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El problema de la violencia PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Miércoles, 19 de Enero de 2011 15:50

Llamamos civilización del Espíritu a aquella en la cual los valores espirituales regirán la vida social. Para eso es necesario que la sociedad esté constituida por seres morales, criaturas formadas en los principios de la moral-consciencial. Esa moral corresponde a lo que Hubert considera las exigencias de la conciencia. No se trata, pues, de un concepto de moral metafísica, de una formulación utópica de soñadores.

Aun cuando lo fuese, la definición que de la utopía hizo Karl Mannheim nos socorrería con respecto a su validez. Si las utopías son -como dice Mannheim- percepciones anticipadas de realidades futuras -posibilidad probada por las investigaciones parapsicológicas-, resultaría que no estamos tratando de hipótesis carentes de sentido. Mas cuando aludimos a la conciencia, estamos pisando sobre la tierra y no pensando en el cielo. La conciencia es un dato positivo, una realidad antropológica y social que nadie puede animarse a negar. Ella influye sobre nuestra vida, sobre nuestro comportamiento en las relaciones humanas y, por eso, se proyecta de una manera innegable en el plano de lo sensible.

Sabemos que la conciencia varia de grados en lo relacionado con su estructura y su coherencia. Y sabemos también cuales son los peligros concretos de una conciencia inmadura, aun no suficientemente definida, y, por tanto, indolente o incoherente, contradictoria, que puede producir catástrofes en el ámbito de su influencia o de su dominio. Las variaciones de la moral entre los grupos humanos y las mismas civilizaciones devienen más del grado evolutivo de la conciencia dominante en la sociedad que de los factores mesológicos y sus consecuencias económicas. En el plano religioso, la conciencia es un factor determinante de la realidad religiosa. La conciencia judaica de Saulo de Tarso hizo de él un perseguidor sanguinario de los cristianos primitivos, el lapidador cruel de Esteban. Más, al reaccionar su conciencia ante los principios cristianos, él se transformó en el Apóstol de los Gentiles y en el mayor propagador del Cristianismo. Las exigencias de la conciencia son siempre las mismas en todos los hombres. Las variaciones de grados y de coherencia son consecuencia del proceso de maduración y de las condiciones del medio y de la educación.

La conciencia madura en la proporción en que las experiencias van revelando al Espíritu su ansia latente de trascendencia. La voluntad de poder -de Nietzsche-, es el primer impulso que lleva al hombre, todavía en la selva, a querer sobrepujar a los demás, elevándose por encima de las condiciones generales del medio. Ese impulso se prolongará en el proceso evolutivo. El hombre se envanece de su capacidad de subyugar a su prójimo, de mandar, de imponer miedo, respeto, sometiéndolo todo a su voluntad. Su conciencia se abre en el plano individual, más, encerrándose en si misma. Es el reconocimiento de su poder que, naturalmente, lo embriaga y lo conduce hacia excesos peligrosos. Pero en la proporción en que las ligaciones del clan se desarrollan, el parentesco, la simpatía y las afinidades se manifiestan, la embriaguez del poder va siendo atenuada, contenida por el influjo de los límites inevitables. Luego, el agotamiento progresivo de las fuerzas físicas y el peligro a las enfermedades, a la competición con iguales o más fuertes que él, y, por fin, a la certeza de la muerte irán abatiendo su arrogancia.

En las reencarnaciones sucesivas esas experiencias se renuevan, pero el impulso de trascendencia se acentúa, llevándolo a procurar otros medios de superación: El poder social, la hipocresía, la estrategia de las posesiones materiales y de las posiciones de mando. Sólo lentamente, durante el transcurso del tiempo, aprisionado por las reacciones que lo enredan en situaciones difíciles, muchas veces torturantes, su conciencia comienza a abrirse hacia el respeto de los derechos de los demás La interacción social, en la reciprocidad de las obligaciones y de las necesidades, en la transformación de los instintos en sentimientos, irá poco a poco despertándolo hacia nuevas dimensiones de consciencia. La Violencia del hombre civilizado tiene sus raíces profundas y vigorosas en la selva. El homo brutalis tiene sus leyes: Subyugar, humillar, torturar, matar. Su valor esta siempre por encima del valor de los demás. Su creencia es la única valida. Su modo de ver al mundo y a los demás hombres es el único certero. Su dios es el único verdadero. Sólo lo que es bueno para él es bueno para la comunidad. Los que se oponen a sus designios deben ser eliminados por el bien de todos. La violencia es su método de acción, justificado por su valor personal y por su capacidad única de juzgar. Teje el mismo la trama de fuego de su futuro en las encarnaciones dolorosas que tendrá que enfrentar.

