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Escrito por Administrador   
Lunes, 31 de Mayo de 2010 15:17

“En donde anunciaban el Evangelio”

En los instantes de vida interior, permitidos por las luchas que se renuevan diariamente, vuelve el hombre a mirar hacia el futuro, lleno de esperanzas, con la seguridad de que en la Tierra conocerá días mejores, cuando se vea inundado por las sublimes vibraciones de la Fraternidad Legítima.

El hombre cree en el futuro. En esa era de comprensión y paz entre las criaturas. Por eso lucha y sufre, confía y espera…

Lucha y sufre, confía y espera el advenimiento de una etapa dorada, rica de espiritualidad, con una absoluta ausencia de sentimientos inferiores que enmarcan, indiscutiblemente, la fisonomía del mundo actual.

Ausencia del odio – que provoca la guerra.
Ausencia del orgullo – que favorece la prepotencia.
Ausencia de los celos – que encienden el fuego de la desesperación.
Ausencia de la envidia – que estimula la discordia.
Ausencia de la ambición – que abre el camino a la locura.

Ese mundo mejor no pertenecerá exclusivamente a nuestros hijos y nietos, como aseguran los que creen, tan solo, en la unicidad de las existencias. Corresponderá a nosotros mismos, a nuestras individualidades espirituales, empeñadas hoy, en la construcción de ese mundo feliz. De ese mundo en donde el mal no tendrá acceso, adonde no habrá lugar para las sombras, porque el bien y la luz serán en él, una magnífica constante.

A través de la Reencarnación, estaremos mañana, nuevamente, en el escenario terrestre, aquí o en cualquier otra parte, utilizando otros cuerpos, prosiguiendo de este modo, experiencias evolutivas iniciadas en remotos milenios. Mañana, durante la cosecha, cogeremos el fruto de nuestra siembra de hoy. Así, como participáramos ayer de redentoras luchas, que se ocultan, momentáneamente olvidadas en la polvareda de los milenios, estamos contribuyendo en la actualidad, para la edificación del porvenir. Las conquistas de orden material prosiguen, deslumbrantes, con ritmo acelerado. Tenemos la certeza de que, a través del esfuerzo de la Ciencia y por la sublimidad del Arte, disfrutaremos más tarde, del bienestar y el confort con absoluta ausencia del egoísmo.

Mientras tanto, en la actualidad, una serie de interrogantes invaden nuestro espíritu. ¿De que valen imponentes ciudades y puentes maravillosos, ínter ligando continentes; naves asombrosas, cruzando el espacio, en todas las direcciones, y los soberbios emprendimientos de la Medicina si, a pesar de todo ese arrojo y esa audacia del pensamiento humano, continuamos, mayoritariamente deficitarios de espiritualidad? Verdaderamente, permanecemos mendigos de amor. Indigentes de bondad. Harapientos de comprensión. Estatuas vivas de egoísmo. Con Nuestro Señor Jesús Cristo, tuvo inicio en la Tierra, la preparación espiritual de la Humanidad par los jubilosos días del futuro. Después de Él, como herederos de valioso patrimonio, se esparcieron los discípulos por todas partes, visitando ciudades y aldeas. Plenos de alegría, “anunciaban el Evangelio”…

Eran ellos, ya en aquel tiempo, los precursores, los pioneros de la civilización del Tercer Milenio, dado a que el Evangelio es, indiscutiblemente, la base, el cimiento, el fundamento, la piedra angular de esa “Civilización de Luz”, de esa “Civilización de Amor” que el mundo conocerá. No alcanzó, entretanto, que pregonasen la Buena Nueva de la Inmortalidad durante el Cristianismo que nacía. Ni que derramasen generosamente su sangre en los circos romanos, de sus cuerpos dilacerados por leones africanos, en holocausto al excelso ideal del Cristianismo. Ideal sublime, contagiante, irresistible, envolvente… Con el tiempo, cesaron los martirios físicos, la crueldad, el ultraje. Los circos se convirtieron en polvo, los tiranos fueron olvidados.

El servicio de expansión evangélica prosigue a pesar de todo. Y proseguirá, en el transcurso de los siglos, edificando las bases de un mundo diferente, los cimientos del mundo mejor que deseamos, por el cual luchamos, en el cual creemos, pero que no está tan cerca como algunos suponen. Sin el conocimiento, y principalmente sin la asimilación Evangélica, no se conocerán, por lo pronto, días mejores. La Ingeniería continuará elevando los más bellos monumentos. Habrán de multiplicarse las maravillas del mundo. Se sublimarán las manifestaciones del pensamiento y de la cultura académica...

Mas si el espíritu del Cristianismo no fuera realmente, sentido y aplicado, el mundo del mañana – el ensalzado mundo del Tercer Milenio, habrá de asemejarse a una inmensa necrópolis, con soberbios y helados sarcófagos. Insensibles, sin calor, sin vida… Sepultura triste – guardando cenizas de presunción y vanidad. Es urgente pues, que sea el Evangelio intensamente anunciado, con el fin de que su divino perfume aromatice las florestas, los campos, los mares profundos, los cielos lejanos. Obviamente, no preconizamos su simple anuncio oral o escrito.

El anuncio de la tribuna, del periódico o solamente a través del libro. Nos referimos, sobretodo, al anuncio vivido, ejemplificado, capaz de contagiar, de convertir, de transformar a cuantos le sientan la influencia dinámica y renovadora. En el pasaje que estamos estudiando, ultrajados e incomprendidos, los anunciadores del Cristianismo, huían hacia otras ciudades, “en donde anunciaban el Evangelio”, con el mismo denuedo, el mismo entusiasmo, el mismo idealismo y la misma perseverancia. Invencibles, dejaron con sus huellas luminosos rastros.

La civilización del Tercer Milenio quedará retardada si nos cruzamos de brazos, si no espiritualizamos las adquisiciones humanas. Será un agradable sueño si no unimos, a todas las conquistas de la ciencia el más bello aspecto de la vida, que es el Espiritual. El más notable monumento puede convertirse, en un instante, en escombro y cenizas. Pero el corazón que, por la fuerza del Evangelio, se eleva hacia el amor, es luz dentro de la Eternidad, que nunca más se apagará…

Martins Peralva

Extraído del libro "Estudiando el evangelio a la luz del espiritismo"