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Como todos saben, los seres infra-humanos se vuelven adultos y por tanto independientes de los padres en menos de una décima del tiempo medio de vida de la respectiva especie, mientras el hombre necesita de un tercio de su existencia para alcanzar la madurez. Frente a eso, los cuidados y obligaciones de los padres para con sus hijos, entre aquellos, son también muchísimo menores de lo que en la especie humana.
El amor de los animales por la prole es más instinto que sentimiento, y dura apenas mientras sea necesario protegerla contra aquello y aquellos que amenacen su sobrevivencia, cesando, generalmente, cuando ella se muestre apta para defenderse y alimentarse por sí misma, de lo que sea menester para su conservación. En los hombres, ese amor no sólo es más duradero, pues persiste hasta la muerte, como se manifiesta en mayor intensidad, alcanzando, normalmente, la raya del heroísmo.
Esa virtud, entretanto, como sucede con las demás, no se halla igualmente desarrollada en todos los individuos. Existen algunos que no tienen por los hijos el cariño y la solicitud de las aves y de los mamíferos, ya que no titubean en darlos o incluso abandonarlos a la propia suerte desde la más tierna edad. Tales criaturas no se compenetraron, aún, de lo sagrada que es la misión de ser padre o madre. Otros, al contrario, hacen de los hijos verdaderos ídolos, que los colocan por encima de todo y de todos, inclusive de Dios.
En su fanatismo por ellos, los creen poseedores de las más excelsas cualidades, rechazando admitir que sean capaces de cualquier acción menos digna. Eso es porque siempre encuentran un medio de justificar sus errores y su malicia, viendo que ellos son, invariablemente, “víctimas inocentes” de la maldad del mundo. Esa falta de equilibrio entre el amor materno o paterno y el sentido de justicia puede llevar (y han llevado) a muchos padres a practicar crueldades tremendas, desde que se trate de librar a los hijos de una vejación, de una dificultad o de una sanción dolorosa, aunque les corresponda entera responsabilidad por tales situaciones.
La Doctrina Espírita nos esclarece que esa dedicación, diríamos incluso esa devoción de los padres, y principalmente de las madres por los frutos de sus entrañas, siendo comprensible e indispensable hasta cierto punto, puede hacerse perjudicial si no fuera controlada por la mente, es decir, si no obedece a los dictámenes de la Razón, por cuanto, aquellos a los cuales llamamos “nuestros hijos” son, como nosotros, espíritus en evolución, reencarnados en nuestros hogares para que los auxiliemos a mejorarse y a despojarse de sus imperfecciones.
Bajo la apariencia de la angelitud que caracteriza su infancia (sabio proceso de la Providencia para que los amemos), pueden ocultarse individualidades que se desviaron del buen camino, necesitadas de reajuste, exigiendo de nosotros un impulso firme para contener sus malas tendencias, a la vez de asegurarles orientación cristiana para que puedan reformar sus caracteres, adquiriendo el gusto por lo que es bello, puro y noble. En los primeros años de vida de los hijos, más en el período infantil que en la adolescencia, es cuando los padres pueden ejercer una saludable influencia a favor del perfeccionamiento moral de ellos, a través de los buenos consejos y, lo que es más importante, de los buenos ejemplos que les puedan ofrecer.
Si se descuidaron de hacer eso, o, fueron movidos por un amor exagerado, dejaron sin corregir sus impulsos inferiores, los verán al alcanzar la mayoría de edad, reintegrarse en la posesión de sí mismos, revelarse abiertamente tal como son, con las debilidades de las que se resienten y los vicios a los que se aficionaron en existencias anteriores, pagando, entonces, con disgustos, vergüenzas y humillaciones, su desidia para con la ardua, difícil, pero sublime tarea que el Padre Celestial ha confiado a los primogénitos aquí en la Tierra.
Ser padre o madre significa recibir preciosos “talentos” que, conforme la enseñanza de la parábola, deben ser puestos en movimiento con inteligencia para que produzcan los beneficios debidos, es decir, el progreso de aquellos por cuya educación nos hayamos hecho responsables. Tratemos, por tanto, de cumplir con todo rigor los deberes que la paternidad o la maternidad nos imponen, a fin de que, en el día de la prestación de cuentas al Señor, podamos merecer la felicidad de oír de ellos estas confortables palabras: “Bien está, criado bueno y fiel… Entra en el gozo de tu Señor.” (Cap. VII, preg. 773 y siguientes)
Rodolfo Calligaris
Extraído del libro "Las leyes morales según la Filosofía Espírita"
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