Las religiones de la violencia han hecho de Dios una divinidad implacable y los libros básicos de sus revelaciones están llenos de homicidios y genocidios practicados en nombre de Dios. No obstante, mézclanse con las ordenes violentas extraños preceptos de amor y bondad. Son las lecciones de conciencias desarrolladas luchando por despertar a las que, endurecidas y apegadas a si mismas, asfixian los gérmenes del altruismo en las garras del egoísmo. Es un espectáculo dantesco el que ofrece un alma vigorosa, dotada de un intelecto capaz de comprender sus propias limitaciones y empeñada en rebajar su condición humana, descendiendo hasta los brutos en lugar de buscar la elevación moral a la que está destinada. En los momentos de transición, como los que estamos viviendo, la violencia desencadenada exige la oposición vigorosa y el sacrificio de quienes ya han alcanzado el desarrollo consciencial de la civilización. La complicidad con las prácticas de la violencia, por parte de las conciencias esclarecidas, retarda la evolución colectiva y rebaja a los cómplices a posiciones indignas. Lo mismo acontece en lo relacionado con la aceptación de los principios erróneos por conveniencia. El Espíritu se coloca entonces en lucha consigo mismo, negando su propio desarrollo consciencial y encendiendo en si mismo la hoguera de los remordimientos futuros.

La civilización del Espíritu se convierte, de tal manera, en el resultado de un parto doloroso. Mas, como todos los partos, él tiene que realizarse. Y si fuera posible el aborto, la civilización se cerraría en si misma y todos los responsables se sumergirían con ella en las tinieblas de la miseria moral. Las etapas de transición, en la evolución de los mundos, son también etapas de juzgamiento individual de los seres que los habitan. Esa es la razón del mito del juicio final, en el que todos serán juzgados. Pero no habrá un tribunal divino en las nubes, dado que ese tribunal esta instalado naturalmente en la conciencia de cada individuo. La presencia del juez es omnímoda y fatal, porque cada cual será quien se juzgue -inevitable e implacablemente- a sí mismo. La agonía de las religiones es la agonía de un mundo. Por eso la Tierra entera participa de esa misma agonía. La caída de los dioses mitológicos del mundo clásico fue también la caída de los grandes imperios. En vano Cesar intento desligarse de Júpiter y aceptar al Dios único. La conversión del Imperio fue su propia muerte. La Edad Media procuró restablecer el reino de la violencia en nombre de Jesús. Eso duro un milenio, pues la integración de los bárbaros con el Cristianismo exigía una reelaboración lenta y un reajuste penoso de las contradicciones culturales. El Renacimiento señaló el advenimiento de lo que parecía ser, en realidad, una civilización cristiana. Mas los residuos de la violencia volvieron a fermentar en las nuevas estructuras socio-culturales. La prueba histórica de que la carga de violencia era enorme está hoy ante nuestros ojos, en la explosión de violencias en todos los niveles del mundo contemporáneo. Nuestra esperanza es la de que esta explosión sea la catarsis final. El homo brutalis va a desaparecer. Pero para eso es necesario el despertar de nuevas dimensiones en la conciencia actual. No será sustentando y justificando a las estructuras religiosas envejecidas y sumisas a las ordenaciones del pasado bíblico como facilitaremos el advenimiento de la nueva era. Mucho menos por la negación de la misma esencia del hombre, tarea esta que cumplen las ideologías materialistas.

