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La Escalera de Jacob PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Martes, 21 de Octubre de 2008 14:57

Nacimiento y muerte determinan el tránsito especial entre el Cielo y la Tierra. Día y noche, sin cesar, descienden y suben los Ángeles por la escalera simbólica de la visión bíblica de Jacob. Los Ángeles son espíritus, y el Apóstol Paulo esclareció que son mensajeros. Traen y llevan mensajes de un plano hacia el otro. Son mensajes de amor, de estímulo, de orientación y encorajamiento. Los mensajes son dados, en la mayoría, a través de intuiciones, en la Tierra, a los destinatarios encarnados. Mas habrá también las que son dadas por vía mediúmnica, a través de un médium, o por sueños. Esta comunión espiritual permanente se conoce desde las épocas más remotas. Mas solo en 1857, con la publicación de El Libro de los Espíritus, de Allan Kardec, en Paris, el problema fue encarado como positivo y llevado a la consideración de los sabios y de las instituciones científicas. Las Iglesias Cristianas, teniendo al frente la católica Romana, se levantaron contra esta posición, que decían simplista, de un grave problema teológico. Solo los clérigos y los teólogos, según ellas, tenían el derecho de tratar el asunto. Un siglo después, la cuestión estaba en las manos de las Ciencias y la Ciencia Espírita, fundada por Kardec, era colocada al margen del mundo científico, por no poseer un objeto legítimamente científico, material, al alcance de los sentidos humanos. Richet levantara, en la Metapsíquica, la tesis del sexto sentido, y Kardec sustentaba que los fenómenos mediúmnicos, por el hecho mismo de ser fenómenos, constituían el objeto sensible de la Ciencia Espírita.

En 1830 los profesores Joseph Banques Rhine y William McDougall lanzaban en la Universidad de Duke, en Carolina del Sur (Estados Unidos de América) la nueva Ciencia de la Parapsicología, para la investigación de estos mismos fenómenos. Y en 1840 ambos proclamaban, con sus colaboradores, la prueba científica d la Clarividencia. De allí en adelante creció rápidamente en el mundo el interés por el asunto y surgieran pesquisas y cátedras en todas las grandes Universidades de América y de  Europa. Hoy la cuestión es pacífica en el plano científico, y también en el religioso, puesto que la Iglesia aceptó la realidad de los fenómenos y se interesó efectivamente por las pesquisas. La Parapsicología avanzó rápidamente, siguiendo la trilla de la Ciencia Espírita, sin ningún desvío.

Vencida la barrera de los preconceptos y de las sistemáticas a que se apegaban numerosos científicos, la Parapsicología se definió como la Ciencia del Hombre. Rhine, al aposentarse en la Universidad de Duke, estableció la Fundación para la Pesquisa de la Naturaleza Humana. La Parapsicología sustenta la natura-leza espiritual del hombre y sus posibilidades de acción extensiva e intensiva en el plano físico y mental o espiritual. “La mente, que no es física, actúa sobre la materia por vías no físicas”, declaró Rhine, apoyado por grandes nombres de la Ciencia en todo el mundo. Esta declaración cambió el panorama cultural del planeta. Hoy ninguno duda, cuando nace una criatura, que se trata de un espíritu humano reencarnado biológicamente en la Tierra. Aunque aún existan sectores científicos reacios a la nueva Ciencia, se afirmó en el mundo de manera definitiva. Los científicos que la niegan o rechazan son considerados retrógrados o se definen a si mismos como pertenecientes a religiones que no deben aceptar los nuevos principios.

