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Escrito por Administrador   
Viernes, 14 de Mayo de 2010 14:52

Sin duda alguna, la tónica de nuestro diálogo con nuestros hermanos desorientados es la paciencia, apoyada en la comprensión y en la tolerancia. Nada de precipitaciones y ansiedades. Bastan las ansiedades del hermano que nos visita y, si pretendemos disminuirla, tenemos que contraponer, a sus aflicciones, nuestra tranquilidad. Si el compañero es agresivo y violento, el esfuerzo debe ser redoblado, por nuestra parte, en no dejarnos envolver por su “faja”.

La voz precisa continuar calma, en tono afable, sin precisar ser melosa; mas es imprescindible que sea sustentada por la más absoluta sinceridad y por un legítimo sentimiento de amor fraterno, sin sentimentalismo exagerado. Esto no excluye, por cierto, la necesidad, a veces, de una palabra más enérgica; mas, el momento de decirla tiene que ser buscado con extrema sensibilidad, tacto y oportunidad. Y, si fuera necesario decirla, es preciso que la voz no se altere al punto de ser violenta, autoritaria o ruda. La energía no está en el tono de voz, y sí en aquello que decimos.

Cierto Espíritu se nos presentó, cierta vez, en estado de terrible agitación. Cayera en poder de implacable hipnotizador, que lo reduciera al más extremo desespero. Aprovechándose de la incorporación al médium y de la protección del grupo, habló aflictivamente de su problema. Este es el hermano al que ya me referí, al contar que, después de ser recogido por los trabajadores espirituales, recayera en poder de su perseguidor. Cuando me levanto para ayudarle, reclama, con los brazos por alto y con desprecio, que de nada valen mis pases y mis oraciones. Desea morir, desintegrarse. Contradictoriamente, dice, a seguir, que se vengará implacablemente de su obsesor, cuando consiguiera encontrarlo. Está poseído de intenso odio y de mucha rebeldía.

A una palabra mía, dice que sí, que pidió a Dios, mas que eso de nada adelantó. Este es el momento en que cierta dosis de energía se torna de imperiosa necesidad. Él fue recogido, por nuestro grupo, en estado de pánico y aflicción indescriptibles, pues desencarnara muy joven, en condiciones dolorosas y trágicas. Fue socorrido y encaminado a una institución del Espacio. A despecho de todo el cuidado, y del cariño de nuestros dedicados hermanos, resbala nuevamente en el precipicio de la desarmonía, que lo vuelve a colocar a merced de sus perseguidores. Ahora, más desarbolado que nunca, exige una solución para su caso, clamando con violencia contra la ineficacia de nuestros métodos de trabajo. Es hora de hablarle con más firmeza, aunque sin el más leve trazo de arrogancia, de resentimiento o de condenación.

Él precisa, aún y siempre, de comprensión y esclarecimiento, mas tiene que reconocer, también, que Dios no se halla a nuestra disposición, para atender cualquier capricho o cumplir órdenes. Dígole, pues, que él no pidió a Dios; él intentó exigir de Dios un inmediato alivio para sus males que, al final de cuentas, son ocurridos por sus propias faltas contra la ley divina. No es así que las cosas funcionan. Por otro lado, tampoco puedo retirarle el dolor, como en un pase de magia. Él debe convencerse de que precisa ser más humilde, más paciente. A esa altura, con todo, su hipnotizador, que se halla presente, recomenzó la inducción, para impedir que él escapase nuevamente de su poder. Uno de ellos intentó seducir la atención de uno de los componentes del grupo – una joven señora – pesquisando su repugnancia por las cucarachas y los ratones. Decía que la sala estaba llena de cucarachas “astrales”, que subían por el cuerpo de ella, y de ratones que corrían de un lado para otro. Tomó un pequeño lienzo, que se hallaba sobre la mesa, y lo dejó sobre las manos que ella conservaba puestas sobre los ojos cerrados. Ella se mantuvo firme, y yo tampoco le dije nada, dejándolo “divertirse” un poco. Durante nuestra conversación anterior – confirmada en el proseguimiento del diálogo – él nos diera inequívoca demostración de capacidad intelectual, poder de oratoria, habilidad como argumentador, agresividad y arrojo. ¡Era un líder, un “profesor” de Doctrina Espírita!...

La escena con las “cucarachas” y los “ratones astrales”, era, en lo mínimo, incongruente, y revelaba desespero, como quién apela para un recurso extremo, cuando hablan los otros. Percibiera, por cierto, que no conseguía convencernos por la argumentación. Hallé, no obstante, que no era aún la oportunidad de hablarle más en serio, sobre sus “recursos”. En la reunión siguiente me pareció que el momento propicio llegara. A cierto punto, desvié su conversación animada, sobre la “doctrina” de Kardec, para el problema de las “cucarachas”:

- ¿Cómo es que usted – le dije yo -, un hombre así inteligente y culto, que se dice líder y Maestro, hace una broma como aquella, de cucarachitas y ratoncitos astrales?

