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La creación del hombre PDF Imprimir E-mail
J. Herculano Pires
Escrito por Administrador   
Martes, 09 de Noviembre de 2010 16:34

Me concedo el derecho de abstraerme del problema de Dios para examinar la cuestión de la creación del hombre. Los científicos se han colocado precisamente en la posición de admitir la existencia de un proceso evolutivo en el cual el hombre aparece como el resultado de una filogenética fantástica. Desde los animales inferiores hasta los superiores, en un desenvolvimiento progresivo y complejo, las fuerzas naturales han modelado formas sucesivas de vida que dieron como resultado la aparición de la especie humana en la Tierra. La superioridad del hombre ante las especies animales, de las que él procedería, suscitó dudas y debates que se mantienen hasta hoy. Simone de Beauvoir, discípula y compañera de Sartre en el terreno de la concepción existencialista sin Dios, admitió que la palabra especie no puede ser aplicada a la humanidad, que no es una especie animal, sino un devenir, algo en auto evolución constante e irrefrenable. Alfred Russel Wallace -émulo de Darwin en el campo evolucionista-, opúsose al materialismo biológico de este, sustentando una posición espiritualista.

De Spencer a Bergson la concepción evolucionista consiguió afirmarse con la más elevada interpretación de la realidad, a pesar de la insistencia de las corrientes dogmático-religiosas y de las irracionalistas en combatirla, considerándola una simple teoría metafísica, sin bases científicas. Después de la Segunda Guerra Mundial y, en consecuencia, de las atrocidades a las que grandes naciones civilizadas fueron conducidas, el pesimismo llevó al hombre a nuevas formas de duda. Se comenzó a hablar de cambios y no de progreso o evolución. Producto del gusto y de la decepción, ese retroceso está siendo superado por el propio avance científico, en el que los procesos de la evolución se confirman continuamente. Kardec ya advertía, en el siglo pasado, que el mal de las interpretaciones humanas radica en la falta de una visión más amplia y profunda de la realidad. Los hombres ven apenas un ángulo del cuadro general de la Naturaleza y se apegan a esa percepción restringida para la elaboración de sus pensamientos. Un ejemplo típico de esa restricción mental es la tentativa -hoy renovada- de separar la evolución biológica -considerada innegable- de los demás aspectos del proceso evolutivo universal.

Es esa una restricción arbitraria, característica de la orientación analítica de la investigación científica y opuesta a la visión de conjunto de los métodos conclusivos de la reflexión filosófica. En ciencia, como en todo, tenemos que admitir la oposición de los contrarios. El método analítico es una navaja de doble filo por un lado, nos faculta la precisión objetiva en el conocimiento de una realidad específica, pero por otro, nos impide la visión de conjunto. Fue exactamente por eso que se hizo necesario, después del aparente desprestigio de la filosofía y ante las conquistas innegables de la investigación científica, recurrir a la filosofía de las ciencias a efectos de evitar la fragmentación total del conocimiento. Solo en el plano filosófico se torna posible reajustar las conquistas científicas en un cuadro general de interpretación de la realidad. Pero existe otro factor determinante de la desconfianza científica en relación a los principios espiritas, que es el instinto de conservación, agente preservador de la integridad del hombre y de sus realizaciones.

Ese instinto, bien manifiesto en el socio centrismo de las instituciones científicas o de cualquier otra naturaleza, reacciona contra todo lo que pueda modificar el saber reconocido oficialmente. Recientemente, el profesor Remy Chauvin, del Instituto de Altos Estudios de Paris, denunció la existencia en el campo científico de una alergia al futuro, responsable del rechazo radical y sin examen de toda novedad, aun cuando esta fuese sustentada por científicos de renombre. Esa neofobia ha producido muchos mártires en el campo científico y cultural en general. Poco a poco, sin embargo, y hoy más rápidamente que en el pasado, esa posición cómoda y conservadora va siendo vencida por las mismas exigencias del progreso, de la evolución científica. En nuestros días, el descubrimiento de la antimateria, las investigaciones cósmicas, el reconocimiento de los fenómenos paranormales por medio de la Parapsicología, el reciente descubrimiento del cuerpo bioplasmático del hombre y de todos los seres, el éxito, aun incipiente pero ya significativo, de los estudios sobre la reencarnación, la constatación de la existencia de otras dimensiones de la realidad, la evolución del concepto de universos-paralelos por el de universos- ínter penetrados, la aceptación de la pluralidad de los mundos habitados y de la escala evolutiva de los planetas -propuesta hace más de un siglo por el Espiritismo-, están sacando a las corporaciones científicas de sus cómodos sillones académicos y lanzándolas decididamente en órbita por las rutas giratorias del progreso.

