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El hombre primitivo no vela el mundo, sino la magia de la Naturaleza. No teniendo aún el pensamiento desarrollado y el raciocinio metodizado, no podía siquiera concebir al mundo. Tenía más sensaciones que emociones y más emociones que ideas. Sus sentimientos germinaban en el plano larval de los instintos. Y los instintos animales lo dominaban, sin dar lugar a los instintos espirituales. Era más cuerpo que alma. Kardec señala la existencia de dos seres en la estructura humana: El ser del cuerpo y el ser espiritual. En el hombre actual, esos dos seres se equilibran y su psicología puede ser medida por la predominancia de uno o de otro o por su paridad. Las personas en que predomina el ser del cuerpo están mas próximas del primitivismo. Aquellas en que los dos seres se equilibran se apegan más a las cosas materiales y tienen dificultades en concebir la realidad del Espíritu. Las personas en que predomina el ser espiritual dan más importancia a las cuestiones espirituales. Las primeras están apegadas al pasado, las segundas a la pragmática del presente y las terceras tienden hacia el futuro. Mas entre una y otra de esas posiciones evolutivas existen numerosas variaciones que pueden ser clasificadas en fases intermedias de múltiples facetas.
La “Escala espírita”, de El Libro de los Espíritus", parágrafo 100, nos ofrece un cuadro psicológico general de esas innumerables variaciones tipológicas. La percepción mágica del mundo -restringida al ambiente tribal o clan- llevó al hombre primitivo a las prácticas mágicas. Su pensamiento se desenvolvía en la experiencia, revelándole progresivamente las relaciones existentes entre las cosas y los seres. Podemos suponerlas, como simples datos ejemplarizantes, de esta manera: Vida-alimento, animal-malo, pez-agua, ave-cielo, fruta-árbol, flecha-caza-enemigo, hombre-mujer-niño, día-sol, noche-oscuro-Luna. Esas relaciones primarias le daban la posibilidad de actuar con eficiencia en el medio físico. Por medio de ellas comenzó a desenvolverse instintivamente en el plano espiritual y nació La magia simpática o simpatética, el arte incipiente de alcanzar al enemigo por medio de reproducciones de su figura en barro o madera y de evocar a las fuerzas benéficas por medio de símbolos correspondientes a ellas. Nacía, así, el hechizo y, consecuentemente, el hechicero. Y de ambos nacerían más tarde los ídolos, los sacramentos, los sacerdotes y las religiones con sus rituales. Esos procesos rudimentarios arrancaban al hombre de la selva y de la indiferencia y lo lanzaban en dirección de la civilización. Un largo camino a recorrer en el perfeccionamiento de esas técnicas primitivas a través de los milenios. Pero los hombres no estaban solos ni abandonados a si mismos en ninguna de esas etapas.
La idea de Dios se mantenía oculta en el fondo nebuloso de sus experiencias filogenéticas y la ley de adoración los llevaba a reverenciar el misterio de la tierra, de las aguas, del cielo estrellado, de las montañas coronadas de nubes. Del fondo oscuro de los bosques surgían el bien y el mal, las fuerzas y los seres benéficos y maléficos. Muchos de esos seres tenían la consistencia de las criaturas de carne y hueso. Aparecían y desaparecían como las llamas nocturnas de los fuegos fatuos. Unos los auxiliaban y eran considerados dioses bienhechores. Otros los amenazaban, por lo que eran tenidos por dioses malhechores. Espíritus buenos velaban por las tribus y orientaban a sus jefes. Pages y hechiceros tenían el don de evocarlos y consultarlos. Como en las ciudades cósmicas de la Grecia arcaica -de que trató Durkheim-, hombres y dioses convivían en una especie de ínter mundo. Esa situación perduró en las civilizaciones agrarias, en el ciclo de las grandes civilizaciones orientales y en el mundo clásico, generando las religiones mitológicas con sus oráculos y sus pitonisas.
