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Es bastante común oír a personas maduras afirmar que sufrieron mucho en su infancia o en su adolescencia y que, de ninguna manera, desean lo mismo para sus hijos. Recuerdan haber empezado muy jóvenes a trabajar para ayudar en los gastos de su casa, de los deseos que jamás fueron concretados, como la pelota de fútbol, la bicicleta nueva, el viaje de recreo. Recuerdan algunas carencias, de no haber tenido privacidad cuando les hubiera gustado, porque necesitaban dividir la habitación con los hermanos, y no había espacio suficiente en la casa de sus padres. Recuerdan y recuerdan, con cierta amargura, lo que les causó dificultad y reafirman que harán de todo para que sus hijos no tengan que pasar por lo mismo. Por eso, crecen los niños y niñas sin muchos problemas.
Van a la escuela, llevan dinero para la merienda, ni siempre saludable, viajan en las vacaciones, juegan y holgazanean. Nada les falta, para que no sufran, para que no se frustren, para que no tengan decepciones.
No se les exige ningún esfuerzo. Nada de lo que desean dejan de recibir. Viendo tantos padres que así proceden, nos recordamos de un médico americano que, además de curar a sus enfermos, tenía como objetivo transformar el terreno de su casa en una floresta. Vivía plantando árboles.
Apenas regresaba del hospital, tras efectuar las visitas de rutina a los pacientes, se metía en un overol, se ponía un sombrero panamá en la cabeza , guantes en las manos y salía al jardín. Lo inusitado del caso no era el pasatiempo del médico, sino la forma como trataba a los árboles más jóvenes. No los regaba. Decía que regar las plantas hacía que crecieran con raíces superficiales. Los árboles que no eran regados, decía, necesitaban criar raíces profundas para buscar humedad. Eso les concedía más firmeza.
Hablaba con los árboles y los incentivaba para que crecieran fuertes, para que pudieran enfrentar los vientos fríos y las tempestades. Y los árboles se volvían recios, y parecían decir que las adversidades y las privaciones los habían beneficiado. Nuestros hijos, como los árboles del buen médico, quizás encuentren adversidades en la vida. Tal vez tengan que recorrer caminos difíciles, enfrentar vientos fríos de soledad, de desesperanza. Ellos también necesitan crear raíces profundas, de modo que no sean volteados cuando las lluvias caigan y los vientos soplen fuertes, intentando derribarlos.
Aprendamos a decir no, de vez en cuando, para que nuestros hijos aprendan que no todo les estará siempre disponible. Aunque no sea necesario, confiémosles tareas, exigiendo que las ejecuten, para entrenar la responsabilidad. En síntesis, enseñemos a nuestros hijos a andar solos, a enfrentar problemas, a luchar por lo que desean, para que endurezcan su carácter, crezcan fuertes como el roble y sean firmes como las rocas.
Padres y madres, reflexionemos en el hecho de que criamos nuestros pequeños para la vivencia del mundo, en sociedad. Siendo así, vamos a ofrecerles una mejor estructura, enseñándoles a cooperar en el hogar, para que aprendan, el día de mañana, a cooperar en el mundo. Pensemos en los tiempos difíciles del mundo y preparemos a nuestros hijos para que los enfrenten con vigor. Ocupemos sus manos con el trabajo honesto, pongamos en sus mentes la luz del evangelio y enseñémoslos a valorar el tiempo, el dinero, la salud, la inteligencia, todo en fin de lo que sean dotados.
Historias morales
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