La solución que acabamos de dar a los problemas de la vida está basada en la lógica más rigurosa. Está conforme con las creencias de los grandes genios de la antigüedad, con las enseñanzas de Sócrates, de Platón, de Origène, de los druidas, cuyas visiones profundas, hoy reconstituidas por la historia, confundían al espíritu humano, veinte siglos atrás. Formó el fondo de las filosofías de Oriente. Inspiró obras y actos sublimes; nuestros padres los galos sacaban de ello su indomable coraje, su desprecio a la muerte. En los tiempos modernos, ha sido profesada por Juan Reynaud, Enrique Martín, Esquirros, Pierre Leroux, Victor Hugo, etc. Sin embargo, a pesar de su carácter absolutamente racional, a pesar de la autoridad de las tradiciones en las cuales reposan, estas concepciones serían cualificadas de hipótesis puras y confinadas al dominio de la imaginación, si no pudiéramos sentarlas en una base inquebrantable, en experiencias directas y sensibles.
Cansado de teorías y sistemas, el espíritu humano, ante toda afirmación nueva, reclama hoy pruebas. El Espiritismo experimental nos aporta estas pruebas de la existencia del alma, de su inmortalidad, nos aporta materiales, evidencias, basta con observar fríamente, seriamente, estudiar con perseverancia los fenómenos psíquicos, para convencerse de su realidad, de su importancia; para sentir las vastas consecuencias que tendrá, desde el punto de vista de las de las transformaciones sociales, aportando una base positiva, un sólido punto de apoyo a las leyes morales, al ideal de justicia sin el cual ninguna civilización puede engrandecerse. Las almas de los muertos se nos revelan a los humanos. Manifiestan su presencia, dialogan con nosotros, nos inician a los misterios de las vidas renacientes, a los esplendores de ese futuro que será el nuestro. Hay aquí un hecho real, muy poco conocido y demasiado a menudo dudoso. Las experiencias del Espiritismo han sido acogidas por el sarcasmo, y todos los que se ocuparon de ello al principio han sido burlados, ridiculizados, considerados como locos. Tal fue en todos los tiempos la suerte de las ideas nuevas, la acogida reservada para los grandes descubrimientos. Consideramos como trivial el uso de las mesas giratorias; pero las leyes más grandes del universo, las fuerzas más poderosas de la naturaleza, no se revelaron de manera más imponente. ¿No fue gracias a los experimentos realizados sobre ranas que se descubrió la electricidad? La caída de una manzana demostraba la atracción universal, y la ebullición de una marmita, la acción del vapor. En cuanto a ser tachados de locos, los espíritas comparten sobre este punto la suerte de Salomón de Caus4, de Harvey5, de Galvani6 y de tantos otros hombres sabios. Cosa digna de observación: la inmensa mayoría de los que critican apasionadamente estos fenómenos ni los observaron ni los estudiaron, o bien lo hicieron superficialmente; mientras que en el número de los que los conocen y afirman su existencia, contamos con los sabios más grandes de la época. Como tales están, entre estos últimos, en Inglaterra: Sir W. Crookes, miembro de la Sociedad Real de Londres, físico eminente a quien se debe el descubrimiento de la materia radiante; Russel Wallace, competidor de Darwin; Warley, ingeniero jefe de los telégrafos; F. Myers, presidente de la Psychical Research Society; O. Lodge, rector de la Universidad de Birmingham; en América, el jurisconsulto Edmunds, presidente del Senado; el profesor Mappes, de la Academia nacional; en Alemania: el astrónomo Zoellner; en Francia: Camille Flammarion, el doctor Peul Gibier, alumno de Pasteur, Vacquerie, Eugenio Nus, C. Fauvety, el Coronel de Rochas, el profesor Ch. Richet, miembro del instituto, el doctor Maxwell, fiscal general de la Corte de Apelación de Burdeos. En Italia el profesor Lombroso célebre después de haber discutido mucho tiempo la posibilidad de los hechos espiritistas, después de estudio, ha reconocido públicamente la realidad. ¡Qué se diga de qué lado está la garantía de un examen serio, de madura reflexión! Galileo, a aquellos qué negaban el movimiento de la Tierra respondía “¡Y sin embargo, se mueve!” Crookes se pronuncia así respecto a los hechos espiritistas: “no digo que esto puede ser, digo que esto es”. La verdad, calificada de utopía al principio acaba siempre por prevaler. Constatamos sin embargo que la actitud de la prensa