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El Apóstol del Espiritismo PDF Imprimir E-mail
Leon Denis
Escrito por Administrador   
Lunes, 06 de Octubre de 2008 17:04

Considerado como el sucesor y propagador de la Doctrina Espirita, codificada por Allan Kardec. Léon Denis (léase Dení) nació en la pequeña localidad de Foug, situada en los alrededores de Toul, en Francia, el primero de Enero de 1846. Su casa era humilde, al igual que sus pa­dres Josephine (que era materialista) y Ana Lucía Denis (que era espirita).

Tempranamente conoció, por necesidad, los trabajos manuales y los pesados encargos de la familia. Desde sus primeros pasos en este mundo, sintió que los amigos invi­sibles lo auxiliaban. En lugar de jugar y participar de activi­dades propias de la juventud, buscaba instruirse lo máxi­mo posible. Leía obras edificantes, consiguiendo de esta manera, y con esfuerzo propio, desarrollar su inteligencia. Era un autodidacta serio y competente. Jamás desperdició ni siquiera un minuto de su tiempo, con distracciones frívolas, a las que acuden la gran mayoría de los hombres para matar las horas.

Con 12 años de edad concluyó la educación pri­maria, y la situa­ción modesta de su familia no le permitió grandes estudios. Tuvo tempranos pro­blemas de salud especialmente con su vista. Tenía 16 años cuando se destacó como uno de los mejores oradores y de los más ardientes propagandistas. Con 18 años de edad se convirtió en representante comercial, actividad que lo obligaba a viajar constante­mente, y que la desempeñó hasta edad avanzada. Denis admiraba la música y siempre que podía asistía a una presentación de ópera o concierto. Le gustaba tocar el piano buscando acordes de músicas conocidas para su propio deleite. No fumaba, era casi exclusivamente vegetariano y no ingería bebidas fermentadas, considerando al agua la be­bida ideal.

Tenía el hábito de mirar con interés los libros expues­tos en las librerías. Un día, cuando aún tenía 18 años, la llamada casualidad hizo que su atención fuese despertada para una obra de título inusitado, ese libro era «El Libro de los Espíritus» de Allan Kardec. Disponiendo del dinero necesario, lo com­pró e inmediatamente se dirigió a su casa para leerlo con avidez. Citando sus propias palabras: «En él encontré la solución clara, com­pleta, lógica, acercó del problema uni­versal. Mi convicción se volvió firme. La teoría Espírita disipó mi indiferencia y mis dudas». En esa hora, su espíritu se sintió sacudido por los compromisos asumidos en el espacio, para iniciar en breve el trabajo de propagación de las verdades kardequianas. «Como tantos otros, buscaba pruebas, hechos precisos, para apoyar mi fe, pero estos hechos demoraron mucho en venir; al prin­cipio insignificantes, contradictorios, mezclados de frau­des y mistificaciones, que no me satisficieron, al punto de pensar - en ocasiones - en interrumpir mis investigacio­nes, pero sustentado, como lo estaba, por una teoría só­lida y de principios elevados, no desanimé. Parece que lo invisible desea examinarnos, medir nuestro grado de per­severancia, exigir cierta madurez de espíritu antes de en­tregarnos sus secretos».

Mientras se encontraba en sus trabajos de experimentaciones, un importante acontecimiento se ve­rificó en su vida: Allan Kardec llegó a la ciudad de Tours para pasar unos días con sus amigos, y fueron invitados todos los espiritas de la ciudad para recibirlo y saludarlo.

En 1880, cuando recorría las villas y ciudades por fuer­za de sus deberes profesionales, pronunciaba conferen­cias y fundaba círculos y bibliotecas populares. Es incalcu­lable el número de conferencias proferidas en Francia con el propósito de propagar la Liga de Enseñanza, fundada por Jean Macé.

El año de 1882 marca definitivamente el inicio de su apostolado, enfrentando sucesivos obstáculos: el mate­rialismo y el positivismo que miraban al espiritismo con ironía, y las risas de los creyentes de las demás corrientes religiosas que no hesitaban en aliarse a ateos, con el pro­pósito de ridicularizarlo y debilitarlo. Sin embargo Léon Denis, como buen paladín, enfrenta la tempestad. Los compañeros invisibles se colocan a su lado para alentarlo y exhortarlo para la lucha.

-Coraje amigo-le dijo el espíritu de Juana de Arco - estaremos siempre contigo para auxiliarte e inspirarte; jamás es­tarás solo. Todos los medios se te ofrecerán, a su debido tiempo, para un buen cumpli­miento de tu obra.

El 2 de noviembre de 1882, día de los difuntos, se produjo un evento de gran importancia en su vida: la manifestación, por primera vez, del espíritu que durante medio siglo sería su guía, su mejor amigo, su pa­dre espiritual, Jerónimo de Pra­ga, que le dijo: «Marcha, hijo mío, por la senda abierta frente a ti, caminaré junto a ti para sos­tenerte». Y como Léon Denis indagó si su estado de salud le permitiría estar a la altura de la tarea, recibiendo esta otra afirma­tiva: «Coraje, la recompensa es más bella». A partir de 1884, consideró conveniente realizar conferen­cias buscando la mayor difusión de las ideas espiritas. En 1885 escribió El por qué de la Vida en el que explica con nitidez y simplicidad lo que es el Espiritismo.

En 1892, recibió una invitación de la Duquesa de Pomar, para hablar de Espiritismo en su residencia, en una de esas mañanas célebres, en que se reunía casi todo París. Al principio Léon Denis estuvo indeciso y temeroso, pero después de mucho meditar, pesando las responsabilidades, aceptó la propuesta.