La muerte perdió el sentido de negación de la vida. Los fenómenos Tetha, uno de los últimos tipos de fenómenos paranormales pesquisados por la Parapsicología, nada más son las comunicaciones mediúmnicas. Más allá del tránsito entre la Tierra y el Cielo – el más movilizado del mundo – existe ahora la comunicación permanente entre los hombres y los espíritus. Los descubrimientos físicos en el plano de las pesquisas sobre la estructura de la materia demostraran que no vivemos en un mundo tridimensional, sino multidimensional. Los que mueren en la Tierra pasan hacia los planos de la esfera semimaterial, de materia rarefacta, que la circunda, y, conforme su grado evolutivo, para las hipóstasis espirituales entrevistas por Plotino, en la fase helenista de la Filosofía Griega. En las sesiones espíritas, en todo el mundo, millares de personas consiguen conversar con amigos y parientes muertos, que dan pruebas evidentes de su  sobrevivencia después de la muerte. Las restricciones de los sistemáticos y preconceptuosos continúan, mas la realidad se impone de tal manera que estas restricciones han disminuido asustadoramente. La Tierra se espiritualiza, a pesar del materialismo de las religiones. Y la muerte ya no amedrenta a millares de millones de criaturas que muren todos los días.

Generalmente no se piensa en lo que esto representa para la Humanidad. Entregados a sus preocupaciones absorbentes del día a día, hombres y mujeres aún viven en la Tierra como hace millones de años. Cuidan de la vida sin preocuparse con la muerte. Esta posición anestésica es útil en la Tierra, mas desastrosa en los planos espirituales. En las manifestaciones de espíritus (fenómenos tetha) se puede evaluar el perjuicio causado a las criaturas por esta alienación a la materia. Embriagados por sus ansias de conquistas materiales, prácticamente tragadas por la vida práctica, la mayoría de los que mueren no tienen la menor noción de lo que es la muerte. Entran en pánico después del traspaso, apegándose después a personas amigas de sus relacio-nes, perturbándolas sin querer o procurando, a través de ellas, sentir un poco de la seguridad perdida en la Tierra. Además de estos prejuicios, la falta de educación para la muerte causa el perjuicio mayor de los desesperos, angustias existenciales y locuras que hoy barren la Tierra en toda su extensión. Por otro lado será preciso considerar los perjuicios inmensos producidos por la ignorancia de las finalidades de la vida. Las mismas Ciencias sufren de esta ignorancia, que les barra el camino de descubrimientos necesarios para la mejoría de las condiciones de la vida terrenal.

Por más atildados y dedicados que sean los científicos, si no tuvieren conocimiento de las leyes fundamentales que rigen al planeta y condicionan a la Humanidad, no podrán penetrar en las causas de los males y problemas que enfrentan. Será cuestión pacífica que la falta del conocimiento preciso y amplio del medio en que estamos nos deja entregados a peligros que no podemos prever. Es lo que ahora mismo acontece, en el caso de la polución peligrosísima del planeta por las exigencias del desenvolvimiento industrial. La falta de interés por la Ecología sumergió  al mundo en una situación desastrosa, que aún no sabemos como podremos superar. La Ciencia se atiene a los efectos, dejando las causas por cuenta de la Filosofía y de la Religión. Esta última se cerró en dogmas ilusorios, mandando a los santos la cuestión fundamental de las causas. Entregados a los conocimientos empíricos de la realidad constatada en los efectos, los hombres consiguieran realizar la hazaña trágica de la polución total del planeta, con los más graves perjuicios para la vida humana, como también para los vegetales y los animales. Nos descuidamos de la muerte y perdemos la vida. Si no cambiamos urgentemente de actitud, transformaremos la Tierra en una Luna sin atmósfera.

