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Prepararse para la vida es educarse para la muerte. Porque la vida es una espera constante de la muerte. Todos sabemos que tendremos que morir y que la muerte puede sobrevenir en cual-quier instante. Esta certeza absoluta e irrevocable no podrá ser colocada al margen de la vida. Quien se atreva a decir: “La muerte no importa, lo que importa es la vida”, no sabe lo que dice, habla con insensatez. Pero también los que solo piensan en la muerte y se descuidan de la vida son insensatos. Nuestra muerte es nuestro rescate de la materia. No somos materiales, sino espirituales. Estamos en la materia porque ella es el campo e que fuimos plantados, como las simientes deben germinar, crecer, florecer y fructificar. Cuando cumplimos toda la tarea, tengamos la edad que tuviéramos, la muerte nos viene a buscar para reintegrarnos en la condición espiritual. Basta este hecho, que es incontestable, para demostrarnos que nuestra vida de-pende nuestra muerte. Cada pensamiento, cada emoción, cada gesto y cada paso en la vida nos aproximan de la muerte. Y como no sabemos cual es la extensión del tiempo que nos fue marcado o concedido para prepararnos para la muerte, conviene que iniciemos cuanto antes nuestra preparación, a través de una educación según el concepto de existencia. Cuanto antes nos preparemos para la vida en términos de educación para la muerte, más fácil y benigna se tornará nuestra muerte, a menos que pesen sobre ella compromisos agravantes de un pasado criminal.
La preparación para la vida comienza en la infancia y los padres son responsables por ella. El niño es el ser que se proyectó en la existencia, disparado como un proyectil que debe transpa-sarla del comienzo al fin, agujereando la barrera de la muerte para alcanzar la trascendencia. Viene al mundo con su maleta invisible, cargada de sus adquisiciones anteriores en las vidas sucesivas. Muchas veces la maleta es tan pesada que los padres casi no soportan cargarla y temen abrirla. Mas habrá siempre ayudantes invisibles que tornan la tarea más fácil de lo que parece a primera impresión. Sea como fuere, el huésped llegó para quedarse, pues pertenece a la familia y es generalmente en el seno de esta donde tiene los mayores compromisos, siempre recíprocos e inaplazable, intransferibles. En su bagaje, incorporada a su organismo físico y psíquico, podría haber miembros incompletos, destruidos, desgastados, no se sabe donde ni cuando, psiquismo descontrolado, mente descarrilada y muchas cosas más que la convivencia irá revelando. La carga más pesada será casi siempre el odio, aversión o antipatía a elementos de la familia, que se tornan a veces intolerables. Cabe a la familia luchar para corregir todos estos desarreglos, sin nunca desamparar al huerfanito, que, como enseñó Kardec, viene al mundo vestido con el ropaje de la inocencia.
El niño revela todo su bagaje mientras no alcance la fase de maduración necesaria para comunicarse con facilidad. En el período de maduración ejerce sus funciones básicas de adaptación, de integración en la vida y en el medio, que propiciarán a los familiares, particularmente a los padres o a los que los sustituyen, la introyección de estímulos renovadores en su inconsciente, por medio de actitudes y ejemplos. El instinto de imita-ción del niño favorece y facilita el trabajo de los padres y de los familiares, y ellos mucho podrán hacer en su beneficio, desde que mantengan en el hogar un ambiente de amor y comprensión. El niño es como un árbol – decía Taggore –, se alimenta del medio en que se desenvuelve, absorbiendo sus elementos y produciendo la fotosíntesis espiritual que beneficiará a todos los que le rodean de cuidados y atenciones. El ejemplo es, así, el medio más eficaz de renovarlo, desligando su mente del pasado, para que inicie una vida nueva. La hereditariedad genética funciona paralelamente a la ley de afinidad espiritual. De esto resulta la confusión de los materialistas, que atribuyen todos los factores hereditarios exclusivamente al gen, aumentada por las influencias ambientales y educacionales. Los casos de gemelos idénticos, que llevaran al Prof. Ian Stevenson a la investigación de la reencarnación, deberían ser suficientes para demostrar que la pangenética materialista es muchas veces una víctima del preconcepto y de la precipitación, llevando a los científicos a confundir cuerpo y espíritu, contra lo cual Descartes ya los advirtiera en el inicio de la era científica.