Me recuerdo de un poema de Rainer Maria Rilke, en el que se compara a un halcón que gira en círculos incesantes alrededor de una torre secular, símbolo de Dios. Es una imagen feliz de la evolución, que se procesa en espiral. El retorno a la barbarie en la Segunda Guerra Mundial no representa un retroceso de la evolución humana, sino apenas una curva decreciente de la espiral que alcanzó los residuos bárbaros del hombre -la región subterránea de los instintos animales- para lograr una especie de catarsis colectiva. Pero todo sirve para la investigación de quienes se entregan al comodismo y de quienes aun no lograron desprender su pensamiento de las cosas materiales. La historia de la Matemática nos muestra que el pensamiento de los primitivos era de tal manera sujeto a lo concreto que, en las tribus salvajes, los medios para contar las cosas no pasaban del numero de los dedos de las manos, o cuando mucho hasta la suma de los de los pies. La posición de los antievolucionistas actuales se asemeja, guardadas las distancias culturales, a la de los salvajes que calculaban solo con sus dedos. Tenemos la prueba de la evolución en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea, más los espíritus sistemáticos y obstinados quieren hallar habas donde no las hay. El Espiritismo enseña que todo se eslabona en la Naturaleza, en una secuencia constante de relaciones.

En el parágrafo 540 de El Libro de los Espíritus, obra fundamental de la Doctrina Espírita, nos encontramos con esta proposición: Todo se eslabona en la Naturaleza, desde el átomo primitivo hasta el arcángel, pues el mismo comenzó en un átomo. Por consiguiente, del átomo nació el mineral, de este el vegetal, y así, sucesivamente, el animal, el hombre, el ángel, el arcángel y cuantas criaturas espirituales quisiéramos enumerar. Y es por tal razón que lo sobrenatural desaparece cuando admitimos el proceso continuo de la evolución. La Naturaleza nos muestra las dos fases de la concepción de Spinoza, con su teoría de la natura naturata y de la natura naturans, equivalentes a los conceptos de mundo sensible y mundo inteligible, del pensamiento de Platón, interligados e interactuantes. ¿Qué podría existir fuera de la Naturaleza? ¿Dios? Ya vimos que la fuente originaria, por el hecho mismo de ser origen de todo, está ligada al Todo y con él consustanciada. Podemos imaginar, como los druidas -los sacerdotes celtas de las Galias-, al Universo formado por tres círculos: El de Gwinfid, en que Dios permanece; el de Abred, en que vivimos nuestras vidas carnales, y el de Anunf, correspondiente a las regiones inferiores del plano evolutivo. Más en la concepción materialista el círculo de Gwinfid no puede existir, dado que Dios ha sido excluido de ella. ¿Como podemos considerar la creación del hombre sin la acción de Dios? Es lo que intentaremos exponer seguidamente. La unión de dos principios fundamentales: Fuerza y materia, existentes en el caos primitivo, determina la aparición de las estructuras atómicas. Los átomos se aglutinan en formaciones diversas y producen los elementos minerales. Pero estos elementos no están muertos, no son estáticos. En el seno de su aparente inmovilidad los átomos continúan en permanente agitación y producen, cuando las condiciones se muestran favorables, las primeras formas vegetales. En estas formas tenemos el nacimiento de la sensibilidad rudimentaria, que va desarrollándose hasta la aparición de las primeras formas animales.

