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La duda es una encrucijada en los caminos de la razón. Cuando el pensamiento se lanza a la búsqueda de un objetivo y enfrenta dos caminos divergentes, puede mostrarse indeciso. Esa indecisión es la duda. Para Sexto Empírico la duda es la hesitación entre afirmar o negar, lo que equivale a decir entre aceptar o rechazar. Descartes hizo de la duda la condición primera para la búsqueda de la verdad, considerándola como una suspensión del juicio para verificar si este está cierto o errado. Para John Dewey la duda nace de una situación problemática que estimula la investigación. De esa manera, Dewey confirma la posición de Descartes, que inició la filosofía moderna con la práctica de la duda metódica. Pero como la duda creó muchas dificultades al pensamiento dogmático, las religiones dogmáticas concluyeron por condenarla como de origen diabólico. La frase de Tertuliano: Credo quia absurdum (creo aun cuando absurdo), tuvo una larga aplicación durante el combate realizado a las herejías. Como los dogmas eran considerados de origen divino, puntos fundamentales de la revelación hecha por Dios a los hombres, estos no tenían el derecho de dudar, aun cuando los dogmas fuesen aparentemente absurdos.
Esa posición es común en numerosas sectas y religiones, incluso entre personas cultas. Se alega que la sabiduría humana es locura para Dios -como afirmó Pablo-, lo que equivale a decir que la sabiduría divina puede parecer locura a los hombres. En el Espiritismo la duda es considerada como condición necesaria para la búsqueda de la verdad. Kardec la aconseja como método de control de las manifestaciones mediúmnicas y del estudio de los principios doctrinarios. Habiendo demostrado que los Espíritus son seres humanos desencarnados, liberados del cuerpo material por la muerte, y que muchos de ellos se manifiestan sustentando opiniones erradas que compartieron en la Tierra, ello aconseja el análisis constante y el examen atento de las comunicaciones, que deben ser rechazadas cuando revelaren conceptos absurdos. La crítica se convierte, de esta manera, en un elemento básico de la filosofía y la práctica espíritas. Pero es evidente que debe ser ejercida por personas que tengan condiciones de cultura y buen sentido para criticar. Descartes afirmó que el buen sentido es la cosa más bien repartida del mundo, más advirtió que el empleo del buen sentido depende de la buena orientación del entendimiento. Kardec ofrece, en toda su obra, instrucciones y ejemplos para el uso del buen juicio y aconseja la consulta, en casos de dificultad, a personas reconocidamente capaces de resolver problemas con lucidez. No habiendo en el Espiritismo dogmas de fe, todo puede ser apreciado y discutido en términos de buen sentido o de buena razón. Descartes aconsejaba el evitar dos elementos peligrosos para el raciocinio: El preconcepto y la precipitación.
Kardec agrega a ello la necesidad de la vigilancia en lo relacionado con la vanidad humana, que lleva a personas cultas o incultas a considerarse capaces de reformulaciones doctrinarias con la única base de sus opiniones personales. Estableciendo el consensus gentium, de Aristóteles, como regla para la aceptación de revelaciones espirituales, no lo hizo en el sentido aristotélico del término, sino en sentido espiritual, con el nombre de consenso espiritual. La aplicación de ese consenso no implica la aceptación de la expresión vox populi o de la opinión de las gentes como verdad, sino solo la coincidencia de comunicaciones mediúmnicas sobre el mismo tema, por Médiums distintos, desconocidos entre si, en lugares diversos y en el mismo tiempo. Es este un medio de control que debe ser usado a los fines de la verificación racional del tema y de la confrontación del mismo con los conocimientos adquiridos en el medio espírita y en la cultura en general. Con ello se puso una barrera infranqueable a la autoridad individual de un médium aislado que, por más famoso y seguro que haya sido en sus actividades de mediador, no por eso estará libre de dejarse conquistar por ideas erróneas. De un criterio de verdad que era evidentemente de naturaleza opinable, Kardec extrajo una norma innegablemente valida para facilitar el uso del buen sentido por los espiritas. La necesidad de la certeza en la orientación del conocimiento en un mundo en que todo ocurre en el plano de lo relativo, exige un criterio científico de evaluación de los datos obtenidos en la práctica doctrinaria. Al no aceptar la revelación espiritual de una manera simplista, sino sometiéndola al control de la razón, Kardec no violentó la intención de los espíritus superiores, que deseaban de él, precisamente esa actitud. Tal es así, que desde el comienzo lo estimularon en ese camino, esclareciendo que la humanidad terrena había logrado la madurez suficiente para liberarse del ciclo de las revelaciones personales y locales, ocurridas siempre de una manera mística, por medio de un maestro, profeta o Mesías, en una determinada región y a un determinado pueblo.
