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Desde las más antiguas épocas el hombre ha observado que, al lado de las buenas cosas que hacen de la vida un deleite, existen otras, u ocurren, que son el revés de la moneda, es decir, sólo causan aflicciones, dolores y perjuicios. Fue, por eso, inducido a creer que el gobierno del mundo está dividido por dos autoridades rivales: - Dios, fuente del Bien, y Satanás, agente del Mal. Esa creencia en los dos principios antagónicos, en lucha por el poder, fue y continua siendo, la base de las doctrinas religiosas de todos los pueblos, inclusive católicos y reformistas. Entre estos, la idea de que unos se salvan y otros se pierden para siempre es general, habiendo hasta quien afirme que el número de los que se pierden es mucho mayor que la cifra de los dichosos. Eso quiere decir que el Mal sería más fuerte que el Bien, y que Satanás estaría consiguiendo derrotar a Dios, frustrándole los designios de salvación universal. Pese a la antigüedad de tales conceptos, son falsos y absurdos, diríamos incluso, heréticos.
En efecto, admitir el triunfo del Mal, en perjuicio de la Humanidad, es lo mismo que negar al Padre Celestial los atributos de la omnisciencia y de la omnipotencia, sin los cuales no podría ser verdaderamente Dios. El Espiritismo, que es el Paráclito anunciado por Cristo, contrariando las enseñanzas de la Teología tradicional, nos esclarece que el Bien es la única realidad eterna y absoluta en todo el Universo, siendo el Mal sólo un estado transitorio, tanto en el plano físico, en el campo social, como en la esfera espiritual.
Para que se comprenda esto, es necesario, entretanto, considerar, no las consecuencias inmediatas de todo cuanto observamos, sino sus efectos indirectos, futuros, porque sólo estos, a lo largo de los años, de los siglos o de los milenios, es que harán resaltar, nítidamente, la inhabilidad de la Providencia Divina frente a los destinos de la Creación. Ciertos fenómenos geológicos, por ejemplo, pueden haber sido considerados catastróficos en la época en que ocurrieron; ellos fueron, sin embargo, los que formaron los continentes y los océanos, dándoles los maravillosos aspectos que hoy nos dejan extasiados, provocándonos encanto y admiración.
Muchas guerras internacionales y otras tantas revoluciones internas, aunque se constituyan, como de hecho se constituyen, dolorosos flagelos para las generaciones que en ellas se envuelven, dan oportunidad, a su vez, a la caída de tiranos y opresores, a la extinción de preconceptos y privilegios inicuos, al cambio de costumbres arcaicas, al progreso tecnológico y de la misma naturaleza, resultando de ahí, en favor de los últimos (que seremos nosotros mismos en nuevas reencarnaciones), la mejoría de las instituciones, mayor libertad de pensamiento y de expresión, una justicia más perfecta, mayor confort en los sistemas de transportes, de comunicaciones, en los hogares, etc. Cuando no, es por medio de ellas que los malos se castigan recíprocamente, en consonancia con la enseñanza: “quien con hierro hiere, con hierro será herido”.
Un día, aunque aún esté lejano, cansadas de sufrir el choque de retorno de sus crueldades, dictadas por el egoísmo, por el orgullo y otros sentimientos parecidos, las naciones aprenderán a valorar la paz, buscándola, entonces, sincera y vehementemente, a través de la fraternidad y de la solidaridad cristiana. Así también ocurre con nuestras almas. Creadas simples e ignorantes, pero dotadas de aptitudes para desarrollar todas las virtudes y adquirir toda la sabiduría, necesitarán, vida tras vida, en este orbe y en otros, pasar por un proceso de perfeccionamiento que mucho las harán sufrir.
Es la lucha por la subsistencia, son las enfermedades, las insatisfacciones, los conflictos emocionales, los desengaños, las imperfecciones propias y las de aquellos con los cuales convivimos; en fin, las mil y una vicisitudes de la existencia. En ese auténtico desorden, usando y abusando del libre albedrío, cada cual va recogiendo victorias o amargas derrotas, según el grado de experiencia conquistada. Unos ríen hoy, para llorar mañana, y otros, que ahora se ensalzan, después serán humillados. Sin embargo, todo concurre para enriquecer nuestra sensibilidad, perfeccionar nuestro carácter, hacer que se desarrollen en nosotros nuevas facultades, o lo que podríamos decir, se dilaten nuestros gozos y aumente nuestra felicidad.
¡Bendito sea, pues, el Espiritismo, por la revelación de esa verdad, a la luz de la cual se nos hace patente, esplendorosamente, la Bondad infinita de Dios! (Cap. I, preg. 634)
Rodolfo Calligaris
Extraído el libro "Las leyes morales según la Filosofía Espírita"
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