La actividad atómica se transmite a esas formas produciendo la motilidad, la capacidad del movimiento propio, que faculta la traslación a los animales y los somete a las experiencias vitales. La sensibilidad se agudiza y perfecciona a través de los milenios. Los cerebros rudimentarios se desarrollan y enriquecen, el sistema nervioso -desenvolvimiento del sistema fibroso vegetal- se estructura como una red sensible, permitiendo la organización de un aparato cerebral que capta y reelabora los estímulos exteriores. Los animales evolucionan hasta la aparición de los primates, que señalan el salto cualitativo del cerebro animal al del cerebro humano. En líneas generales, es ese el esquema superficial del proceso de la creación del hombre. Cuanto más simple es tal esquema, más fácil es de comprender la lenta elaboración de la criatura humana a partir de la noche de los orígenes. Es de suponer que esa criatura grosera, creada a partir del mineral, no tenga ninguna otra experiencia además de las que enfrentó en el proceso de su formación. Pero acontece que el hombre se encuentra dotado de una inteligencia creadora, capaz de desarrollar ilimitadamente su imaginación y -lo que más admira- dotada de un ansia creciente para elevarse mas allá de su condición humana y alcanzar una posición superior, de la que él jamás pudo tener una vislumbre. Cuanto más evoluciona, más se acentúa en él el contraste entre su condición primitiva -de bicho de la Tierra, como escribió Camoens- y sus anhelos insospechables de elevación y Comunicación con planos y seres superiores, que él nunca pudo haber visto. ¿De donde le vino todo eso? Los materialistas suponen que se trata de productos de su imaginación, excitada por el miedo, en un deseo natural de sentirse protegido a través de creaciones imaginarias. Mas, ¿como explicar la coherencia de esas creaciones arbitrarias con los fenómenos paranormales, cuya existencia está hoy científicamente probada? ¿Que decir de una idea primitiva, como la de un duplicado del cuerpo material que puede proyectarse a la distancia y a la que Spencer atribuyó simplemente al sueño, cuando ese cuerpo se constata hoy por medio de la investigación científica en el campo de la Física y de la Biología e, incluso, por investigadores declaradamente materialistas?

Este es el momento en que tenemos que volver a la idea innata de Dios en la criatura humana -el Ser perfecto de Descartes encontrado en el fondo de su propia imperfección-, a la ley de adoración -señalada por Kardec-, que ejerció un papel decisivo en la orientación del hombre con respecto a su humanización. El acaso, de la concepción materialista, se transforma necesariamente en una inteligencia cósmica que desafía, por su grandeza e innegable sabiduría en la construcción universal, a la miserable inteligencia humana, capaz de atribuir todo a un juego de las fuerzas ciegas en el seno de una nebulosa. No precisamos ni siquiera pensar en las formaciones complejas del hombre o del ángel. Podemos quedarnos en los orígenes, examinando solo la estructura del átomo, la construcción infinitesimal de ese universo microscópico o, mejor dicho, inframicroscópico. Pero si miramos hacia arriba y pensamos en los sistemas solares, en las galaxias y las súper galaxias, lo absurdo de la concepción materialista se tornará simplemente monstruoso. Sentiremos las orejas de Midas trastrocarse, de peludas y agudas, en nuestras delicadas orejas humanas. ¿Que decir, entonces, de la experiencia de Dios, procurada a través de artificios religiosos, después de ese largo trayecto recorrido por la humanidad a través de los milenios, en una experiencia natural y vital en que las fuerzas de la vida van brotando del suelo del planeta y se proyectan en las profundidades cósmicas? Es como si millonarios ensoberbecidos resolviesen reunirse en un cuarto oscuro, de puertas y ventanas cerradas, para contar los níqueles del bolsillo del chaleco con el fin de probar cuanto poseen y tener la experiencia del dinero.

Eso es suficiente para mostrarnos la razón de la crisis religiosa actual. Los hombres han comenzado a descubrir que poseen mucho más de lo que las iglesias les pueden dar. Creado del limo de la tierra -según la alegoría bíblica, arrancado de las entrañas del reino mineral, según la teoría evolucionista espírita, el hombre está todavía en formación, en desenvolvimiento, madurando con las experiencias que enfrenta en la existencia corporal. El cuerpo es su instrumento de evolución. Un instrumento vivo y activo que él necesita controlar con la fuerza del espíritu. En la proporción en que avanza, el espíritu se impone al cuerpo y lo domina. La dialéctica de la evolución se convierte en él en un proceso consciente. Es él el único responsable por el éxito o el fracaso de su destino. Dios esta en él como un poder mantenedor y orientador, pero no punitivo. Él mismo se castiga ante el tribunal de su conciencia. Cuando se dispone a progresar, el premio que recibe es la gracia que lo fortalece para poder vencer al mal. Nadie puede perdonar sus errores, o disminuir sus faltas. Dispone de la jurisdicción de si mismo y supera su condicionamiento determinista por las decisiones de su libre albedrío. Juez y reo al mismo tiempo, puede juzgarse con pleno conocimiento de causa.

J Herculano Pires

Extraído del libro "La agonía de las religiones"