En el Judaísmo y en el Cristianismo tenemos su continuidad, lo que se puede verificar por los textos bíblicos y evangélicos. Ya en el Paganismo encontramos las prácticas místicas de los llamados misterios, con rituales específicos parallevar a los iniciados a su relación directa con el mundo espiritual y especialmente con Dios. En el Egipto antiguo y en las religiones de los imperios americanos de los aztecas, mayas e incas se utilizaban zumos vegetales, que originarían las drogas actuales como la mezcalina y el ácido lisérgico, para la producción del estado de éxtasis, que es el fenómeno central de esas prácticas. Por el éxtasis, provocado o espontáneo, el místico se desliga de toda la realidad sensible, del mundo material, y penetra en el inteligible, en el mundo espiritual. El misticismo tiene sus orígenes remotos en los éxtasis de los pages o hechiceros que, en medio de las selvas, procuraban el contacto directo con los Espíritus protectores de las tribus. Las prácticas místicas en las eras civilizadas son el intento posible de los humanos por superar a los sentidos y a la razón y obtener el conocimiento superior en las fuentes divinas. Tales prácticas conducen al hombre a una fuga de la realidad. En el Espiritismo las prácticas místicas son condenadas por dos motivos fundamentales: 1. Porque el hombre está en el mundo para vivir en él con el fin de desarrollar su experiencia en la vida de relación y sus potencialidades internas; y 2. Porque la ligación del hombre con Dios se hace por medio del amor al prójimo, en la practica de la caridad -que es el amor en acción- de una manera natural, sin la necesidad de prácticas rituales o del empleo de excitantes de ninguna especie. Las personas que consideran al Espiritismo como doctrina mística confunden a la fenomenología mediúmnica con las prácticas del misticismo. No saben que la mediumnidad -como hoy está demostrado por las investigaciones parapsicológicas- es sencillamente una facultad humana natural que permite a todos el ejercicio de la percepción extrasensorial.
El misticismo nació de las manifestaciones naturales de esa facultad y de la falta de condiciones culturales para su estudio racional. La mística experiencia de Dios de las religiones dogmáticas depende de las prácticas místicas y de una concepción antirracional del mundo y de la vida. Por eso Ranzolli propone la limitación del vocablo misticismo a las filosofías religiosas, sustituyéndolo en el campo filosófico general por expresiones como irracionalismo, intuicionismo o sentimentalismo. El Cristianismo -que los árabes llamaron religión del libro-, en su origen se valía de la mediumnidad, mas su posición frente a las religiones anteriores fue nítidamente racionalista. Todas las enseñanzas de Jesús, aun aquellas con las que él se refería a Dios, llamándolo Padre, son racionales. Su condenación del irracionalismo judío fue siempre seguida de explicaciones racionales por medio de ejemplos en forma de parábolas extraídas de la misma vida diaria del pueblo. Al tratar del dogma judaico de la resurrección, él se refería a nacer de nuevo, usando ejemplos históricos como el regreso de Elías reencarnado en Juán el Bautista. Sus referencias a las potencialidades divinas del hombre eran ejemplificadas por los fenómenos por él mismo y por sus seguidores. Nunca habló de su resurrección como un hecho privilegiado, sino ligándola a la resurrección de todos. El apóstol Pablo se encargó de formular la teoría racional de la resurrección, no de la carne, sino del espíritu, explicando que el cuerpo espiritual del hombre -hoy descubierto y nominado por la ciencia cuerpo bioplasmático- es el cuerpo de la resurrección de las personas. Ese racionalismo fue posteriormente perjudicado por las influencias paganas y judaicas del misticismo, que alcanzarían en las iglesias cristianas un refinamiento intelectualista paradojal, oponiéndolo realmente al mismo intelecto.
Todo el esfuerzo de Jesús combatiendo a la mitología fue anulado por los teólogos, que lo convirtieron a él mismo, en un nuevo mito, haciendo de su naturaleza humana una especie de simple manifestación pragmática de su divinidad. El Espiritismo retoma la tradición racionalista del Cristianismo primitivo, y, de la misma manera que los antiguos cristianos, prueba en la práctica las enseñanzas teóricas de Jesús a través de las manifestaciones espíritas y ofrece la prueba concreta de las materializaciones y de las apariciones tangibles -como la de Jesús a los apóstoles en el cenáculo-, así como la de los fenómenos de voz directa -como el de la voz directa que se produjo en el espacio en el momento del bautismo-, y de los casos comprobables de la reencarnación, puestos hoy en el tapete por la investigación científica mundial. Nada de todo eso se refiere al misticismo, a las prácticas místicas a través de procesos mágicos de excitantes específicos y de tentativas antinaturales de transformar al hombre vivo en un muerto-vivo que niega al mundo para vivir como espíritu desencarnado, desligado de los procesos necesarios para la razón. El hombre es Dios en potencia, no en acto, y no debe querer anticipar su futuro huyendo a los compromisos y experiencias de la vida terrena. Sus deberes están aquí, en este mundo, por ahora, y sus posibilidades de evolución, de trascendencia, no se hallan en su alineación, en su fuga, sino en su integración consciente en sus tareas sociales. El tiempo de las iglesias está llegando a su fin, como le llegó a los misterios en la Antigüedad. Ellas fueron necesarias y tanto han servido como perjudicado a la humanidad, revelando en sus estructuras imperfectas las mismas fallas de que adolecen todas las obras de los hombres. En vano se han arrogado investiduras divinas. La mente humana se abre hoy hacia nuevas dimensiones y las iglesias no reúnen los elementos necesarios para acompañarla en ese avance. La lucha sin tregua que sostuvieron y aún sostienen contra el Espiritismo, y en especial contra la mediumnidad, probó su incapacidad para enfrentar a los tiempos nuevos. La dinámica de la concepción espírita se opone a la mecánica ritual de las iglesias como la Física moderna se opone a la Física del pasado.