Aunque la influencia genética sea dominante en la formación de las características de familias y razas o subrazas, la verdad es que el problema de las patronizaciones orgánicas, genialmente intuido por Claude Bernard, en los primordios de la Medicina Moderna, solo hasta ahora está siendo revelado en sus aspectos sorprendentes por las investigaciones científicas en este campo específico. Las experiencias con transplantes de miembros en embriones de ratas demostraron que una pata trasera del embrión, transplantada hacia el lugar de un brazo, se desenvuelve, bajo la influencia del centro patronizador local, como brazo. La formación total del organismo está dirigida por el cuerpo bio-plasmático, comprobado e investigado por los científicos soviéticos de la Universidad de Kirov, pero los centros energéticos de este cuerpo se distribuyen en subcentros locales que operan en el proceso genésico de acuerdo con las funciones específicas de los órganos. Por otro lado, las pesquisas parapsicológicas revelaron la poderosa influencia de la mente – ya hace mucho aceptada por el pueblo y sospechada por diversos especialistas – en la formación y desenvolvimiento de los organismos humanos.
La misteriosa emanación de ectoplasma del cuerpo de los médiums, en las experiencias metapsíquicas de Richet y otros, y su posterior retracción, en la reabsorción por el cuerpo, probada experimentalmente en las pesquisas de Von Notzing y Madame Bisson, en Alemania, confirmaron la existencia del modelo energético del cuerpo intuido por Claude Bernard. En las pesqui-sas recientes de Kirov y de universidades americanas y europeas quedó demostrado que el ectoplasma está constituido por energías del plasma físico que, por a vez, está formado el referido cuerpo. Estas y otras pesquisas y experiencias universitarias ofrecen base científica a la intuición de Ubaldi, quien vio en los fenómenos de materializaciones de espíritus en las sesiones experimentales mediúmnicas el desenvolvimiento de una nueva genética humana hacia el futuro, en la cual las mujeres serían liberadas del pesado encargo de la gestación y del parto de la herencia animal. Gustave Geley y Eugene Osty, continuadores de Richet en las pesquisas metapsíquicas, verificaron que la ocurrencia de emanaciones bioplasmáticas de los médiums es más constante de lo que se suponía en el siglo pasado, verificándose en reuniones comunes de manifestaciones espíritas. El misterio de las formaciones de ageneres, que Kardec llamó apariciones tangibles, en donde las personas muertas se presen-tan a amigos y parientes como aún vivas en el cuerpo, capaces de todos los actos de una persona común, deshacen el misterio del ectoplasma de Richet y derrumban el dogma de la resurrección carnal de Jesús, dándole razón al Apóstol Pablo, quien enseña en la I Epístola a los Corintios: “El cuerpo espiritual es el cuerpo de la resurrección.” Es significativo que hubiese cabido a los científicos soviéticos, en la Universidad de Kirov, probar a través de pesquisas tecnológicas la realidad de estas ocurrencias. La reacción ideológica del poder soviético no pudo científicamente anular los resultados de estas pesquisas ni escamotear la calidad científica de los pesquisadores.
Frente a estos datos, una persona normal comprenderá que el problema de la sobrevivencia del hombre después de la muerte y el de su regreso a la existencia a través de la reencarnación no son residuos de un pasado supersticioso o de religiosismo ilógico, por lo tanto fanático, son, por lo contrario, problemas científicos de nuestro tiempo. No se trata de creer en esto u en aquello, de pertenecer a esta u aquella religión, sino de plantear la cuestión espiritual en términos racionales para poder llegar a una conclusión real. No vivimos más en el tiempo de las religiones tradicionales y aunque no lo podamos aceptar, actualmente, el misticismo irracional, ignorante, alienante y sentimental salvacionista. Estas religiones que nos prometen la salvación en términos de dependencia a sus principios contradictorios y absurdos, solo subsisten en este siglo gracias a la ignorancia de la mayoría, de las masas incultas y del prestigio social, política y económica que consiguieran en un pasado bárbaro de la Tierra. Por esto mismo ahora se pulverizan a nuestros ojos en millares de sectas ingenuas pastoradas por criaturas audaces y violentas. Una persona medianamente instruida no podrá aceptar las absurdas verdades, por más piadosas que sean, de estas religiones de salvación. Mas la verdad demostrada por las investigaciones de la Ciencia, en el plano mundial, en los mejores centros universitarios de la Tierra, se torna indispensable para orientarnos en la vida, en búsqueda de una trascendencia racional, que no resalta de viejas escrituras sagradas de las civilizaciones agrarias y pastorales, sino de la evidencia de las conquistas del conocimiento en la actualidad.