La búsqueda de la intimidad personal con Dios, en términos fantasiosos, o la negación de Dios en nombre de una razón ilógica son formas contradictorias que asfixian a la conciencia. El rechazo del Evangelio o el sostenimiento de una interpretación sectaria equivalen, igualmente, a la negación de los valores espirituales del hombre. La estructura moral de la conciencia esta delineada de una manera indeleble en las páginas de la enseñanza moral de Jesús. Tenemos que profundizar su estudio y tratar de aplicarlo en nuestra vivencia social. La civilización cristiana va a salir ahora del tubo de ensayo y pasará a consolidarse en la forma verdadera de una civilización del Espíritu, en la que los principios espirituales encarnarán en las normas de conducta, en las expresiones del comportamiento del Hombre Nuevo. El problema de las relaciones humanas, colocado bajo la forma de etiqueta en las viejas estructuras nobiliarias de Oriente y Occidente, formalizado extremadamente en los tiempos feudales y convertidos en protocolo de conveniencias en el Mundo moderno contemporáneo, tendrá que volver al punto de partida de las enseñanzas y de los ejemplos de Jesús. La regla áurea del amor prevalecerá en un Mundo regido por la moral consciencial, dado que la primera exigencia de la conciencia humana es la del amor al prójimo, despreciada y ridiculizada en las sociedades mercenarias, al punto de inducirnos a su contrario: El odio, esa ceguera del Espíritu que alimenta a la violencia en el Mundo. El pragmatismo de las sociedades contemporáneas cosificó al hombre, lo que equivale a decir que lo nadificó en el plano moral. Peor que la nadificación mediante la muerte -de la teoría de Sartre-, es esa nadificación en vida que reduce a la criatura humana a un objeto de uso. El hombre vuelve a la condición de los instrumentos vocales de Cicerón, un instrumento que habla. Puede ser incluido entre los útiles manoseables, de Heidegger.

El public-relations de hoy es el fámulo o sirviente medieval, renovado por la técnica, domesticado para sonreír y reverenciar en toda ocasión, pues lo que importa es siempre el lucro; lo que vale es la relación social en términos de ventajas, siempre que fuese posible, pecuniarias. Ese envilecimiento total del hombre abrió las compuertas a la violencia, contenida débilmente por los diques artificiales de la civilización. Como lo estamos viendo en el panorama mundial de la actualidad, con ejemplos estruendosos diariamente divulgados por todos los medios de comunicación, el animal feroz de las selvas destrozó las jaulas convencionales y acecha amenazante sobre la fragilidad humana. Contra esa realidad exasperante de nada valen los sermones, las predicaciones, los rosarios y otras oraciones labiales. El mismo individuo que se inclina frente a las imágenes en los templos suntuosos, regresa a su puesto de mando para ordenar torturas canibalescas. Está seguro de que Dios lo aprueba, pues actúa en defensa de la civilización cristiana, humillando a aquellos por los cuales Cristo murió, según recordó Stanley Jones. A comienzos del siglo, León Tolstoi ya advertía que estamos en una era de nueva antropofagia, ahora perfeccionada por las técnicas modernas. Hoy, en la era tecnológica, los instrumentos de opresión, tortura y aniquilamiento del hombre lograron un alto grado de refinamiento diabólico. Todo eso, ¿por qué? Porque la deformación de la mente y el envilecimiento de la conciencia deshumanizó al hombre. Sería locura responsabilizar únicamente a las religiones por esa calamidad. Pero sería hipocresía eximirlas de culpa. Ellas se apegaron a la materia en nombre del espíritu y asfixiaron a este en sus estructuras pragmáticas. Por lo menos, les cabe la mitad de la culpa, puesto que se constituyeron en maestras y orientadoras de la civilización, participando activamente en los mayores desmanes cometidos a través de los siglos, cuando no eran quienes los dirigían.

Estatizándose o no, todas ellas trocaron el mandato divino por los poderes de Cesar. Y si no se aniquilaron mutuamente, no fue por piedad, sino porque jugaron hábilmente su suerte sobre la túnica del Crucificado y los dados romanos favorecieron a todas ellas. A pesar de esa voracidad mundana, almas valientes como la de Lutero, humildes y piadosas como Francisco de Asís, irreductibles como la de Juán Huss, límpidas como la de María de Agreda se sacrificaron para intentar salvarlas e insuflarles la savia cristiana de sus bellos ejemplos. Los mártires de la fe no fueron sólo perseguidos y lacerados por los impíos. Dentro de sus propias confesiones religiosas, en los calabozos que reflejaban el infierno en la Tierra, y hasta en el mismo Mundo moderno, a pesar de los trágicos ejemplos históricos, en naciones marcadas profundamente por el fuego del fanatismo religioso, millares de mártires continuaban sufriendo las amenazas y los castigos del Dios bíblico implacable, del que eran ejecutores temibles y extraños torturadores. Lamentablemente, aun no surgió el genio que realice, en el campo de la Psicología, el análisis asombroso de los complejos sin nombre del misticismo, del sadismo y la barbarie, de los que Freud apenas trató en sus investigaciones sobre la libido. Será ese un balance apocalíptico de la escatología de las religiones de la violencia. No expongo estos problemas en tono de acusación, sino de análisis.