Nuestra insistencia en la consideración escatológica de la muerte, en su función esencialmente destructora – negándole el papel fundamental de controlador de la vida y la de renovador de las civilizaciones –, parece haber provocado una reacción en nuestra propia estructura óntica que nos transformó en nadifica-dores de nosotros mismos y de toda la realidad. El extraño privilegio que pretendemos, de ser los únicos seres condenados a la nada, un Universo en donde todo se renueva y se eleva, constituye la más espantosa contradicción de toda la Historia Humana. Esta contradicción monstruosa deforma la figura del hombre en el mundo que al contrario de imagen y semejanza de Dios, aparece como la fiera más temible del planeta, donde las fieras salvajes son sistemáticamente destruidas y devoradas por el animal dotado de inteligencia creadora, sentimiento, moral, comprensión de su espiritualidad y sensibilidad ética y estética. El humanismo apasionado de Marx, que soñaba sin saberlo con el Reino de Dios en la Tierra, se negó a si mismo al formular la teoría del poder totalitario y absoluto de una clase social contra las otras. Larissa Reissner, quien luchó por los bolcheviques de armas en la mano, se muestra desolada, en las páginas brillantes de su libro Hombres y Máquinas, al referirse a los campos de trabajos forzados de la URSS, en que antiguos y bravos compa-ñeros de lucha pagaban bajo el poder soviético el precio de sus ilusiones para el fortalecimiento del Estado-Leviatán de Hobbes.

La terrible dialéctica de las revoluciones sociales materialistas,  sin Dios ni corazón, llevó al Marxismo a la picota de la ley de negación de la negación, negándose a si mismo en el proceso histórico. Sin el respeto del hombre por si mismo, por su condición humana, todos los intentos de mejorar el mundo acaban en la asfixia de la libertad, nadificando al hombre después de transformarlo en objeto. Sería esta también la contradicción fundamental de Sartre en El Ser y la Nada y en la Crítica de la Razón Dialéctica. Mas es precisamente de las contradicciones entre la tesis y antítesis que podemos obtener la síntesis que nos da la verdad posible de cada problema  Los ángeles que descienden por la escalera de Jacob, en la alegoría bíblica, representan la tesis de la proposición existencial – la verdad posible del Cielo, o sea, de los planos divinos, entendiéndose por divino aquello que supera la condición material. Mas son estos mismos ángeles que regresan para el Cielo representando la antítesis. El tránsito espacial resulta de la síntesis humana en que la propuesta terrena y la respuesta celeste se funden en el proceso existencial de la trascendencia. Por esto Kardec rechazó las revelaciones proféticas del pasado, individuales y exclusivistas, que generaran las religiones de la muerte, estableciendo el principio de las revelaciones conjugadas, de naturaleza científica, en que el mundo es la tesis, el hombre es la antítesis y la verdad es la síntesis. Esta síntesis, como acentuó León Denis, es la mundividencia espírita, de difícil comprensión para los ángeles que descienden y se quedan en la rutina terrenal, en el círculo vicioso de las reencarnaciones repetitivas. La verdad posible esta entredicha a ellos, no por condena divina, mas por opción propia. Cuando ellos rompieren el círculo vicioso podrían comprender esta verdad, la verdad posible, al alcance del hombre que supo transcenderse.

En la dialéctica espírita el hombre propone la tesis, el espíritu responde con la antítesis y la Razón elabora la síntesis del conocimiento posible. La religión, como enseña Kardec, sería la consecuencia de la revelación espiritual fundida con la revelación científica. La verdad posible tiene su legitimidad y su validez precisamente en esta fusión. Los limites de la vida terrenal condicionan la realidad humana a las posibilidades cognitivas de la mente humana actualizada en  la materia. El espíritu revela un principio espiritual y el científico revela la ley terrenal a ella correspondiente. Solo en este proceso de perfecto equilibrio el hombre podrá evitar los peligros del misticismo alineante, para vivir en la Tierra marchando hacia la trascendencia, a través de la Existencia. Es este el proceso que permite la fusión dialéctica de Ciencia y Religión, como fundamento de toda la verdad posible en la Era Cósmica. Por esto, no insistimos en el Espiritismo por sectarismo o proselitismo, mas por el hecho incontestable de que el solo nos ofrece los instrumentos conceptuales necesarios a la conquista de la realidad. Sin la fusión de la afectividad con la razón no podríamos alcanzar la síntesis del conocimiento general, en la fragmentación de los efectos sin el esclarecimiento de las causas. El método inductivo de la Ciencia nos permite reunir los efectos para la comprensión posible de la causa única y trascendente.

J. Herculano Pires
Extraído del libro " Educación para la muerte"