La última de esas revelaciones había sido la de Cristo, que, a pesar de ser personal y local ya se abría ostensiblemente hacia lo universal, escandalizando a los judíos apegados a un socio centrismo milenario. La Tierra entraba en una fase nueva de su evolución, las civilizaciones aisladas debían fundirse a través de procesos más amplios y eficientes de comunicación, el mundo greco-romano llegaba al punto máximo de su desarrollo y un largo y doloroso proceso de fusión de sus conquistas en el campo del pensamiento, del derecho, de la justicia y de la espiritualidad deberían iniciarse en la caldera de la historia que fue la Edad Media -según la concepción de Dilthey-. De esa fusión resultaría en la edad de la razón, el Renacimiento, preparando con ello el camino hacia la era de la ciencia y la tecnología, que llevaría al mundo a un progreso más acelerado. La influencia del cristianismo impregnaría todas las latitudes del planeta, arrancando de la apatía nirvánica a las grandes civilizaciones orientales y obligándolas a seguir los padrones occidentales. Era necesario que la pasividad mística fuese sustituida por la actividad racional, en la lucha de los hombres en busca de la comprensión de sus propias responsabilidades para mejorar la vida humana. Cumplida esa programación, la Tierra ya estaba, en pleno siglo XIX, en condiciones de recibir las luces renovadoras de una doctrina de unificación espiritual, capaz de guiarla a los objetivos más elevados de su integridad en la comunidad cósmica. Muchas inteligencias terrenas, aturdidas con las inquietudes de nuestro tiempo, con las crisis amenazadoras de una fase de transición acelerada y, por tanto, violenta, indagan si no estamos equivocados al aceptar esa previsión histórica. Lo mismo aconteció en la fase de desenvolvimiento del Cristianismo.
En realidad, la Tierra no parece aun preparada para dar el salto cósmico que se aproxima a ejecutar. Más podemos notar, a lo largo de la historia, que la técnica divina parece apoyarse en un principio de tensión máxima para hacernos avanzar. La indolencia humana, la tendencia hacia lo cómodo, el apego a la vida como ella es, sólo pueden ser removidos por medios compulsivos. Los latigazos del templo tienen que ser aplicados contra los mercaderes que lo transforman en mercado, que no piensan en Dios, sino sólo en el dinero. Solo por el impacto del dolor el hombre se liberará de sus lacras para encontrar la vida en abundancia de que Jesús habló. Los años, los siglos, los milenios pasan rápidos en dirección hacia la eternidad sin límites. No podemos fermentar en la Tierra indefinidamente, como lo haríamos si las leyes divinas no nos forzasen a buscar con mayor rapidez los objetivos verdaderos de nuestra existencia. Todas las religiones actuales están superadas por el avance general de la cultura terrena. Todas las estructuras sociales de nuestro mundo están perimidas. La misma cultura, que nos parece tan adelantada, se arrastra todavía amarrada a los conceptos de un pasado muerto. La mayoría de la población del planeta sufre el suplicio de Tántalo. La miseria y las enfermedades diezman a millones de personas, mientras grupos de privilegiados dilapidan fortunas colosales. Los gastos de armamentos succionan el sudor y la sangre de los pueblos. El egoísmo no fue erradicado de los corazones y el ejemplo de Cristo es encarado como una simple leyenda mitológica. La idea de Dios se apaga ante la enormidad de las amenazas y de las calamidades que azotan a las naciones, incluso a las más civilizadas. Sería absurdo pensar que esa situación infernal ha de proseguir indefinidamente. El principio de la tensión máxima está en función y hemos de ser forzados a avanzar hacia situaciones más dignas. Kardec vio todo eso con una extrema lucidez, como podemos constatarlo mediante la lectura de sus obras. Por eso no convirtió al Espiritismo en una nueva religión