Un ciudadano ilustrado, diplomado y doctorado, que acepta al mismo tiempo los dogmas absurdos de una iglesia y los Principios racionales de la Ciencia, demuestra desconocer el principio de contradicción, de la lógica, en que dos cosas no pueden ser, al mismo tiempo y en el mismo sentido, ambas verdaderas. Este ciudadano, por más honesto que sea, sufre de una falla mental en su raciocinio, producida por interferencia de elementos afectivos y exacerbados en su mundividencia. Toda su cultura, todos sus títulos, toda su fama en los medios socio-culturales no podrán salvarlo de la condena intelectual a que se destina y de la ingenuidad infantil a la cual se entrega en el plano filosófico. O aceptamos la verdad científica demostrada y probada de nuestro tiempo, con sus perspectivas abiertas hacia el mañana, o nos inscribimos en las filas sin fin de los retrógrados, intentando tapar inútilmente el sol con las manos.
El amor a la verdad es intransigente, porque la verdad es una sola. Los que sustentan el refrán ignorante de la verdad de cada uno, simplemente revelan no conocer la verdad y sus exigencias.
La Educación para la Muerte solo podrá basarse en la Verdad Única, probada con exclusión total de las verdades fabricadas por los intereses humanos o por el comodismo de los que nada buscan y por esto nada saben. El hombre educado en la Verdad no usa las máscaras de la mentira convencional ni puede ser sistemático. La pasión de la verdad rechaza toda mentira y lo hace recordar los versos de Tobias Barreto, aplicándolos al campo incruento de las batallas por el Futuro:
Cuando se siente golpear en el pecho heroica cachetada, se deja la hoja doblada mientras se va a morir. La intuición de estos versos supera las exigencias formales de la poética para inscribirlos en la realidad viva de una existencia humana volcada hacia la trascendencia. Cuando la verdad es herida, o simplemente tocada por dedos impuros, aquel que la ama en términos de razón cierra el libro de sus estudios y pesqui-sas para morir por ella, si fuere necesario. Mas, entregando el cadáver a la Tierra, que de hecho pertenece, resucita en su cuerpo espiritual y regresa a los estudios súbitamente interrumpidos. La reencarnación le permitirá, también, retomar en la Tierra, en otro cuerpo carnal regido por su mismo cuerpo espiritual, los trabajos que en ella dejara. La muerte no es un esqueleto, con su calavera de ojos agujereados y una guadaña siniestra en los hombros, como se la figuraran dibujantes y pintores de otros tiempos. Su imagen real, líricamente cantada por lo poeta Rabindranath Taggore, es la de una novia espiritual, coronada de flores, que nos recibe en los portales de la Eternidad para las nupcias del Infinito. Aquellos que así la conciben no le temerán nunca, ni desearán precipitar su llegada, pues saben que ella es la mensajera de la Sabiduría, que viene a buscarnos después de la labor fecunda y fiel en los campos de la Tierra.
“Ven, oh Muerte, cuando llegare mi hora, a envolverme en tus guirnaldas floridas” – exclamaba Tagore en uno de sus poemas-canciones, ya viejo y cansado, mas con sus ojos serenos reflejando entre las inquietudes humanas la luz de las estrellas distantes.
Si consiguiéramos encarar a la muerte con esta comprensión y este lirismo puro, desprovisto de los excesos mundanos, sabremos también transmitir a los otros, y especialmente a quienes nos aman, la verdadera Educación para la Muerte.
La Verdad, el Amor y la Justicia forman la tríada básica de esta nueva forma educacional que podría y debería salvar al mundo de su perdición en la locura de las ambiciones desmedidas. Esta tríada expulsará de la Tierra los espantos del Odio, del Miedo, de la Violencia y de la Maldad, que hacen al hombre retornar constantemente a la animalidad primitiva. Entonces no pensaremos más en huir hacia la Luz y de allá, como júpiteres de opereta, lanzarnos hacia el planeta que nos abrigó en el proceso evolutivo los rayos de nuestra ferocidad. La Astronáutica se liberará de sus implicaciones bélicas y los satélites espías de las grandes potencias infernales desaparecerán para siempre. No somos los herederos del Diablo, ese pobre ángel caído de las leyendas piadosas, que nos lanza en la impiedad. Somos hijos y herederos de Dios, la Consciencia Creadora que no nos edificó para la hipocresía, mas para la Verdad, la Justicia y el Amor.
J. Herculano Pires Extraído del libro "Educación para la muerte"
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