Los mayores mártires, en realidad, fueron los mismos verdugos, que se envilecieron primero ellos mismos, condenándose frente al tribunal de sus conciencias y cuyas auto sentencias brotan como llamaradas de las propias entrañas del criminal, digno de piedad y perdón, como toda otra criatura humana. Mi intención es sólo prevenir, sacudir y recordar a quienes continúan errando con la vanidosa ilusión de una investidura supuestamente divina y si contraria a los principios fundamentales del Evangelio. La inmortalidad del Ser es su propia e irreversible condena ante las leyes de Dios, grabadas en su conciencia. La ventaja del Espiritismo, entre todas las doctrinas filosóficas de nuestro tiempo, es la de ubicar los problemas del hombre, incluso en el campo religioso, en términos de racionalidad y naturalidad, eliminando así los residuos de lo sobrenatural, que pesaron abrumadoramente sobre el pasado, sin caer, no obstante, en el escepticismo y en el agnosticismo. Esa posición sui generis del Espiritismo le permite preparar al hombre actual para una existencia normal y digna en el futuro, siempre y cuando los espíritas, tan sobrecargados de herencias religiosas deformantes, no vayan a caer en las mismas nefastas ilusiones de la investidura divina y de la institucionalización jerárquica de las religiones de la violencia. No escribí este ensayo con fines proselitistas, pues una doctrina abierta, sin fines salvacionistas, fundamentada sobre los métodos científicos de observación y experimentación -como el mismo Kardec afirmó- no es cazadora de adeptos. Lo que le interesa no es combatir a las religiones o alejar de sus filas a quienes en ellas se sienten cómodos, sino sólo ofrecer a los hombres de buen sentido una visión realista y, por tanto, más amplia y más profunda del hombre y de su destino en el espacio y en el tiempo. Sólo esa comprensión racional y superior del Universo, en la que el hombre aparece integrado con las leyes naturales, podrá modificar la mentalidad confusa y contradictoria de nuestro tiempo y prepararnos para la Era Cósmica, en la cual la Tierra sólo podrá ingresar mediante la civilización del Espíritu.

En esa civilización, que será la única digna de tal calificación, la única civilización autentica, los hombres estarán investidos del único mandato realmente divino -considerando a lo divino como una categoría superior a lo humano-, el que deviene de las exigencias de su conciencia moral. René Hubert concibe a la educación, en su Traite de Pedagogie Generale, como un proceso que tiene por finalidad establecer en la Tierra la solidaridad de las conciencias, de la cual resultará una estructura política y social que él denomina República de los Espíritus. Es esa República en que la res no se limita a las cosas materiales, sino que se relaciona sobre todo con las conciencias proclamando el primado del Espíritu en el planeta, al que el Espiritismo pretende alcanzar mediante el trabajo y la comprensión de los hombres. Ello porque la tarea es nuestra y no de entidades mitológicas de ninguna especie. Si insisto en resaltar el Cristianismo no es por menosprecio a las demás corrientes del pensamiento religioso, sino porque la experiencia histórica, a pesar de todos los obstáculos anteriormente señalados, prueba que solamente él se ha mostrado capaz de reformular al mundo en su globalidad.

Las energías espirituales y la orientación racional de la enseñanza moral de Cristo, encerradas en el complejo de los mitos del Evangelio son, según yo lo entiendo, los elementos que únicamente pueden orientar, como ya lo están haciendo, sobre el futuro de la humanidad terrena. Lo importante es llegar a ese futuro por los medios adecuados, con el mínimo de conflictos criminales y el máximo de comprensión racional de nuestros objetivos. Como observó Gandhi en su Autobiografía, los medios que nos pueden llevar a la verdad y a la dignidad solo pueden ser verdaderos y dignos. Esos medios no necesitan de la justificación de los fines, pues se justifican por si mismos.

J. Herculano Pires

Extraído del libro "La Agonía de las religiones"