estática, según el concepto de Bergson, sino que lo relacionó con todos los campos de la cultura para que pueda actuar como una religión dinámica, aquella religión en espíritu y verdad de la que Jesús habló a la mujer samaritana. No hay ninguna razón para que la religión continúe como un departamento estratificado y aislado, condicionado por sistemas arcaicos y marginalizada en el campo cultural a favor de intereses sectarios. La religión es uno de los sectores vitales de la cultura y debe integrarse a ésta plenamente. Sus principios no pueden mantenerse ajenos al progreso general. Por eso el Espiritismo fundó la ciencia del Espíritu, que ahora viene siendo confirmada por las conquistas mas recientes de las ciencias de la materia. Llegamos tarde a la complementación del fiat de la creación, mas estamos ahora en el momento en que el Espíritu se une a la materia en el terreno de las concepciones humanas.
La certeza, en nuestro mundo, nunca puede llegar a ser absoluta. Ella, también, es relativa, pero le corresponde un máximo posible de exactitud. Y ese máximo es indispensable en todos los campos del conocimiento. No podíamos quedarnos en el terreno de las hipótesis inverificables al tratar de asuntos tan graves como es el del origen del hombre, su naturaleza íntima y su destino dentro del orden cósmico. Kardec, al igual que Descartes, puso en duda todo el conocimiento religioso. Los fenómenos espíritas, como el mismo observó, estaban de moda. Invitado por amigos que conocían su capacidad científica, se negó al principio -pues dudaba de la veracidad de esos fenómenos-, más concluyó aceptando la invitación, compareciendo a una reunión. Allí constató su realidad, pero no aceptó la interpretación de ser de índole espiritual. Intentó explicar la llamada danza de las mesas como posible efecto de fuerzas conocidas: La electricidad, la gravedad, el magnetismo, un supuesto poder emanado de las personas reunidas para aquel fin, y así por el estilo. Pero no se detuvo en las hipótesis. Se dedicó a investigar. Su encuentro con las niñas de la familia Baudin, una de catorce y otra de dieciséis años, Médiums excelentes, le permitió una serie de experiencias decisivas. Fue con ellas que recibió gran parte del texto de El Libro de los Espíritus. Por las manos de esas dos jovencitas fue naciendo el Espiritismo. Y renació Allan Kardec, el druida de las Galias antiguas, para sustituir al profesor Hippolyte Leon Denizard Rivail -su verdadero nombre-, el discípulo emérito de Pestalozzi y sucesor del maestro en el desarrollo de su pedagogía Filantrópica. De ahí en adelante, en una secuencia de quince años, de los cuales doce se realizaron en la Sociedad Parisiense de Estudios Espiritas, por el fundada y dirigida, las investigaciones prosiguieron. En ese lapso de quince años Kardec elaboró los cinco volúmenes de la codificación del Espiritismo, tres obras más de introducción a la Doctrina, un manual de introducción a la practica medianímica, numerosos artículos para la prensa y doce tomos de la Revista Espírita, conteniendo cada uno un promedio de cuatrocientas paginas. En todos esos trabajos él fue siempre orientado por los Espíritus superiores, como se puede observar en los escritos que constan en Obras Póstumas. Sus aptitudes de investigador fueron resaltadas por el mismo Charles Richet, el fisiólogo del siglo, que disentía con las conclusiones de Kardec, pero reconocía en su Tratado de Metapsíquica, el merito del hombre que iniciara las ciencias psíquicas en Francia y en el mundo. Partiendo de la duda, Kardec llegó a la certeza psicológica de la supervivencia del alma después de la muerte corporal. Richet realizó un camino paralelo, el de su especialidad científica, para llegar a la certeza fisiológica de los fenómenos admirables de materialización. Después de él, muchos otros más comprobarían su descubrimiento, pero no quedarían en mitad del camino.