respecto a estos ha cambiado sensiblemente. Ya no se burla, no los ridiculiza; divisa en ello hay algo serio. Los grandes periódicos de París, Le Figaro, Le Matin, L’Eclair, Le Journal, Le Petit Parisien, etc., publican frecuentemente artículos importantes sobre estas materias. La doctrina del espiritualismo experimental se difunde en el mundo con una rapidez prodigiosa. En Estados Unidos, sus adeptos se cuentan por millones; En Europa ha iniciado, y hasta en los lugares más lejanos, se fundan sociedades de investigación, aparecen numerosas publicaciones. Un instituto metapsíquico ha sido fundado en París, con concurso del Estado, para el estudio experimental de estos hechos. El concurso de sujetos particularmente dotados es indispensable para la obtención de golpear nuestros sentidos sin una provisión de fluido verdadero que toman de estos sujetos, llamados médium. Todo el mundo posee rudimentos de mediumnidad, que se desarrolla por el trabajo y el ejercicio. El alma, en su existencia de ultratumba, no es privada de forma. Posee un cuerpo fluídico, de materia vaporosa y quintaesenciada, nombrada periespíritu, que preexiste y sobrevive al cuerpo material, y es a la vez su red, el modelo y el motor. Este periespíritu o cuerpo fluídico posee todo un organismo sutil, y es por su acción, combinada con fluido vital de los médium, que el Espíritu se les manifiesta a los humanos, deja oír golpes, desplaza objetos, se comunica con nosotros por signos convenidos. En ciertos casos, hasta puede hacerse visible, tangible, producir de la escritura directa, mensajes, y hasta impresiones y moldeados de su envoltorio materializado. Todos estos hechos han sido observados millares de veces por los sabios que ya nombramos y por personas de todo rango, de toda edad y de todo país. Prueban experimentalmente la existencia, alrededor nuestro, de un mundo invisible, poblado de las almas que dejaron la Tierra, entre las que se encuentran aquellas a las que conocimos, amamos, y con las que nos reuniremos un día. Son ellas quienes nos enseñan la filosofía consoladora y grandiosa de donde no hemos esbozado más que sus rasgos esenciales. Y qué se sabe que estas manifestaciones, consideradas, por tantos hombres -bajo el efecto de los perjuicios estrechos- como extrañas, anormales, imposibles; estas manifestaciones siempre existieron. Relaciones continuas unieron el mundo de los espíritus con el mundo de los vivos. La historia da fe de ello. La aparición de Samuel a Saul, el genio familiar de Sócrates, los de Tasso y de Jérôme Cardan, las voces de Juana de Arco, tantos otros hechos análogos, proceden de las mismas causas. Solamente, lo que se consideraba en otro tiempo como sobrenatural y milagroso se presenta hoy con un carácter racional, como un conjunto de hechos regidos por leyes rigurosas, cuyo estudio origina en nosotros una convicción profunda y alumbrada. El mundo invisible es, en realidad, sólo la prolongación del mundo visible. Más allá de los límites trazados por nuestros sentidos, hay formas de la materia y de la vida de las que la ciencia entiende cada vez más como posibles, desde que el descubrimiento de la materia radiante, la aplicación de los rayos X, los trabajos de Hertz sobre la telegrafía sin hilo, de Lockyer sobre las nebulosas, los de Becquerel, Curie, Lebon sobre la radioactividad de los cuerpos, le abrió todo un dominio ignorado de la naturaleza. Los hechos espiritistas están lejos de ser despreciables, constituyen una de las revoluciones más grandes intelectuales y morales que se hayan producido en la historia del globo. Son el argumento más importante que se pueda oponer al materialismo. La certeza de revivir más allá de la tumba, en la plenitud de nuestras facultades y de nuestra conciencia, hace desaparecer el fantasma de la muerte. El conocimiento de las situaciones felices o penosas, hechas a los Espíritus por sus buenas o malas acciones, es una acción poderosa y moral. La perspectiva de los progresos infinitos, conquistas intelectuales, que esperan a todos los seres y los llevan hacia destinos comunes, puede sólo acercar a los hombres, unirles por lazos fraternales. La doctrina del Espiritismo experimental es la única filosofía positiva que responde a todas las necesidades morales de la humanidad. Léon Denis Extraído del libro “El porqué de la Vida”
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