El éxito de su libro Después de la Muer­te lo situó como escritor de primer or­den. Los grandes periódicos y revistas eclécticas lo solicitaban, las sucesivas edi­ciones se agotaban rápidamente. La noticia publicada por Le Journal, de París, acerca de la reunión en la casa de la duquesa decía: La reunión de ayer, fue una de las más elegantes, participó Léon Denis con una conferencia sobre la Doc­trina Espírita. De una elocuencia muy literaria, el orador supo encantar al nu­meroso auditorio, hablando del destino del alma, que puede, según él, reencarnar hasta su perfecta depuración. Él posee el alma de un Bossuet, supo crear un entu­siasmo espiritualista.

La principal obra literaria de Denis fue la concerniente al Espiritismo, sin embargo escribió otras según afirmación de Henri Sausse, tales como: Tunisia, Progreso, Isla de Cerdeña, entre otras. A partir de 1910, la vista de Léon Denis fue debilitán­dose día a día. La intervención a la que se había sometido dos años antes, no le proporcionó ninguna mejoría. So­portaba con calma y resignación la marcha implacable de ese mal que lo castigaba desde su juventud. Aceptaba todo con estoicismo y resignación. Jamás lo vieron quejarse. Sin embargo, nos podemos imaginar cuan grande debió ser su sufrimiento. Mantenía una voluminosa corres­pondencia. Jamás se aburría, amaba la juventud, la alegría del alma. Era ene­migo de la tristeza.

El mal físico, según él, debía ser mucho menor que la angustia que ex­perimentaba por el hecho de no po­der manejarla pluma. Secretarias oca­sionales substituían su dificultad en el oficio, sin embargo, su gran dificul­tad consistía en revisar y corregir las nuevas ediciones de sus libros y de sus escritos. Pero gracias a su espíritu de orden, a su incomparable memo­ria, superaba todos esos contratiem­pos sin molestar o importunar a los amigos.

Después de la muerte de su progenitora, una sirvienta cuidaba de su pequeña habitación. Léon exigía so lamente una cosa: absoluto respeto a sus numerosas no­tas manuscritas, a las cuales arreglaba con meticulosa pre­caución. Fue justamente por causa de esa antigua manía que la Duquesa de Pomar lo denominó de «el hombre de los pequeños papeles».

En 1911, después de los esfuerzos en la preparación de la nueva edición de la obra El Problema del Ser, del Desti­no y del Dolor, cayó gravemente enfermo. El tratamiento enérgico de su médico, para contrarrestar la neumonía, lo puso de pie en corto tiempo.

Un grande y profundo dolor le estaba reservado cuan­do se produjo la primera guerra mundial en 1914, al ver partir para el frente de batalla a la mayoría de sus amigos. En aquel entonces Léon padecía de una enfermedad intestinal y estaba parcialmente ciego. A través de la incorporación, sus amigos del espacio y entre ellos un espíritu eminente, le comunicaban de tiem­po en tiempo sus opiniones sobre esta terrible guerra en sus dos aspectos: visible y oculto.

Estas prácticas lo llevaron a escribir un cierto número de artículos publicados en la Revue Spirite, en la Revue Suisse des Sciences Psychiquesó y en el Echo Fid, todo su gran amor por la tierra donde nació, dentro de la ley de causa y efecto. Cuando la guerra se aproximaba a su fin, la Revue Spirite pasó a publicar en todos sus números artículos de Léon Denis. Después de la guerra, aprendió braille, lo que le per­mitió actualizarse y fijar sobre el papel los elementos de capítulos o artículos que le venían al espíritu, pues en esta época de su vida estaba casi ciego.

En 1915 iniciaba una nueva serie de artículos repasa­dos de poesía profunda y serena, sobre la voz de las cosas, preconizando el retorno ala naturaleza. En esta época un fuerte viento soplaba contra el Espiritismo. El fenomenismo metapsiquista diseminaba a los cuatro vien­tos la doctrina del filósofo puro P. Heuzé, que a través de L’Opinion pregonaba en­trevistas y comentarios tendenciosos. Afir­maba prematuramente que a medida que la metapsíquica fuese avanzando el Espiri­tismo iría pasar, perdiendo terreno. Sin em­bargo, su profecía no se cumplió. Después de la vigorosa respuesta del Sr. Jean Meyer, por la Revue Spirite, Léon Denis entró en la discusión, en calidad de presidente de honor de la Unión Espírita Francesa, con una carta dirigida a Matirn, en la cual establecía, con admirable nitidez, la diferencia existente entre el Espiritismo y el Metapsiquismo. A partir de ese momento, Léon Denis tuvo que ejercer una gran actividad perio­dística para responder de manera brillante, como era de esperarse, a las críticas y ataques de altos miem­bros de la Iglesia Católica.

En marzo de 1927, con 81 años de edad, terminó el manuscrito que tituló: El Genio Céltico y el Mundo Invisible, y en ese mismo mes la Revue Spirite publicaba su último articulo.

El martes, 12 de Marzo de 1927, alrededor de las 13 horas, Léon Denis respiraba con gran dificultad víctima de una neumonía. La vida parecía abandonarlo, su estado de lucidez era perfecto. Sus últimas palabras, pronuncia­das con extraordinaria calma, pero con mucha dificultad, fueron dirigidas a su asistente Georgette: Es necesario terminar, resumir y… concluir (haciendo alusión al prefa­cio de la nueva edición biográfica de Kardec). En este exacto momento, le faltaron completamente las fuerzas para articular otra palabra. A las 21 horas su espíritu ascen­dió. Su semblante parecía en éxtasis.

Las ceremonias fúnebres se realizaron el 16 de Abril. A pedido suyo, el entierro fue modesto, sin oficio de cualquier iglesia confesional. Está sepultado en el cemen­terio de La Salle, en Tours.

Extraído de la “Revista Espirita.”