Avanzarían como Crookes, Schrenck-Notzing, Zollner, Ochorowicz, Geley, Osty y Aksakof, hasta la certeza final lograda por Kardec. Quedaba, así, abierta en las ciencias la frontera de la inmortalidad. En adelante, quienes pretendiesen reducir al hombre a huesos y cenizas lucharían sin cesar -incluso en las mismas religiones- contra la mayor y más fecunda certeza científica de la cultura terrena. Del Espiritismo nacieron todas las ciencias de lo paranormal, hasta la Parapsicología contemporánea. Mas los enemigos de la certeza continúan aún, en nuestros días, ante la evidencia fulminante de los últimos descubrimientos científicos -físicos, biológicos, psicológicos y astronáuticos- insuflando con sus absurdas y extravagantes hipótesis el fantasma superado de la duda antimetódica. Fingen no percibir que ese fantasma es un globo aerostático con su tela deteriorada y su mecha apagada. La superación de la duda en el Espiritismo no se produjo a través de los métodos subjetivos de la meditación religiosa o del éxtasis místico, sino por el método científico de investigación. Fue lo que Richet reconoció y valoró en Kardec, como se lee al comienzo de su Tratado de Metapsíquica. Integrado en la tradición de la búsqueda metodológica, que venía del siglo XVI, con la revolución científica de Bacon y Descartes, Allan Kardec encaró el problema espiritual de manera objetiva y, en una posición típicamente existencial, creó el método apropiado a la investigación de los fenómenos espíritas. Al contrario de lo que alegan hoy sus contradictores, demostró de manera exhaustiva que los fenómenos espíritas pueden ser repetidos cuantas veces fuese necesario para la confrontación de los resultados experimentales, como los grandes científicos de la época irían a comprobar inmediatamente y como las experiencias parapsicológicas actuales comprueban y demuestran nuevamente.
Esa subversión metodológica en el campo del conocimiento espiritual, hasta entonces sometido a los principios de la fe, despertó una violenta reacción que aún hay no se ha extinguido. Kardec partía del hombre vivo, del hombre en el mundo, de la criatura de carne y hueso para elevarse a Dios a través de la inducción lógica, despreciando los procesos deductivos de la tradición. Se atrevía a investigar el Espíritu de los muertos y de los vivos con la misma naturalidad, sustentando que el alma no era otra cosa que un Espíritu que anima a un cuerpo. Y osaba dar una nueva explicación del Génesis, que incluía a la creación del hombre por Dios como un hecho natural, dialécticamente explicable. La muerte perdía el aspecto misterioso alimentado por las religiones, y los videntes y profetas fueron considerados seres a quienes una facultad humana natural-la mediumnidad-, se había desarrollado en una forma más intensa. Pacientes e incesantes investigaciones -y no revelaciones místicas- llevaron a Kardec al descubrimiento científico de la naturaleza espiritual del hombre. Y la prueba de esta afirmación fue ofrecida posteriormente por las investigaciones científicas desencadenadas en todo el mundo y hoy ratificadas, hasta por el mismo avance de las observaciones materiales, por científicos modernos que ensanchan los dominios de las ciencias. Es así como la duda sobre la continuidad de la vida después de la muerte fue vencida por la certeza en el campo de los estudios espíritas. Las religiones que ignoren ese hecho culminante de la evolución humana en la Tierra acabaran asfixiadas por la falta del oxigeno de la verdad, en sus círculos estrechos de fanatismo y exclusivismo. No hay solamente crisis en las religiones, hay señales evidentes de agonía.
J. Herculano Pires
Extraído del libro "La agonía de las religiones"
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