Él parece haber sido cogido por sorpresa; pensó, tal vez, que, como yo dejara pasar la ocasión de hablar, en la sesión anterior, el episodio quedó olvidado. Algo desconcertado, me dice, evasivamente, como quién se disculpa:

- Fue lo que encontré aquí...

Mas estaba evidentemente desorientado y, muchas veces, un pequeño incidente, como este, nos facilita el acceso a la verdadera motivación de su problemática. Mas, no nos olvidemos, el momento tiene que ser oportuno y, para eso, sólo podemos contar con la intuición, dado que los Espíritus que nos ayudan no nos transforman en meros repetidores de sus palabras; ellos nos orientan y asisten, mas dejan a nuestro criterio la conducción del diálogo. Raramente interfieren y, cuando esto se torna imperioso, lo hacen con extrema discreción, limitándose a transmitir una pequeña información, para que el propio esclarecedor la desenvuelva, con sus recursos. En casos excepcionales, bajo condiciones especiales, Mentores Espirituales presentes, se incorporan en otros médiums, para esclarecer al Espíritu manifestado. Es común, en estos casos, hablar con inusitada energía y firmeza y, entretanto, sin el menor trazo de rencor, de impaciencia, de agresividad. Uno de esos compañeros amados, cierta vez dice un ¡“Basta”!, con incontestable autoridad, al Espíritu que hablara con arrogancia e impertinencia. El problema de la palabra enérgica es, pues, extremadamente delicado. Si es pronunciada antes de tiempo, en el momento inoportuno, puede acarrear inconvenientes y peligros incontrolables, pues no podemos olvidarnos de que los Espíritus desarbolados se empeñan, con extraordinario vigor y habilidad, en arrastrarnos para la alteración y el conflicto, clima en el que se sienten mucho más a la voluntad que el esclarecedor. Si éste “chocara a disputa”, estará arriesgándose a serias e imprevisibles dificultades.

No puede, por otro lado, revelarse temeroso e intimidado. Ese término medio, entre des temor e intrepidez, es la señal que distingue a un esclarecedor razonable de uno incapaz, pues los buenos mismo son rarísimos. Y aquél que se juzga un buen esclarecedor está a camino de su propia pérdida, pues comienza a ser vanidoso. Los propios Espíritus desequilibrados se encargan de demostrar que no hay esclarecedores impecables. Muchas veces envuelven, engañan y mistifican. Si el esclarecedor se juzga invulnerable e infalible, está perdido: es mejor pasar sus atribuciones a otro que, aunque no tan cualificado intelectualmente, tenga mejor condición, si consigue mantenerse al mismo tiempo firme y humilde. La interferencia enérgica es, pues, una cuestión de oportunidad; precisa ser decidida a la vista de la psicología del propio Espíritu manifestante, y de la manera sugerida por la intuición del momento. Nunca debe ir a la agresividad, a la irritación, a la cólera, y jamás al desafío. Cualquiera de nosotros redobla sus energías, cuando desafía. Es humano, es incontestablemente humano, ese impulso.

Cuando alguien pone en duda, aunque sea uno, de nuestros más modestos atributos, tratamos luego de probar que, al contrario, es en aquello que somos buenos. Además, sería desastroso retroceder, intimidado, después de una observación más enérgica. El Espíritu perturbado sacaría de esto el mejor partido posible, para sus fines. Una de las muchas armas que manipulan, con extrema habilidad, es la del ridículo. cayésemos en la tontería de decirles algo que no podemos sustentar, o que revelase una pequeña pizca de cinismo, de hipocresía o de prepotencia, estaremos en apuros muy serios. Es preciso, pues, estar atentos y preparados para interferir con más energía, seguros de que firmeza no es estupidez, ni grosería, y que el más profundo amor fraterno puede y debe coexistir en el mismo impulso de exhortación franca y animosa. Precisamos saber cuando decir que ellos están errados, y por qué. Nada de gritos y puñetazos en la mesa. Esos momentos de firmeza son también necesarios cuando el Espíritu entra en el proceso que acostumbro llamar de “crisis”, o sea, cuando comienza a percibir que está cediendo. También veremos esto más adelante, en este libro. Baste decir aquí que la energía, en este caso, tiene que ser aún más suavizada, animosa, y no represiva. En resumen, la palabra enérgica es necesaria, indispensable, mismo, en frecuentes ocasiones, porque en muchos casos es factor decisivo en el despertar del hermano aturdido; mas debe de ser dosificada, con extrema sensibilidad, y, el momento cierto, y escogido con seguro tacto.

Herminio C Miranda

Extraído del libro "Dialogo con las sombras"