En la medida en que los Espíritus retrógrados de la población terrena van siendo apartados del planeta, en la sucesión inevitable de las generaciones, aumenta el vaciamiento de las iglesias y los seminarios van siendo cerrados por falta de alumnos. Fue lo que aconteció con las religiones mitológicas del mundo greco-romano. Para poder sobrevivir, las iglesias tienen que desiglesiarse, suprimiendo el profesionalismo sacerdotal, sus dogmas absurdos y las liturgias vacías de sentido. Antes que puedan pagar ese precio demasiado elevado, las fuerzas de la evolución las erradicarán de la faz de la Tierra. Esto no es una profecía espirita, sino una profecía evangélica de Jesús que consta en el episodio con la mujer samaritana. Que nadie me acuse de responsable por esa previsión que ellas mismas, las iglesias, por dos mil años han hecho leer en el Evangelio en sus cultos sin lograr entenderla. Tampoco han entendido la cuestión de las muchas moradas de la casa del Padre, ni la del bautismo espiritual, ni la del nacer de nuevo, ni la de la condenación de las exigencias rituales de los fariseos. Por tanto, ¿qué pueden esperar o reclamar ahora? Respetables pensadores religiosos, reconocidamente cultos, no consiguieron aun liberarse de la magia de las selvas, cuyos residuos impregnan de misticismo a las religiones en estado de agonía. Ese apego les impide el socorrer a las instituciones religiosas en este momento crucial. Desesperados acusan al Espiritismo y a los espíritas de incapaces para comprender las sutilezas de la fe y de exigir pruebas materiales de lo que no es material. Incluso hasta llegan a considerar una profanación la investigación espírita de los fenómenos mediúmnicos. En otras ocasiones acusan al Espiritismo de prácticas primitivas, confundiéndolo con las formas de sincretismo religioso afro-brasileño.
El materialismo -proclaman- lleva a los espíritas a querer materializar Espíritus. Pierden la perspectiva cultural de nuestro tiempo y se sumergen en el pasado, acusándonos de una posición retrógrada en el campo del espiritualismo. Nuestras ligaciones con la selva, en realidad existen, y son las mismas que constatamos en las religiones en agonía, más hay una diferencia fundamental entre nuestra posición y la de ellos: La reelaboración de la experiencia. Esa reelaboración no fue hecha por las religiones, que se limitaron a retirar las prácticas salvajes y cubrirlas con el barniz de la civilización. Hasta la tentativa de someter a la Divinidad al poder misterioso de los pages sobrevive en los sacramentos de las iglesias, dando a los sacerdotes el poder -que fue negado a los ángeles- de obligar al mismo Dios a materializarse en sustancias materiales del culto, así como el poder de obligar al Espíritu Santo a manifestarse en los adeptos para el bautismo del Espíritu. En el Espiritismo, lo que sobrevive de las selvas es el fenómeno, el hecho natural de la manifestación de los Espíritus a través de la mediumnidad, como todos los fenómenos físicos y químicos, botánicos, biológicos y psíquicos sobreviven obligatoriamente en las ciencias. Pero el Espiritismo no permanece apegado a las supersticiones de la experiencia salvaje, sino que reelabora esa experiencia a la luz de la cultura y descubre sus leyes para poder usarla en función del progreso. La capacidad humana de conocer no tiene límites y la división absoluta entre espíritu y materia ya fue superada por las experiencias físicas. El materialismo caduca por la falta misma de la materia -como afirmó Einstein-, y las religiones agonizan, como podemos observar, por la carencia del espíritu. Hay más apego a la materia en las prácticas y en los conceptos de las religiones en agonía que en los ritos salvajes, pues en estos la creencia ingenua e instintiva se manifestaba naturalmente, mientras que en aquellas es puro artificio, tentativa de racionalización psicológica de herencias.
J. Herculano Pires
Extraído del libro "La agonía de las religiones"
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