia condenación. Se auto sentenciaban. Jesús, en un abrir y cerrar de ojos, en el Getsemaní, entrevió el futuro de la Humanidad. Le descubrió los milenios de pruebas y rescates y se apiadó de los hombres. Su alma se llenó de compasión. Piedad por los hombres que volverían, en nuevos cuerpos, varias veces para el rescate inevitable. No por su cuerpo, ni por su Espíritu, indestructible y eterno, sino por el alma colectiva de la Humanidad que, en aquel instante se preparaba para consumar, con la sangre del justo, su más grande e histórico pecado, el exterminio del Cordero de Dios. La copa del Cristo no fue la del temor, fue la de la compasión. El cáliz del Cristo no fue el del miedo, fue el de la piedad. El trago del Cristo no fue el del recelo ante la cruz de madera, fue el de la tristeza ante la cruz de sufrimientos que los hombres pondrían sobre sus hombros, horas después, cargándola de allí en adelante, por muchos siglos y milenios.

Eclipse – nunca. Cristo es un sol imperturbable, que trasciende cualesquier sombra, que no conoce eclipses… Su corazón, compasivo y misericordioso que ama, sufre y llora por el Hijo Pródigo, se inundaría de felicidad, desbordaría de júbilo, si aquel asesinato no se consumase. “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa…” Mas ante la obstinación de los verdugos, respetándoles el Libre Arbitrio, se vuelve para Dios, sereno y majestuoso: “Padre, si no es posible, hágase Tu Voluntad.”

El Padre quisiera también, que el Sumiso Embajador bebiese, hasta la última gota, en la taza de la incomprensión humana, el licor de la piedad y del amor. De la misericordia y de la compasión Nunca el cáliz del temor, que sería un eclipse nublando un sol radiante, eterno, inocultable.

Eclipse – no…

Martins Peralva
Extraído del libro "Estudiando el evangelio a la luz del espiritismo"