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La castidad PDF Imprimir E-mail
Leon Denis
Escrito por Administrador   
Sábado, 10 de Enero de 2009 19:42

¿Quieres sentir tu alma libre? ¿Quieres tener una inteligencia sana y tu razón lucida? La primera condición para conseguirlo es ser sobrio y casto. Los excesos en la mesa turban el organismo y las facultades en el ser humano. La embriaguez hace perder toda dignidad y todo comedimiento. La reincidencia en este vicio conduce a una serie de enfermedades y de achaques que acarrean una vejez miserable.

Al cuerpo hay que darle lo necesario, con el fin de hacer del un servidor y no un tirano: tal es la regla del hombre sensato. Reducir la suma de necesidades materiales, comprimir los sentidos, dominar los viles apetitos es emanciparse del yugo de las fuerzas inferiores, es preparar la emancipación del Espíritu. Tener pocas necesidades constituye también una de las formas de riqueza.

El hombre debe procurar vivir en una atmósfera que no le asfixie, sino que al contrario le brinde la paz y la alegría; el no ha venido a la tierra a sufrir, porque Dios no le ha creado para el sufrimiento. Viene a ensayar sus fuerzas, para progresar. Hagamos el bien, y en el bien viviremos. La tierra no es un desierto estéril; hay manantiales de agua cristalina para saciar la sed que siente el cuerpo y también hay raudales de virtudes para saciar la sed que siente el alma.

Los placeres de la carne ablandan, enervan y desvía el camino de la sabiduría. La voluptuosidad es como un mar donde el hombre ve zozobrar todas sus cualidades morales. Cuando los placerse invade el alma del hombre esta ve zozobrar todas las cualidades morales, es como una ola que lo inunda y que le absorbe y apaga todas sus luces y las llamas que tenga su ser. Lejos de satisfacer, aviva sus deseos.

Modesto visitante al principio, el placer acaba por dominar y poseer entero al ser que le da cabida. Es necesario evitar los placeres corruptores ya que ellos debilitan la juventud y la vida se marchita y altera. El formar una familia, es hacer un marco regular de una existencia honrada. El amor de la esposa, el afecto a los hijos y la sana atmósfera del hogar, son soberanos preservativos contra las pasiones. En medio de la familia el hombre es el único apoyo, por eso aumenta su responsabilidad, crece su dignidad y gravedad, comprende mejor sus deberes y en los goces que esta vida le proporciona obtiene fuerzas que facilita su realización.

Aprender a dirigir a los demás es aprender a dirigirse a si mismo, se hace prudente y sensato, y aprender a apartar lo que puede manchar su existencia. Es culpable vivir solo, dar la vida a los demás, vivir con unos hijos a los que hemos hemos sabido hacer ser buenas personas, entregados al servicio del bien y morir después habiendoles inculcado el sentimiento profundo del deber y unos conocimientos extensos del destino, constituye una noble tarea. Si existe una excepción en esta regla, es a favor de aquellos que, por encima de la familia, han colocado a la humanidad, y para servirla mejor, prefieren consagrar todos sus instantes, todas sus facultades y su alma entera a una causa que muchos ignoran, pero que ellos no pierden nunca de vista.

La sobriedad, la continencia, la lucha contra las seducciones de los sentidos no son, como pretenden los sensualistas, un menoscabo de las leyes naturales, un empequeñecimiento de la vida; por el contrario revelan en el que lo observa y la sigue un conocimiento profundo de las leyes superiores, una intuición esclarecida del porvenir. El voluptuoso, separado por la muerte de todo cuanto le seduce, se consume en vanos deseos. Frecuenta las casas de perversión y busca ambientes terrenales que le recuerdan, su manera de vivir. Así se aferra cada vez más a las cadenas materiales, se aleja de la fuente de puros goces y se consagra a la bestialidad y a las tinieblas.

Buscar los placeres en las voluptuosidades carnales es privarse por mucho tiempo de la paz que gozan los Espíritus Elevados. Solo la pureza puede proporcionar esta paz. Las pasiones y deseos crean imágenes y fantasmas que nos persiguen hasta en sueños y turban nuestras reflexiones. Por el contrario, lejos de los placeres falaces, el Espíritu se recoge, se reconcentra y se abre hacia lo infinito. Un proverbio oriental dice: ¡Se puro para ser feliz y para ser fuerte!

Extraído del libro “Después de la Muerte”
León Denis.